Francisco Umbral. Las europeas.

diciembre 24, 2006

Ediciones G.P. 1974. 249 páginas.

UmbralEuropeas
Spain is diferent

Uno es admirador del Umbral articulista que de vez en cuando se descuelga con alguna joya -va por temporadas el asunto-. No tanto del Umbral novelista; lo poco que he leído reconozco que no está mal pero no es exactamente mi estilo. Lo que no quita para que de vez en cuando no me guste hincarle el diente a alguna novela suya. Como ésta, de la surrealista colección Reno que mezclaba a la Woolf con Vicki Baum, hermanadas todas por sus coloridas y setenteras portadas.

En la del libro que nos ocupa (pueden pinchar, como siempre, para hacerla más grande) pueden ver al protagonista, un español algo bohemio y con cara de resignación, rodeado de esas europeas del título y que en la época debían ser lo más. No se pierdan tampoco el texto de la solapilla:

En esta obra de Francisco Umbral se recogen cinco historias de cinco europeas —todas, de distinta nacionalidad— en España. Las cinco giran en torno a un pivote, que es el narrador masculino, y las cinco resumen bien el fenómeno del turismo en España, a la vez que constituyen una muestra de la nueva feminidad europea en las sociedades industriales avanzadas. Son cinco incógnitas, cinco casos, cinco crisis emanadas de la crisis general de la mujer en una civilización realmente inhóspita. El autor ensaya a lo largo de la novela diversas formas narrativas, logrando así un muestrario de posibilidades de técnica y estilo que, pese a todo, resulta armónico.

NOVELA COMPLETA EDICIÓN NO RESUMIDA

Mucho gato por liebre debían dar en la época para destacar que no es una versión resumida. Y seguro que más de uno la compraría pensando en las escenas tórridas que disfrutaría el sufrido protagonista con esas mujeres liberadas. Menudo chasco se debían llevar.

Jeanette, Bodil, Guill, Renata y Childe. Cinco mujeres, cinco relaciones cuya única cosa en común es el caracter comunitario de las interfectas. Jeanette es francesa y su amor llegó y se fue como la brisa primaveral. Guill, holandesa y hermosa, intentando olvidar a su novio muerto. Childe, inglesa, huyendo de un padre director de la enciclopedia británica y de un novio negro y activista. Bodil, noruega y con marido, rubia y con larguísimas piernas. Renata, alemana, inteligente, bohemia, pintora de paisajes confusos.

El tono general de la novela es melancólico, y Umbral usa y abusa de la pirotecnia verbal. A veces con acierto y uno se queda con ganas de decir oooh, pero a veces cansa tanto exceso. Las cuatro o cinco estampas que se incluyen en el libro están bastante bien -a destacar cuando alquilan una habitación en una casa de pueblo pobre, en una época en la que para entrar en un hotel había que presentar el libro de familia. Y la única relación que parece haber marcado al protagonista -que uno identifica, no se si erróneamente, con el propio Umbral- es la de Childe, con la que quizá hubiera podido ser feliz pero que sin embargo.

Ya decía Echevarría en Trayecto que le advirtieron que no debía meterse con Pérez Reverte. Umbral lo hizo dos veces, la última hace poco y el padre del tan de moda Alatriste le dedicó dos artículos poniéndolo a caldo. Quizá Umbral no sea ni Borges ni Faulkner, pero no se le puede negar ni su talento ni sus aciertos. Quiero decir con esto que no estoy de acuerdo -como muchas veces- con Pérez-Reverte. Sobre el estilo de este último y su ingreso en la Academia no diré nada, no sea que me dé candela en su columna.

Acabando: No es de los mejores libros que he leído de Umbral y no es un escritor que levante pasiones, así que ustedes mismos. A mí al menos la relación con Childe me despertó ternura.

Escuchando: Armide. Jean Baptiste Lully.


