David Mitchell. El atlas de las nubes.

agosto 13, 2014

David Mitchell, El atlas de las nubes
Ediciones Témpora, 2006. 560 páginas.
Tit. Or. Cloud atlas. Trad. Víctor V. Úbeda.

Hoy será mi cumpleaños. Escribo esto a finales de marzo pero se publicará, seguramente, mientras yo esté de fiesta por ahí, o eso espero. He elegido este libro porque cuando lo leí me dejó encantado. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una lectura. Seguramente caerá relectura pronto.

Son seis historias con la estructura de una muñeca rusa, primero leemos el comienzo de cada historia y después de leer la central vamos leyendo los finales, enlazados con justificación. La primera historia es de finales del siglo XIX y la última es de un futuro post-apocalíptico. Algunos personajes parecen relacionarse por una marca en forma de cometa.

La primera historia narra el viaje por el pacífico de Adam Ewing que parece sufrir una extraña enfermedad alimentada, en realidad, por el médico de a bordo. Recibirá una ayuda inesperada.

En la segunda un músico joven y algo aprovechado visitará a una vieja gloria de la música con la intención de ser su amanuense. Las cosas se complicarán un poco.

La intriga sobre un posible accidente en una central nuclear, con planos secretos incluidos e investigación periodística son el núcleo de la tercera.

En la cuarta un editor de tercera fila encuentra un éxito inesperado gracias a que uno de sus autores asesina a un crítico. Cuando los hermanos del homicida vengan a buscarle encontrará un refugio inesperado.

Sonmi~451 es un clon fabricado para servir en una cadena de restaurantes en un mundo en el que las corporaciones parecen haber tomado el control de todo. Encontrará la manera de escapar de su situación.

La última nos presenta un futuro sombrío en el que la civilización está a punto de desaparecer y sólo las tribus salvajes sobreviven como pueden.

Disfruté desde el principio de la lectura y pensaba, equivocadamente, que al llegar a las dos historias de ciencia ficción la cosa perdería fuelle, como suele ser habitual en escritores que no son del género. Al final han resultado ser, junto con la del editor, las mejores. La más floja la historia de la central nuclear.

Está muy bien -excelentemente- escrito, pero lo curioso del caso es que no se puede decir que sea alta literatura. Personalmente me trae sin cuidado porque como decía más arriba, es uno de los mejores libros que he leído en mucho tiempo.

Hay una película de casi tres horas que también está bastante bien. Como aciertos el cambio de la estructura que pasa a ser fragmentada, que los actores sean los mismos con diferentes caracterizaciones y el cambio de la trama de la historia de la central nuclear. Como fallos los achacables a reducir un libro tan largo y una cierta espectacularidad de efectos que no van mucho con la historia.

No se pierdan los extractos. Más reseñas: El Atlas de las nubes en Regina Irae, Crítica: El Atlas de las Nubes (libro) y El atlas de las nubes – David Mitchell.

Para acabar ¿Tiene sentido hacer un atlas de las nubes? ¿Sirve para algo catalogar las efímeras formaciones que disipará un soplo de viento? La respuesta es sí, claro que sirve. Lo llamamos literatura.

Calificación: Imprescindible.

Extractos:
J. quería un segundo asalto, como para pegarse a mí. No me opuse. Tiene un cuerpo de amazona, más firme de lo que suelen estarlo las mujeres maduras, y más técnica que muchas monturas de diez chelines que he cabalgado. Sospecho que soy el último de una larga lista de jóvenes potros invitados a abrevar en su pesebre. De hecho, antes de dar yo la cabezada definitiva, dijo:
—Debussy pasó una semana en Zedelghem antes de la guerra. Durmió en esta misma cama, si no me equivoco.
Un acorde menor en el tono con que lo dijo me dio a entender que estuvo liada con él. No es imposible. He oído decir que a Claude le gustaba hasta una escoba con faldas, y además era francés.


