Florencia del campo. Madre mía.

mayo 16, 2019

Florencia del campo, Madre mía
Caballo de Troya, 2018. 208 páginas.

Autoficción en la que la autora narra su vida y sus viajes mientras su madre está enferma de cáncer y la sombra de la culpa la acompaña en sus desplazamientos.

Lo primero destacable es la calidad de la prosa de algunas de sus páginas, brillantes, desgarradoras. Cuando esa calidad se usa para contar algo que es triste y es verdad, te conmueve sin reservas.

No todo el texto tiene la misma altura -algo que sería difícil- pero he disfrutado muchísimo de su lectura. Me lo recomendaron aquí: Madre mía, donde encontrarán una reseña mejor.

Muy recomendable.

Me fue a buscar a mi hotel, lo hice pasar a la habitación. A los pocos minutos de haber subido nos golpearon la puerta. Era el chico de la recepción. Que no se permitían hombres en la habitación de una mujer sola. Comenzaron los gritos. No me parecía necesario. Dejaron de discutir en inglés y empezaron a hacerlo en hindi. Los eché a los dos de mi habitación. Bajé a los pocos minutos y seguían discutiendo en la recepción. Le dije a mi amigo que se tranquilizara, que no me gustaba verlo así ni me parecía la agresión o la violencia un modo de hacer las cosas. Que ya no era cuestión de quién tenía razón, que al menos lo hiciera por mí: no quería conflictos con la gente de un lugar donde todavía tenía que pasar la noche. Me dijo de todo: que yo era una europea de mierda que no entendía nada, que cómo me atrevía a opinar sobre los modos de la gente de una cultura que no conocía, que no tenía idea de lo que era una mujer para ellos, que era cosa de hombres y las mujeres en esos casos deben quedarse calladas y desaparecer, que quién me creía que era con ese pañuelo en la cabeza, que era una cerda, y que todos me estaban mirando como a una puta, «¿No ves a tu alrededor?, ¡como a una puta!». Bitch. Y cuando dejó de agredirme le dijo al otro que saliera ya, que en la calle iba a golpearlo hasta matarlo. Salieron. Yo subí a mi
habitación, trabé la puerta, me derrumbé en la cama. Estaba agotada, estaba sucia, estaba cansada, tenía polvo hasta en el alma, mucha mierda en las botas, sangre en el cono y moscas en el estómago; sentía smog en la boca y diarrea en los ojos; tenía curry hasta en los dientes y ganas de irme, pero como siempre: ganas de ser valiente y quedarme. Culpa por ser europea siendo en realidad argentina. Ganas de irme con tolerancia, con la que había conseguido tener durante todo el viaje, incluso en los peores momentos, incluso cuando me persiguieron en moto y pedí ayuda y se rieron y «no english» y pedí a la policía pero «no pólice»; y tolerancia hasta cuando el taxi que me llevaba del aeropuerto a mi guest house me llevó en cambio a un terreno baldío y me hicieron bajar del coche y dejar todo mi equipaje arriba y me obligaron a entrar a algo que ellos decían que era una oficina de turismo, y pedí por favor que me llevaran a mi hotel pero «no hotel» porque querían venderme otro; y cuando no me dejaron entrar al cine con cámara de fotos, «no camera», entonces tuve que dejarla en la oficina que las cuidaba y la oficina que las cuidaba era un hombre famélico casi desnudo, tirado sobre escombros, que acariciaba ratas, y yo pisé una y no había luz eléctrica y en el cine lo más importante era el intervalo para consumir y comer; y cuando todos los demás taxistas me hicieron trampa y cuando los trenes no avanzaron y cuando mi cuerpo era tocado sin que yo eligiera que fuera tocado y cuando pedí silencio y me gritaron y cuando decía que no pero insistían y cuando no hubo platos sino cuencos hechos con papel de diario y no hubo cubiertos sino dedos y no hubo «not spicy» y sudamos y tosimos y lloramos y alguien dijo: «No puedo más, voy a enfermarme»; y cuando quise tener conversaciones sensatas pero me soltaban discursos de autoayuda, y cuando parecía que compartíamos un código pero acababan pidiéndonos dinero para comprarse un camello, y cuando no hubo agua para beber por horas y no hubo papel higiénico y no hubo agua caliente pero luego tampoco fría y no hubo nada hasta que sí, hasta que yo sabía estar y todo volvía.