Extracto:[-]

Al pueblo se llegaba de pronto, en un giro de la carretera. El pueblo estaba a la derecha y entramos en sus calles empedradas, en sus plazas intemporales, entre casas y palacios que eran un cuidado apuntalamiento del reducto medieval que aquello había sido. A la entrada del pueblo había una explanada donde los músicos rurales hacían la música del domingo, una imitación de las grandes orquestas cinematográficas. La gente estaba en torno de ellos, feliz de verles, olvidada de bailar, mirando para la música como para un surtidor milagroso. Eran los mozos y las mozas del pueblo. Un aire de fritura y polvareda lo llenaba todo, y los sones de la orquesta ponían una tristeza efímera en la enormidad del campo.

Dentro del pueblo quedaba inmediatamente olvidado aquel baile dominguero. Los turistas paseaban despacio por las calles museales y las mujeres del pueblo estaban a la puerta de sus casas, en corro aldeano, un tanto ajenas al espectáculo que constituían, junto a las tiendas de repujados, de artesanía, de cerámica, de labrado, que decoraban las viejas piedras y se ofrecían al turista. El coche nos dejó en la puerta del parador.

El parador tenía graves portones, un patio empedrado, claustros y corredores, cuadros antiguos, arcones, lámparas escurialenses, toda esa suntuosidad sobria, militar, monástica, que España impuso al mundo entre los siglos XVI y XVII. Casi todo era auténtico en aquel viejo palacio, y su actual servicio turístico lo envilecía un poco. Es melancólico pensar que siglos de batallas, de cultura, de fe, de estilo, se adensan en una madera de portón, en un tapiz de sala, para decorar la vida rauda y la pausa breve de un gerente americano. Tanta teología, tanta heráldica, tanta teogonia y cosmogonía, tanta estrategia y preceptiva han quedado en decoración, en confort para el hombre provisional que va de paso. La historia se prensa, se desustancia, se destila, y, olvidado su sentido, se reduce a una función decorativa. Toda estética es la fosilización de una verdad. Aquel escenario había sido verdad alguna vez, mas ahora estaba fósil; su soberbia estética era su manera de estar muerto. Las gentes andaban por aquellos pasillos como invasores y conquistadores un poco desconcertados, sabiéndose provisionales allí, experimentando la extraña levedad del hombre actual al contacto macizo de un llamador, de un cerrojo, de un postigo. El pasado tenía más densidad y más presencia, dentro del parador, que nuestro presente fungible y viajero. El pasado era la realidad y nosotros éramos unas sombras vagas que apenas conseguían corporeizarse un poco en la moderna e inesperada cafetería del hostal. Hablé con Childe de todo esto y la muchacha se propuso escribir sobre ello en sus periódicos universitarios.

Reservamos una habitación y salimos al exterior. El pueblo tenía una colegiata medieval con un evangelio en piedra sobre la portada. Los huertos saltaban sobre las tapias en un efecto un poco escenográfico. Aquí y allá, un ventano entrecerrado que le ponía argumento y misterio a toda aquella vida parada. A través de las ventanas se veían algunos interiores con muebles de serie, actuales y baratos, y pensé que todo el pueblo no era más que una cáscara decorativa, y que en su entraña tenía vajillas de bazar, muebles-cama, televisores, plástico y neón. Pero había que desechar esta idea nauseabunda para poder seguir paseando por allí. Algunas gallinas y algunas vacas entorpecían el paso por las estrechas calles. Su olor y su presencia era lo más actual, lo más verdadero de toda aquella escenografía. Pero de pronto había rincones con sol, piedras últimas, atrios donde lucía el pasado con presencia maciza, cierta, contundente. Childe caminaba de mi brazo y hacía fotografías continuamente. El descubrimiento del pueblo era por sí mismo una finalidad, y lo que quizás habíamos utilizado como coartada se convertía en objetivo único o primordial del viaje. Volvimos a la explanada donde bailaba la juventud del pueblo y, sentados en las raíces de un gran árbol, reposamos de tanto descubrimiento. Aquella alegría de la fiesta aldeana no nos tocaba en absoluto, se despegaba de nosotros, y lo mirábamos todo como exiliados de la realidad. De vez en cuando, Childe me tomaba una mano.