La indignación ferroviaria se propagó como una reacción en cadena por todos los vagones, aunque hoy en día los delitos no los cometen los socorridos criminales de antaño, siempre tan a mano, sino ejecutivos muy alejados del alcance de la turba, en los postmodernos cuarteles generales de vidrio y acero de Londres. Por otro lado, la mitad de la turba posee acciones de eso mismo que querrían reducir a cenizas.


Hoy en día las afueras de Cambridge son todo polígonos tecnológicos. Úrsula y yo paseábamos en batea bajo aquel puente tan pintoresco, donde ahora se levantan esos bloques de laboratorios de biotecnología que clonan seres humanos por encargo de coreanos sospechosos. ¡Ah, qué insoportable es hacerse viejo! Los diversos yoes que ya fuimos arden en deseos de volver a respirar aire fresco, pero ¿podrán salir algún día de estas cascaras calcificadas? Qué carajo van a poder.


—Bueno —tanteó Hae-Joo—, ¿qué haces para relajarte?
—Jugar algo con el sony —dije.
—¿Para relajarte? —replicó incrédulo—. ¿Y quién gana, tú o el sony?
—El sony —respondí—. ¿Cómo si no iba a mejorar?
—O sea, que los ganadores —razonó Hae-Joo—, ¿son, en realidad, los perdedores, porque no aprenden nada nuevo? Entonces, ¿qué son los perdedores? ¿Ganadores?
Yo no sabía si hablaba en serio.
—Si los perdedores consiguen sacar partido de lo que les enseñan sus adversarios, entonces sí, los perdedores, a la larga, pueden ser los ganadores.
—Santa Corpocracia —resopló Hae-Joo—, vamos a la ciudad.


No sabría qué responder. ¿Qué te pareció ese Tremendo calvario?
Me sorprendió el mundo en que transcurre; las diferencias con el nuestro eran abismales. En esa época todo el trabajo denigrante lo hacían purasangres; los únicos fabricantes eran ovejas enfermizas. Cuando la gente envejecía, se volvía más fea y arrugada; no había rocioína. Los ancianos esperaban a la muerte en cárceles para los seniles y los incontinentes; nada de vidas de duración prefijada ni de eutanasias.
Suena a siniestra distopía.
Entonces, como ahora, la distopía era una proyección de la pobreza, no una política estatal. La desierta sala de proyecciones era un marco apropiado para los paisajes lluviosos de aquel viejo disney. Gigantes descomunales atravesaban la pantalla iluminados por la luz del sol, todo ello captado con una lente de la época en que tu tatarabuelo, Archivista, daba pataditas en el vientre de su madre.
El tiempo es lo que impide que la historia ocurra toda de golpe; el tiempo es la velocidad a la que desaparece el pasado. Las películas resucitan brevemente esos mundos perdidos. Esos edificios hoy derrumbados, esos rostros descompuestos hace tanto tiempo, me cautivaron. Éramos como tú, me decían. El presente no importa. Los cincuenta minutos que pasé con Hae-Joo delante de la pantalla fueron un ejercicio de felicidad.


Entonces volví a preguntar, ¿es más mejor ser salvaje que Civilizado?
Escucha, los salvajes y los Civilizados no están separados por tribuses, ni por creencias ni por montañas, no señor, todo ser humano es las dos cosas a la vez. Los Antiguos tenían el Magín de los dioses, pero eran salvajes como chacales, y eso fue lo que provocó la Caída. He conocido salvajes con un fantabuloso corazón civilizado que no les cabía en el pecho. Lo mismo hay algún kona que también lo tiene. No tanto como para imponerse a toda la tribu, pero, quién sabe, igual algún día sí. Un día.
«Un día» era una miaja de esperanza, más pequeña que una pulga.
Sí, macuerdo que dijo Merónima, pero no es fácil librarse de las pulgas.
Cuando mi amiga finalmente se durmió, la señora Luna le iluminó un antojo rarísimo, justo debajo de la paletilla. Parecía una especie de manita, una cabeza con seis hilos alargados, pálida contra la piel oscura, y me extrañó no habérselo visto antes. Se lo tapé con la manta para que no cogiese frío.


