Emilio Carrere. El diablo de los ojos verdes.

febrero 19, 2014

Emilio Carrere, El diablo de los ojos verdes
Salto de página, 2010. 156 páginas.

Le seguía la pista al autor desde que me enteré que una novela suya está detrás de la película La torre de los siete jorobados, y he podido sacarme la espinita con este libro de relatos que incluye los siguientes:

El diablo de los ojos verdes
La rebelión de los fantoches
Lo que vio la reina de Francia
¿Está escrito el futuro?
El oráculo de la cabeza sangrienta
El limpio honor de Florestán
Embrujamiento
El espectro de la rosa
Edgar Poe, ocultista
Las visiones de Amichatis
Brujerías
La senda del santuario
«El chato de El Escorial»
Del diario de un difunto
El amigo Chamorro

Los más largos y mejores los dos primeros. Relatos decadentes, de aire modernista, que se adentran en lo misterioso, los espectros, como bien dicen aquí: El diablo de los ojos verdes – Emilio Carrère podemos hablar de un Poe españolizado, ya que el asunto principal no es lo sobrenatural, sino la oscuridad que llevamos dentro.

En el primer relato, por ejemplo, se entiende perfectamente que no hay nada de sobrenatural en ese diablo que posee por las noches a las monjas del convento, y que el culpable no será castigado. La rebelión de los fantoches anticipa a Unamuno y Pirandello. En el resto de relatos la calidad es bastante desigual, pero todos se leen con interés.

Otras reseñas aquí: El diablo de los ojos verdes, de Emilio Carrère y aquí: El diablo de los ojos verdes, de la que destaco sus últimas frases:

Es posible que Emilio Carrère no merezca estar en el Olimpo, pero tampoco hundido en el fango. Esta edición nos permite situarlo en el limpio escalón intermedio en el que le corresponde estar.

Calificación: Algunos muy buenos.

Extractos:
Muy pronto supo toda la villa que la Inquisición había descubierto a un clérigo príncipe de la magia negra. Y comenzó una lucha tremenda entre el Santo Oficio y el Cardenal Valenzuela, protector del brujo.
Las monjas fueron nuevamente exorcizadas con gran solemnidad; pero los diablos se mostraban dispuestos a no salir de sus bellos habitáculos, estando todos de acuerdo en señalar —por boca de las posesas— al padre Luis como gran canciller del imperio plutoniano. Las más endiabladas eran justamente sor Julia y sor Marcela, que se mostraban un aborrecimiento implacable, acusándose de las abominaciones más truculentas.
Sor Julia tenía dentro un diablazo iracundo y obsceno llamado Priapón, que acusaba a sor Marcela de haberla visto en El sábado con sus vestes monjiles haciendo los honores del banquete infernal. A su vez, el demonio habitante de sor Marcela juraba por los cuernos de chivo de su nauseabundo señor que había visto a sor Julia, desnuda, bailando en la algarabía de la misa negra. Y en lo que ambos demonios estaban contestes era en que el padre Luis fuese el galán que las acompañaba a las citas brujescas.
El inquisidor Fray Orencio de Guzmán, henchido del ardor católico propio de su época, estaba decidido a quemar a todas la monjas y, por de contado, al capellán. Monseñor Valenzuela, con su talento diplomático, procuraba embrollar al fanático fraile. Monseñor había leído a Voltaire, vivía cerca de Godoy en la Corte española, más ocupada en asuntos de amor y de regodeo que en una rígida observancia ortodoxa. Era el tiempo de los guardias de corps, elevados a las más altas cumbres por obra del capricho galante.
—Desengañaos, señor Inquisidor. Mis pobres ursulinas están enloquecidas por otro diablo que no es el Emperador de las Tinieblas. Son los ojos verdes del capellán los causantes de todo este enredo. La sangre juvenil y el regustillo de la carne son las brujas verdaderas que perturban a las pecadoras.
—Niego —gritaba Fray Orencio—. El demonio Priapón ha hecho revelaciones gravísimas… Monseñor se echó a reír.
—¡Cómo podéis creer en semejantes patrañas! El alma de la mujer, o para hablar con claridad, el temperamento de estas desventuradas, tiene misteriosos recovecos donde se esconde un furor genésico insaciable que llega a turbarles el sentido. Las lúgubres lecturas, las tradiciones milagrosas, la vida de forzosa abstinencia, han hecho el resto. Buscad al diablo con la lente del fisiólogo mejor que con la lámpara de la teología. Utilizad vuestro intelecto y lo hallaréis de fijo. Son unas terribles diablesas, en verdad: se llaman Epilepsia, Histeria. Son las larvas atroces de la herencia misteriosa.
—Pero, ¿todas las ursulinas padecen del mal de las pitonisas? —replicó Fray Orencio con pedantesco sarcasmo.
—Es una epidemia de demonomanía, propagada por el contagio mental. En Francia, no hace mucho, hubo otra epidemia de adivinos. Una loca aseguraba que para lograr el don proféti-co no había sino que mezclar tierra del sepulcro del diácono jansenista Paris con un poco de vino. Esta práctica absurda y repugnante tuvo un gran éxito entre el populacho.
—¡Yo hubiera sometido a la loca al tormento de los garrotes a cordel! —gritó el fraile con iracundia.
—El suplicio exalta a los locos y tiene la virtud de hacer prosélitos. Además, ¡la religión de Cristo no debe mancharse de sangre!
El fraile no comprendía bien las razones de Monseñor. Su malicia le hacía olfatear en sus palabras cierto tufillo de herejía. Sus garras de inquisidor no querían soltar la presa del brujo. Hacía tiempo que la Inquisición no abrasaba vivo a ningún delincuente, y esta ociosidad perjudicaba el buen crédito y celo de tan laborioso tribunal.
—¡No salvaréis al hechicero! —aulló amenazador Fray Orencio.
—¡El Rey me ayudará a librarle de vuestra furia! —dijo su Eminencia con altivez.
—¡El Papa es más poderoso que el Rey!

