Eloy Tizón. Velocidad de los jardines.

octubre 8, 2005

Editorial Anagrama,1992, 2004. 142 páginas.

tizon Velocidad de los jardines
Disparo certero

Cuando uno se enfrenta a un autor del que no sabe nada se arriesga a encontrarse cualquier cosa. Incluso un libro que te pega una patada a la cabeza y te deja temblando. Como éste.

Segundo libro en poco tiempo de Anagrama que cojo de la biblioteca, empiezo a leerlo al ir a dormir, no lo hago hasta que lo acabo y me despierto con una sensación extraña. El otro fue -ya lo dije- éste y no se si desear o temer que se convierta en una costumbre.

Los once cuentos (‘Carta a Nabokov’, ‘Los viajes de Anatalia’, ‘Los puntos cardinales’, ‘La vida intermitente’, ‘Escenas en un pic-nic’, ‘Villa Borghese’, ‘Austin’, ‘Familia, desierto, teatro, casa’, ‘En cualquier lugar del atlas’, ‘Cubriré de flores tu palidez’, ‘Velocidad de los jardines’) comparten el mismo lenguaje poético, de una calidad increíble para un -entonces- escritor nóvel. Y la obsesión con la muerte.

De una manera extraña, me han dejado una sensación de déjà vu que acentúa el impacto emocional de los relatos. Una vez soñé, como en ‘los puntos cardinales’, con alguien que cepillaba los dientes a una mujer. En otro sueño viví en algún sitio como pudo ser ‘Villa Borghese’. También, como en velocidad de los jardines, estuve en un 3º B muy especial, y también

No he vuelto a ver a ninguno. Tercero de letras no existe. He oído decir que las gemelas Estévez trabajan de recepcionistas en una empresa de microordenadores. ¿Por qué la vida es tan chapucera? Daría cualquier cosa por saber qué ha sido de Christian Cruz o de Mercedes Cimentes. Adonde han ido a parar tantos rostros recién levantados que vi durante un año, dónde están todos esos brazos y piernas ya antiguos que se movían en el patio de cemento rojo del colegio, braceando entre el polen. Los quiero a todos. Pensaba que me eran indiferentes o los odiaba cuando los tenía enfrente a todas horas y ahora resulta que me hacen mucha falta.
Los busco como eran entonces a la hora de pasar lista, con sus pelos duros de colonia y las caras en blanco. Aquilio Gómez, presente. Fernández Cuesta, aún no ha llegado. Un apacible rubor de estratosfera se extiende por los pasillos que quedan entre la fila de pupitres, la madera desgastada por generaciones de codos y nalgas y desánimo. Una mano reparte las hojas del examen final, dividido ingenuamente en dos grupos para intentar que se copie un poco menos. Atmósfera general de desastre y matadero. La voz de la profesora canturrea: «Para el grupo A, primera pregunta: Causas y consecuencias de…» Hay una calma expectante hasta que termina el dictado de preguntas. El examen ha comenzado. Todo adquiere otro ritmo, una velocidad diferente cuando la puerta se abre y entra en clase Olivia Reyes.

Si no lo leen, no saben lo que se pierden.

(Un día, un libro 180/365)
Escuchando: No te escucho. Jirafa ardiendo.

5 comentarios

  • Juan Arellano octubre 8, 2005en7:14 pm

    Buena prosa, me gustó. Espero cruzarme con ese libro algún día.

  • Matías octubre 9, 2005en12:29 pm

    Este libro es cojonudo desde todos los puntos de vista que se precie. Yo he conocido a Eloy -no mucho, sólo unas cañas con unos compañeros escritores, profesores, y yo de novel atento- y es un tipo super majo. Sé que se confiesa escritor de cuentos antes que novelista, y no me extraña.
    De todos los principios de cuento que he leído en mi vida, y han sido muchos, uno de Eloy me gusta especialmente:

    «En verdad os digo que la vida era perfecta, y existía sólo para que ellos dos la consumieran., y ella era Sonia y él era Victor, vírgenes ambos, qué nervios. ¿Se amaban ellos porque estaban en el mismo curso o estaban en el mismo curso porque se amaban? Sonia compró un canario y se lo mostró. Le compró a Víctor el regalo diez semanas antes del cumpleaños, no pudo soportar la espera y le entregó el paquete brillantemente envuelto con dos meses de antelación. Los autobuses eran estupendos, los círculos de café con leche en los mostradores eran sociables y el locutor de Radio Hora era notable, verdaderamente notable. Estatuas de caudillos muertos vigilaban la prosperidad en los parques. El mundo parecía recién lavado, el mundo se inflamaba como un pájaro con fiebre, y la vida estaba llena de pequeñas cosas fascinantes.

    Del cuento «La vida intermitente».

  • Palimp octubre 13, 2005en8:54 am

    Totalmente de acuerdo, Matías. El libro es excelente. Vamos, que me he apuntado el nombre porque pienso comprar todo lo que vea suyo por ahí.

    Un monstruo.

  • Lola febrero 21, 2012en5:21 pm

    Me encanta buscar reseñas de libros que me quiero leer y acabar siempre en tu blog 😛

  • Palimp febrero 21, 2012en6:15 pm

    🙂

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