Francisco García Pavón. Cuentos republicanos.

febrero 19, 2019

Francisco García Pavón, Cuentos republicanos
Menoscuarto, 2009. 178 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

La novena
El bautizo
El partido de fútbol
El coche nuevo
El jamón
La frescachona
La muerte del novelista
Yo tuve el ombligo frío
Juanaco Andrés, el que llegó de México
Comida en Madrid
Paulina y Gumersindo
El colegio de don Bartolomé
La cuestión política en el colegio de don Bartolomé
La adhesión a la República en el colegio de don Bartolomé
Servandín
El hijo de madre
El entierro del Ciego
Dibujo al aire libre
Las sandías
El Bugatti

Que no son propiamente relatos, sino estampas de la infancia del autor más o menos ficcionalizadas. Fragmentos de una vida en la que la república estaba a la vuelta de la esquina pero la guerra civil y la dictadura todavía quedaban lejos.

Algunos sí que tienen entidad como relatos, en especial Paulina y Gumersindo, la última despedida de una mujer a su marido, que me ha encantado, El hijo de madre, conmovedor hasta los huesos y El entierro del Ciego, basado en el hecho real del entierro del dueño de un Burdel en el que se prohíbe la música.

Moviéndose en parecidas coordenadas no tienen el empaque de los de Ignacio Aldecoa, pero están muy bien escritos y su lectura merece la pena. El epílogo de Valls, con breve resumen del argumento de cada uno de los cuentos, me ha resultado innecesario.

Recomendable.

La gente iba a los toros congestionada, con los ojos bailando, buscando grandes sangres. Con vino y merienda… Al fútbol iban así como a tomar el sol, con idea de ir luego al cine… «por matar el tiempo». Eran grupos desleídos, calle del Monte arriba, sin mujeres, sin mantones, ni coches, ni caballos. (Cuando no se emplean caballos para ir a las casas, todo es aburrido, ésa es la verdad.)
El fútbol hace bostezar a los sanguíneos porque no había caballos. ¿Qué iban a hacer los caballos en el fútbol, si eran hombres los que trotaban? Tampoco había heroica bandera nacional, como en los toros. Y es que, como decía el señor veterinario, que era reaccionario, «el fútbol es natural de los ingleses, que gustan de cansarse corriendo detrás de las cosas inútiles y sin argumento». Los españoles prefieren los toros porque en ellos hay algo «práctico», hay drama.
Ya en el campo, nos sentamos en preferencia, que era primera fila a la sombra, como si fueran palcos de teatro. Detrás de nosotros estaban las gradas (clase media, honrado comercio y empleomanía). Enfrente, en general, al sol, la gente de la calle o vulgo, enracimados, detenidos por los palos que les apretaban la barriga. Era gente que daba lástima, siempre voceando, agarrada a aquellas maderas. Y como condenados, mentaban a cada nada a las madres de los «visitantes».
Me gustó mucho cuando salieron al campo, corriendo en hilera, los dos grandes equipos manche-gos. El nuestro, merengue, y el Manzanares, de colorines. Salían con los puños en el pecho, a paso gimnásti-
co, los calcetines muy gordos y los uniformes muy limpios… Parecía que todos tenían las rodillas de madera, menos el portero, que llevaba en ellas unas fajillas… y en la cabeza una gorra de visera. Las botas también parecían de madera, sin desbastar.
En el palco de al lado estaban Laurita, la tía y ésas, que reían mucho y hablaban de que algunos futbolistas eran muy peludos.
También fue bonito cuando echaron la moneda al aire y se dieron la mano. Y la hermana de Pablo, la guapa de la perfumería, le dio una patadita al balón y reía mucho. Le dieron flores y vino tan contenta. (La masa o plebe le dijo muchas cosas de sus cachos y no sé si de sus mamas o mamas, que no entendí.) Tocó el pito uno con traje negro —arbitro o refrer, no lo sé bien— y empezó la función, que consistía en correr todos para allá detrás de la pelota. Y de pronto todos para acá. Sólo se miraba hacia un costado del campo cuando había saque de línea, que es muy bonito, porque el que saca hace como si se estirase muchísimo y echa el balón a la cabeza de un camarada.
Sobre nuestras cabezas pasaban las voces de la gente, que parecía mandar mucho sobre los jugadores, aunque éstos yo creo que no hacían caso.
—¡Montero, corre la línea!
— ¡Ricardo, que es tuya!
—¡Arréale!


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