Madre siempre decía que para evadirse sólo hacía falta un libro. Pues no, mamuchi, francamente, no. Tus queridísimas sagas de pobreza, lujo y desengaños, impresas con letra bien gorda, tampoco te servían de camuflaje contra las desgracias que te disparaba esa lanzapelotas de tenis que es la vida, ¿verdad que no? Aunque, bueno, también tienes tu parte de razón. Los libros no ofrecen una verdadera escapatoria, pero pueden impedir que una mente se despelleje viva de tanto rascarse.


La reductio ad absurdum de la tesis de M.D., objeté, es que la ciencia seguirá inventando instrumentos bélicos cada vez más sanguinarios hasta que un día la capacidad destructora de la humanidad superará a la capacidad creadora y nuestra civilización se precipitará a la extinción. M.D. respondió a mi objeción con sarcástica alegría.
—Precisamente por eso. Nuestra voluntad de poder, nuestra ciencia y todas las facultades que nos elevaron del nivel de los simios al de los salvajes y de ahí al del hombre moderno, ¡son las mismas facultades que acabarán con el homo sapiens antes de que termine el siglo! Tal vez, hijo mío, tengas la suerte de estar vivo para presenciarlo. Menudo crescendo sinfónico, ¿verdad?


He pasado estas dos semanas en la sala de música, reelaborando los fragmentos de este año para integrarlos en un «sexteto para solistas que se solapan»: piano, clarinete, chelo, flauta, oboe y violín,
cada uno en su clave, escala y timbre. En la primera parte, cada solo se ve interrumpido por el siguiente; en la segunda, se retoma cada interrupción, en orden inverso. ¿Idea revolucionaria o efectismo insustancial? No lo sabré hasta que no lo terminé y para entonces ya será demasiado tarde, pero es lo primero en lo que pienso cuando me despierto y lo último antes de dormirme, hasta cuando tengo a J. en la cama. Pero tiene que entenderlo: el artista vive en dos mundos.

9 comentarios

  • M.C. Mendoza agosto 13, 2014en11:53 am

    ¡Es muy bueno! A mí me gustó mucho cuando lo leí el año pasado. Vi después la peli y aunque es cierto que cambia algunos detalles y se prima un poco la espectacularidad, lo cierto es que tampoco me pareció una mala adaptación. Está muy bien también.

  • ericz agosto 13, 2014en4:02 pm

    Ya lo bajo al Kindle. ¿Para adolescentes es recomendable?

  • Lola agosto 15, 2014en5:13 pm

    Tras acabar La invención de Morel (y estar totalmente de acuerdo contigo), me lanzo a éste hoy mismo. Los que calificas como «imprescindibles» me provocan un respeto que no veas…

  • Palimp agosto 16, 2014en11:13 am

    @ericz, para adolescentes es muy recomendable.

    @Lola, espero que te guste, ya aviso que no se trata de alta literatura, sí de un libro muy disfrutable.

  • Palimp agosto 22, 2014en12:35 pm

    @MC, añadida tu reseña 🙂

  • Lola agosto 28, 2014en3:01 pm

    Acabado el libro, coincido plenamente con lo que dices. El único pero que le pongo es que a veces se lía uno con algunos nombres, pero está fenomenal, así que gracias por la recomendación 🙂

  • Palimp septiembre 1, 2014en8:17 pm

    Esto es rapidez de lectura, me alegro que te haya gustado.

  • ericz septiembre 30, 2014en4:07 pm

    Bien, casi 4 estrellas.
    Buen escritor y el hecho de partir los relatos es una dificultad sin sentido.

  • Palimp octubre 1, 2014en8:53 am

    Conociendo tus altos niveles de exigencia, veo que te ha gustado 🙂

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