Yo en minifalda de jean, botas negras de cuero, medias gruesas y aquel abrigo de lana tipo patchwork. B. nos vio en la sala de espera. Yo maquillada, los labios rojos, las pestañas erizadas. B. nos saludó en medio de la gente, se puso nervioso, se le cayeron papeles al suelo, hizo chistes y se despistó: ya no sabía para qué había salido del consultorio. Yo hipnotizada, mirada sobre B. y B. me miraba, sexo con B. y B. me abrazaba. Me desnudé con B. y los pacientes, celosos, nos tosieron en la cara. B. volvió a hablarnos, nos prometió poca espera. «Nos va a hacer pasar antes gracias a vos», me dijiste. De nada. B. nos atendió, nos dedicó mucho tiempo, quiso que no nos fuéramos, que nos quedáramos hablando un rato, que nos quedáramos para siempre. Que me mudara con él, que tuviéramos hijos, que mi madre fuera su suegra, que mi pelo fuera su fuente, que mis pies fueran su helado, que mi sostén fuera invisible, que mis senos cupieran enteros en su boca, que mi cuerpo fuera su juego, que mis poses fueran sus fotos, que mis pasos fueran sus huellas. Ante tus lamentos insoportables de dolores inventados, B. y yo nos mirábamos cómplices. Que su casa fuera mi paja, que mi paja fuera su mano. B. entendía mi solidaridad y mi hartazgo. Que su semen fuera a mi boca. B. se rio. Que su boca comiera a mi madre. B. te escuchó. Que mi madre desapareciera para siempre. B. nos volvió a citar. Que mi hombre te borrara.
B, no daba por concluida la consulta. Y entonces ya no estás, somos solo mi hombre y yo en el mundo. Y al final’, se puso de pie y nos besó para despedirnos. Y no tengo madre pero tengo hombre. Y su cara gorda y tibia rozando mi rostro me dejó como manteca. Y no te necesito y a él lo amo.
Salimos, vos y yo nos miramos. Nos agarró un ataque de risa histérica. No hicieron falta palabras. Eras mi madre y estabas viva y te reías. Eras mujer, veías hombres. Mirábamos al mismo. Ninguna lo amaba. No competías.
Verás a un hombre todos los viernes.
Será mío cuando te mate. Será de nadie cuando estés viva.


Sin embargo, nos volvimos a ver dos veces más. La primera fue en la presentación de mi libro. Me felicitó, lo compró, le presenté a mi gente, me besó, me contempló, me halagó, me chupó toda, me poseyó. Mi amigo A. me preguntó quién era ese hombre rústico e intelectual, si se lo podía presentar, si se lo podía coger, si se lo podía comer. Le dije que sí, que no era celosa, que no estaba enamorada, pero que no sabía si a G. le interesaban las relaciones homosexuales. No, no le interesaban. La segunda vez fue después de que leyera mi novela. Me la comentó, me felicitó y me estaba penetrando antes de terminar de explicarme por qué le gustaba tanto, la novela, yo, y me estaba dando en cuatro y me daba de pie y me daba boca arriba y boca abajo, en la cama en la mesa en el suelo contra un espejo, me daba, nos dimos por todas partes, y me lamía la nariz las orejas las tetas pero me hablaba de mi novela y de malestar y cultura y de ser y acontecimiento. Yo me quería follar su cabeza y me quise comer su boca mientras me hablaba, comerme sus palabras su lengua su lenguaje y él me chupaba la mejilla pero también el cerebro y yo le mastiqué todo el cuerpo le succioné el conocimiento me cogí hasta su silencio, y cuando empezó de nuevo a decirme de todo, lo más intelectual y lo más cerdo, me sacudió tanto mientras hablaba que se me agitaron las neuronas y le pedí que me acabara en la boca en las tetas en el culo en la espalda en los pies, y lo quería yo todo al mismp tiempo, que rae acabara de una vez en la mente. No puedo más, «toma, sí que podes», y la nuca y el sudor y la lengua, revolverse, arquearse, enroscarse, que me acabara de una vez en la muerte. ¿Qué me decías del psicoanálisis?, repetilo mientras te beso, repetilo mientras te ahorco, repetilo mientras gritas, porque tenes tanto que hasta tenes mil bocas, para besar, para gritar, para dejar de respirar asfixiado, para seguir hablándome. Yo me quería masturbar con su cabeza. Me quería devorar su intelecto. Y mientras me mordía le dije hijo de puta acábame en el pelo. Porque fue lo más cerca del cerebro que reconocí en mi cuerpo por fuera. Pero cuando me salpicaba obedeciendo pensé: mejor acábame en el libro, pendejo, acábame en la puta portada del libro, en la maldita excusa para este infierno.

No hay comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.