Emilia Pardo Bazán. Los Pazos de Ulloa.

abril 22, 2013

RBA, 2007. 220 páginas.

Emilia Pardo Bazán, Obras completas
Decadencia

Sigo con las obras de Emilia Pardo Bazán; esta fue la que primero leí, pero como es habitual en mí la reseño tan tarde que cai no me acuerdo.

Julián es un sacerdote que llega a los pazos del marqués de Ulloa para encargarse de la administración y se encuentra con un nido de pecado. El marqués vive amancebado con la criada y el padre de ésta es el que hace y deshace. Julián intentará que el marqués vuelva al camino recto haciéndo que se case con una prima suya, pero la carne es débil y las cosas no se arreglen tan fácilmente. La recien casada descubre que su marido tiene un hijo con la criada -Perucho- y es el comienzo del drama.

Lo más destacado es la crítica al ambiente rural, alejado de falsos paraísos bucólicos y retratado como lo que muchas veces suele ser; un nido de odios y un ambiente tremendamente hostil. No es difícil adivinar la opinión que tenía la autora del campo.

Por otro lado, mientras los viejos aristócratas van cayendo en decadencia, los aldeanos van tomando las riendas de los pazos. No sé muy bien qué lectura dar a esta situación; si es una defensa de la sangre nueva del pueblo frente a una aristocracia envejecida, o un aviso frente a las revoluciones que se avecinaban.

Los personajes son fuertes y el pulso narrativo de la autora, maestro. Decididamente, una gran escritora.


Extracto:[-]

Tampoco allí se encontraba bien. Sofocábale cierta atmósfera intelectual, muy propia de ciudad universitaria. Com-postela es pueblo en que nadie quiere pasar por ignorante, y comprendía el señorito cuánto se mofarían de él, y qué chacota se le preparaba, si se averiguase con certeza que no estaba fuerte en ortografía ni en otras «ías» nombradas allí a menudo. Se le sublevaba su amor propio de monarca indiscutible en los Pazos de Ulloa al verse tenido en menos que unos catedráticos acatarrados y pergaminosos, y aun que unos estudiantes troneras, con las botas rotas y el cerebro caliente y vibrante todavía de alguna lectura de autor moderno, en la biblioteca de la Universidad o en el gabinete del Casino. Aquella vida era sobrado activa para la cabeza del señorito, sobrado entumecida y sedentaria para su cuerpo; la sangre se le requemaba por falta de esparcimiento y ejercicio; la piel le pedía con mucha necesidad baños de aire y sol, duchas de lluvia, friegas de espinos y escajos, ¡plena inmersión en la atmósfera montes!

No podía sufrir la nivelación social que impone la vida urbana; no se habituaba a contarse como número par en un pueblo habiendo estado siempre de nones en su residencia feudal. ¿Quién era él en Santiago? Don Pedro Moscoso a secas; menos aún: el yerno del señor De la Lage, el marido de Nucha Pardo. El marquesado allí se había deshecho como la sal en el agua, merced a la malicia de un viejecillo, miembro del maldiciente triunvirato, a quien correspondía, por su acerada y prodigiosa memoria y años innumerables, el ramo de averiguaciones y esclarecimientos de añejos sucedidos, así como al más joven, que conocemos ya, tocaban las investigaciones de actualidad, viniendo a ser cronista el uno y analista el otro de la metrópoli.

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