Emilio Bueso. Cenital.

octubre 27, 2014

Emilio Bueso, Cenital
Salto de página, 2012. 282 páginas.

Me lo recomendó una amiga avisando Da mucho miedo. Y lo da, pero no de susto, que aparece un espectro y te come. Miedo de que la parte de verdad de lo que se cuenta nos lleve si no al mismo sitio, a uno cercano. Que se acabe el combustible y los recursos naturales y nos quedemos con el culo al aire en el colapso de la civilización.

En la ecoaldea de Drestal se han juntado unos cuantos supervivientes, que siguieron en su momento las proclamas y advertencias que éste había colgado en su blog y que, cuando llegó el momento, estaban preparados. No ha sido un camino fácil, han tenido batallas, pero de momento aguantan. Pero los peligros no se acaban nunca…

Sinceramente me ha parecido peor que Diástole, y la veo más como una novela juvenil que de terror. Tiene sus cosas buenas, no está mal escrita, la trama avanza bien y el desenlace está bien conseguido. Pero, dejando de lado el terror psicológico de la catástrofe ecológica, no hay nada excesivamente destacable, como sí lo había en su anterior novela.

Eso sí, se lee bien, lo que no deja de ser una virtud. Encontré esta reseña: Sobre “Cenital” de Emilio Bueso que enlaza a su vez con una negativa y otra positiva: Cenital de Emilio Bueso y Reseña-entrevista de Cenital, de Emilio Bueso: el caleidoscopio del fin de los días , con lo que me ha hecho ya el trabajo.

Calificación: Entretenida.

Extracto:
Un día apareció en la cantina un teniente diciendo que apenas quedaban combustibles en la reserva estratégica de Defensa y que eso era señal de que algo muy malo sucedía. Para entonces ya escaseaba la comida en varias tiendas, pero los medios únicamente hablaban de un escandaloso caso de dopaje en el mundo del fútbol y del romance entre una presentadora de televisión de fuste escaso y un torero escaso de fuste.
La cosa en el acuartelamiento empezó a ser preocupante cuando tanta tropa movilizada permaneció inmóvil una semana mientras el caos campaba poco a poco por toda la ciudad, la información confusa y contradictoria comenzaba a circular por Internet y el teniente se subía a una mesa para decirle a la compañía que al otro extremo del casco urbano se había iniciado algo de una catálisis a escala industrial para obtener gasolina a partir de carbón, y que eso era lo que estaba haciendo que el aire apestara, que lloviera ceniza y que enormes columnas de humo negro se adueñaran del cielo cada dos por tres. Nadie entendía nada. Y nadie supo qué se hizo del teniente, porque desapareció de aquel sitio.
Lo mismo que muchos otros mandos.
Entonces, vino uno realmente importante y les explicó que se avecinaban días de extraños disturbios a los que tendrían que enfrentarse convertidos en infantería ligera. Nada de vehículos o armas pesadas, había un severo problema de desabastecimiento. La crisis galopaba hacia los efectivos de Defensa: el suministro de carburantes básicos andaba bajo mínimos, y sin perspectivas de mejorar.
Acto seguido, la telefonía móvil empezó a funcionar mal. Internet se vació de gente. La televisión comenzó a poner
comedias de risas enlatadas a la hora de los informativos. Y Saig’o recibió un telefonazo. El último de su vida.
Su familia.
Tenía hambre. Y miedo. Y mil preguntas.
Lo mismo que las familias del resto de los efectivos de aquel acuartelamiento.
Todas hablaban de algo que pasaba en Sol.
Pero, para todo aquel regimiento, afuera no había ningún enemigo, ninguna amenaza exterior conocida. Nadie a quien atacar. No había órdenes que obedecer, ni parecía que hubiera un mando estratégico operando. La cosa no se podía resolver ni echándose a la calle ni invadiendo otro país árabe.
La cosa era una implosión societal.
Nadie les había instruido para enfrentarse a eso. Tampoco estaban preparados para entenderlo bien, pero empezaron a hacerse alguna idea al respecto.
Lo cierto era que no estaba claro qué podía hacer el ejército ante lo que acontecía. ¿Mandar a sus casas a las gentes que deambulaban furiosas y desesperadas por cada callejón? ¿Tratar de detener los saqueos y los destrozos? ¿Imponer la ley marcial? ¿Cerrar los accesos a la ciudad cuando llevaban varios días colapsados por una caravana que ya no fluía y en la que nadie sabía a ciencia cierta qué estaba pasando?
Y lo más importante de todo… ¿Vas a obedecer a un sargento cuando el conflicto consiste en que tu hijo no encuentra para comer?
¿O prefieres hacerte al monte?
Una mañana amaneció y el acuartelamiento estaba vacío. Saig’o se había pasado la noche viendo a sus hombres hacer el petate y salir vestidos de civiles en plena noche. Ni una palabra en todo el barracón. Apenas algún último cigarrillo, de tanto en tanto un gesto de despedida y otro soldado menos.
El goteo duró horas. No hubo estridencias ni amenazas ni órdenes. Sólo gente cagada en los gallumbos que partía hacia la nada, en plena noche.

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