Daniel C. Dennett. Dulces sueños.

julio 9, 2012

Daniel C Dennett, Dulces sueños
Katz editores, 2006. 224 páginas.
Tit. Or. Sweet dreams. Philosophical obstacles to a science of consciousness. Trad. Julieta Barba y Silvia Jawerbaum.

La conciencia es un misterio del que todavía sabemos poco. Pero ¿es un misterio explicable o inefable? ¿Hay un alma escondida en alguna parte que explica su singularidad o encontraremos el mecanismo que la provoca? De momento estamos muy lejos de saberlo, pero nada nos impide posicionarnos. El autor es de los que piensan que en la conciencia no hay nada que no sea materia. O, como dice en una cita:

En su reseña del último libro de Colin McGinn, afirma: «la conciencia nos resulta misteriosa porque todavía no tenemos una imagen adecuada de la materia». Luego agrega:
Tenemos muchas ecuaciones matemáticas que describen la conducta de la materia, pero en verdad no sabemos nada acerca de su naturaleza intrínseca. La única pista con que contamos es que, si se la dispone como está organizada en objetos como el cerebro, lo que se obtiene es la conciencia (Strawson, 1999).

O lo que es lo mismo, la materia tiene tantos misterios como los pueda tener la conciencia.

Hay dos posturas básicas; los que creen que un mecanismo, por sofisticado que sea, no podrá ser nunca consciente (ver la caja china de Searle) y los que creen que la conciencia emerge de un mecanismo cuando éste es lo suficientemente complejo.

¿De qué parte está usted? Hay una propuesta sencilla de entender en la que aparece el tema zombie tan de moda. Imagínese un zombie exactamente igual que usted, que dará las mismas respuestas ante los mismos estímulos, que puede ser incluso fisiológicamente idéntico, pero que no tiene conciencia. Es, simplemente, un organismo que le imita a la perfección, pero que sólo hace eso. Ante una película llorará si usted llora, se indignará si usted se indigna, etcétera etcétera. Muchos críticos de la visión mecanicista de la conciencia:

[…]han quedado unidos por la convicción de que hay una diferencia real entre una persona consciente y un zombi. Esa intuición, a la que denominamos la corazonada zombi, los ha llevado a postular la tesis del zombismo: la falla fundamental de toda teoría mecanicista de la conciencia es que no puede dar cuenta de esa importante diferencia?

Supongo que, dentro de cien años, esta tesis no será creíble, pero que conste en actas que, en 1999, John Searle, David Chalmers, Colin McGinn, Joseph Levine y muchos otros filósofos de la mente no sólo se sentían atraídos por la corazonada zombi -si es por eso, yo también me siento atraído-, sino que le daban crédito. Aunque lo acepten a regañadientes, son zom-bistas, y sostienen por tanto que la diferencia entre zombis y personas es una objeción severa a las explicaciones naturalistas. No es que no reconozcan lo abstruso de su postura. El trillado estereotipo de los filósofos discutiendo apasionadamente acerca de cuántos ángeles pueden bailar en la cabeza de un alfiler no es mucho más ridículo que su versión más moderna: la disputa acerca de si los zombis -que todos admiten que son seres imaginarios- son (1) imposibles desde el punto de vista metafísico; (2) imposibles desde el punto de vista lógico; (3) imposibles desde el punto de vista físico; o (4) simplemente de existencia muy improbable. Los reaccionarios han admitido que muchos de los que toman en serio la existencia de los zombis no se la imaginan bien.

Personalmente no creo que pueda existir un zombie capaz de imitarme en todo y no tener conciencia. De la misma manera que ha emergido en mi cerebro, debería emerger en el suyo. Ese residuo que opinan que el maecanicismo no puede explicar tiene un nombre: alma. Aunque pocas veces lo llamen así, por no parecer acientíficos.

Pero Dennett lo explica mucho mejor que yo, responde a varias objeciones, explica el estado actual de la filosofía respecto al tema, y ha escrito un libro que disfruté muchísimo y con el que pensé todavía más. Estamos todavía en pañales:

«La década del cerebro», tal como la denominó el presidente Bush en 1990, ha llegado a su fin y apenas empezamos a saber cómo el cerebro humano crea la conciencia.

Pero algo hemos avanzado, y en uno de los capítulos se explican estos avances. Supongo que dentro de cien años, cuando las inteligencias artificiales conscientes sean cosa común y corriente el debate habrá cambiado de signo, pero de momento todavía podemos pensar si los zombies filosóficos son posibles o no.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (312/365)

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