Las amistades y las visiones de estos estados distan mucho de ser como las que tienen las demás personas. ¿Poseen una realidad objetiva? ¿Son de carne y hueso, verdaderamente? Esto es difícil comprobarlo. Recuerdo que Edgar Poe afirmaba que tenía amigos misteriosos e invisibles para los otros, a los que volvía a ver en cada nueva borrachera, como los habitantes de una isla agradable hacia la que se hacen frecuentes escapadas y donde dejamos amigos que nos aguardan siempre a la orilla a cada nuevo retorno.
—Pero no irás a conceder realidad física a las divagaciones de un poeta que además era un dipsómano empedernido.
—El hecho es que yo me encuentro en una situación parecida, y saludo a unos seres que, según he podido comprobar ahora mismo, no son vistos más que por mí.
—Por mi parte, te juro que no he notado la presencia de ese caballero que, según afirmas, se ha acercado a saludarte cortésmente.
El pintor Abella miró irónico a su interlocutor, Martín de Sayago, el novelista extraño, dramático y burlón, metafísico y realista, romántico y descarnado, como un funámbulo de las ideas y de las emociones que se divirtiese en saltar de polo a polo, para sorprender y desconcertar a sus lectores. Su conducta literaria era bien diferente a la de sus cofrades que gustan de especializarse colocándose una etiqueta sobre la frente, como un ejemplar de botánica o un fósil del Museo de Historia Natural.
Así, ya se sabía que H era el novelador especialista en la psicología de las mujeres —Julio Camba os lo ha presentado con el nombre de Restrepo—, R el de las familias respetables y acomodadas, P el de las señoritas provincianas menores de cuarenta y tres años, y B el de los chicos del Instituto y los senadores del Reino. También se escribían novelitas especiales para sacerdotes, empleados y dependientes de ferretería. Era la fabricación de novelas a la medida de la inteligencia y de la sensibilidad de todas las clases sociales. Esta especie de vagabundeo literario per-
judicaba mucho a Martín Sayago, porque siempre podía esperarse de él una sorpresa desconcertante, y la gente le compraba con reservas. No era un producto mercantil claramente definido.
Pero podemos decir, en honor suyo, que no era un fabricante de novelas: cuatro al año, a peseta ejemplar vendido; saldo a favor, pesetas X. El encargado de esa contabilidad era su editor. Sayago cogía el dinero que le daban y se iba de correteo por la Corte a buscar escondrijos poco frecuentes, tipos extraños, o a pescar jirones de diálogo, con cuyos elementos planeaba novelas o cuadros costumbristas que después dormían mucho tiempo olvidados en su cuaderno de anotaciones.
Cuando le encontramos conversando con el pintor Abella, se proponía demostrarle unas misteriosas a la par que indemostrables amistades que él mantenía con personajes invisibles para el resto de sus conciudadanos. El pintor —que sólo daba crédito al testimonio de sus sentidos, a pesar de pintar los caballos morados y las caras color turquí— pensó dos cosas simultáneamente: que Sayago se había vuelto loco, o que se estaba divirtiendo a costa suya, colocándole camelos absurdos. En cualquiera de los dos casos, le pareció lo mejor abandonar al novelista a solas con sus burlas o con sus fantasías.
Martín Sayago le dejo ir.
—Es inútil hablar con este hombre. No basta tener razón, es necesario encontrar vidas razonables. Pero, ¿es acaso razonable lo que a mí me pasa?

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