Fernando Gutiérrez. Antología de los cuentos de Pere Calders.

mayo 8, 2012

Ediciones Polígrafa, 1969. 230 páginas.

Antología de los cuentos de Pere Calders
Incertidumbre

Descubierta la calidad de Pere Calders he ido acumulando libros suyos hasta culminar en la monumental edición de La Butxaca de todos sus cuentos, que iré leyendo de a poco para no morirme. Esta antología incluye los siguientes cuentos:

El primer arlequín
El desierto
La raya y el deseo
La conciencia, visitadora social
La ciencia y la medida
La Virgen de las vías
Reportaje del esbozo de la muerte
Mañana a las tres de la madrugada
El sistema Robert Hein
El batallón perdido

Muchos de los cuales ya había leído. Como curiosidad señalar que se trata de una edición bilingüe castellano/catalán, ideal para aquellos que se estén iniciando en la lengua. Destacables El desierto, La Virgen de las vías y El batallón perdido, pero todos valen la pena.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (251/365)


Extracto:[-]

Una hora después, el médico de la familia escucha su relato con una fría atención. Está cansado, cansado de tantas historias de enfermos, y va diciendo que sí con la cabeza, formulando a intervalos preguntas y más preguntas porque sí:

—¿Toses por las noches? ¿Has tenido la difteria?

Y otras igualmente impregnadas de misterio. Al final opina que se trata de un trastorno de tipo alérgico, prescribe un plan de alimentación y, además, aplica a Espol 500.000 U.I. de penicilina. A punto de acabar la visita, habla de una escuela suiza para incapacitados parciales, donde se enseña a escribir con la mano izquierda en un período aproximado de seis meses.

De nuevo en la calle, Espol se siente poseído por el encanto de una nueva importancia que lo reviste. Se dirige a casa de su prometida y se lo cuenta todo. Ella tiene al principio un rasgo de solicitud maternal; se emperra en aplicar paños calientes a la mano cerrada y, ante la negativa de Espol, le dice que aquella venda es horrible y que le tejerá para el puño un guante sin dedos. La chica se entusiasma con la idea y se desentiende de su presencia. Llama a su madre y le dice:

—Mira: a Enrique se le escapaba la vida y tuvo tiempo de agarrarla con la mano. Ahora ha de llevar la mano siempre cerrada para que no se le escape definitivamente.

—¡Ah!

—Y yo decía que podíamos hacerle una bolsa de punto de color suave, para que no tenga que llevar esa gasa.
La madre se toma un interés discreto.

—Sí —opina—, como lo que le hicimos a la «Violeta» cuando se rompió la pata.

Madre e hija inician un aparte. Espol, abandonado, se va y lo acompaña hasta la puerta el rumor de unas palabras:

—¿Punto de arroz? No. Ojo de perdiz… Tantos puntos y menguar, tantos puntos y menguar…

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