De vuelta al interior del pueblo, fuimos siguiendo a una cabra solitaria hasta dar en un huerto pequeño, de verdor intenso. Un huerto silencioso como sólo se encuentran en los versos de los clásicos, incrustados como una joya verde. Allí besé a Childe en la boca, por hacer algo, ante la mirada negra y agreste de la cabra! Era ya el anochecer y los turistas seguían paseando por el pueblo. Las vecinas comenzaban a retirarse al interior de sus casas y la decoración de las tiendas había desaparecido hasta el día siguiente. Sonaron en la colegiata unas campanadas medievales y, lejanísimos, los cohetes de la fiesta campesina.

Childe se apoyaba en mí para caminar y volvíamos lentamente a nuestra intimidad. El pueblo olía a establo, a flores intensas y a humedad. Estuvimos por última vez en la colegiata. Se respiraba allí un aire de tumba, un incienso frío, una penumbra catacumbal. En el último rayo del sol, una santa románica en granito, un rostro achinado por el desgaste del tiempo, unas facciones planas donde la luz y los siglos habían inscrito cierta gracia equívoca, diablesa, que nada tenía que ver, quizá, con el lejano modelo medieval. Afloraba así un demonio debajo de una santa, como rompiendo la-crisálida en un proceso de miles de años. Cuando el maestro cantero labró ese rostro, no pudo advertir que el granito se le iba embrujando y que dentro de la virgen que él esculpía se gestaba una máscara femeninamente diabólica. Era el mal floreciendo dentro del bien, el bien corrompiéndose en mal por un proceso secreto. El tiempo no había destruido su obra, sino que la había modificado, la había cambiado de signo.

Tenía aquel rostro de piedra una mueca festiva que daba un poco de miedo. Yo empecé a encontrarle parecido a los rasgos simplificados de la escultura con el rostro un poco infantil de Childe, donde a veces afloraba también una mueca de malicia difícil de sospechar. La niña medieval y latina estaba viva en la niña sajona y contemporánea. La niña de granito habría muerto por la fe como Childe estaba dispuesta a morir por los derechos del negro. Era el gesto obstinado y párvulo de dos niñas valientes en la riada espiritual de Europa. Aquella santa de colegiata, europea de los siglos enormes y fanáticos, volvía a reír en la luz que se iba.

El tiempo y los vientos habían desgastado también la faz de la raza anglosajona y ahora tenía yo delante un rostro de facciones un poco planas, sin el prominente dibujo latino. Childe cantando en el pórtico de las viejas catedrales, Childe, niña virgen, canonizada, inmolada por un negro infiel, hija del granito que perpetúa la epopeya de las Cruzadas y el Santo Grial. Se miraban las dos muchachas y Childe tenía ya una aureola de poniente e incienso, y el rostro de piedra sonreía con la sonrisa civilizada y escéptica de la mujer emancipada de la nueva Europa. ¿Fue la santa una niña rebelde que hizo en su hogar, en su burgo, la revolución de la virtud? Childe lleva dentro una criatura piadosa que ha emancipado de Dios a los negros para darles su cuerpo como única y cálida comunión. Hacía frío allí dentro y salimos al exterior, al pueblo- con barandales de madera, que cerraba sus postigos para dormir

3 comentarios

  • Carl Philp diciembre 29, 2006en9:16 pm

    Como estoy fiestero perdido, hago este off-topic para felicitar el año al maestro y la morenaza.

  • Palimp enero 2, 2007en3:58 pm

    Bienvenido sea el off-topic y tu visita. ¡Un abrazo!

  • Shotta-K junio 22, 2013en6:49 pm

    Tengo esa misma edición. Caí en ella revisando la biblioteca de mis padres. El olor a moho y el formato áspero y austero me hizo echarle un ojo. Me acompañó las vacaciones del verano pasado, y lo he tenido que volver a empezar porque lo dejé a la mitad. Es lo primero que leo de Umbral, y no sé si fue acertado el ejemplar con que fui a dar, pero me despierta curiosidad. Esas notas filosóficas que va intercalando, con las que estoy de acuerdo a veces y otras no, me parecen una delicia, además, presentadas entre las aventuras que va viviendo, y sus descripciones hacia la mujer que va haciendo continuamente.
    Quizá sea la introspectiva que hace continuamente, la importancia de la soledad, del «yo mismo» lo que definitivamente me gusta de la novela. Aunque a veces sólo pienso que es un capullo sin excusa.No sé.

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