Daniel C. Dennet. De las bacterias a Bach.

febrero 18, 2019

Daniel C Dennet, De las bacterias a Bach
Pasado y Presente, 2017. 430 páginas.
Tit. or. From Bacteria to Bach and back. Trad. Marc Figueras.

Si en La peligrosa idea de Darwin Dennet nos explicaba como la fuerza de la evolución -que radica en tratarse de un algoritmo de selección- explica el éxito de las adaptaciones de los organismos y el nacimiento de la complejidad biológica, en este libro trata de hacer lo mismo con la aparición y el desarrollo de la inteligencia.

Basándose en la idea de competencia sin comprensión, explica cómo puede crearse una cascada de grúas que se van levantando unas a otras hasta alcanzar la conciencia. Comportamientos que son seleccionados por su eficacia, aunque no sean comprendidos por los organismos que lo manifiestan, pueden servir de base para futuras construcciones más elaboradas.

Hace hincapié en la evolución de los memes (en el sentido de Dawkins) como posible herramienta para la aparición del conocimiento, como si los memes cumplieran la misma misión en el cerebro que los genes en la biología. En mi opinión la teoría no está muy fundada más allá de alguna analogía sugerente.

Quizás sea el libro que, de momento, me ha gustado menos del autor, pero siempre es una lectura estimulante. Dos buenas reseñas: De las bacterias a Bach y Reseñas HdC: De las bacterias a Bach. La evolución de la mente

Recomendable.

Pero somos una especie influenciable, no solo capaz de aprender, como las aves o los monos, o de ser entrenada, como los perros o los caballos (y los animales de laboratorio en regímenes muy estrictos), sino que también podemos ser impelidos por razones, razones que se nos representan, no motivaciones flotantes. Ya hemos visto, con las termitas que construyen castillos y los antílopes saltarines, algunos ejemplos en que hay razones que no son las razones del organismo. Cuando los animales hacen cosas por alguna razón, su comprensión de tales razones (de por qué están haciendo lo que están haciendo) o es inexistente o es muy limitada, tal como muestran gran cantidad de experimentos que demuestran su incapacidad de generalizar, de usar lo que parecen entender en versiones novedosas o contextos más amplios.
En cambio, nosotros no hacemos cosas solo por razones; a menudo tenemos razones para lo que hacemos, en el sentido de que las hemos articulado para nosotros mismos y las hemos respaldado tras una debida reflexión. Nuestra comprensión de las razones que podemos exponer por actuar como lo hacemos puede ser imperfecta, embarullada o incluso autoengañosa, pero el hecho de que podamos poseer esas razones (con buen tino o mal tino) nos hace susceptibles de poder discutirlas y de poder transmitirlas a otros. Cuando cambiamos de opinión con un poco de persuasión (a veces nuestra propia persuasión), siempre hay la posibilidad de que no «nos tomemos muy en serio» nuestra aceptación y conformidad de la revisión de las razones, a pesar de lo que podamos decir impulsivamente. La lección puede no tener el efecto a largo plazo que esperaba nuestro interlocutor o maestro en nuestras convicciones y actitudes. Es por ello por lo que practicamos, revisamos, reelabora-mos, comprobamos y repasamos nuestras razones, con la práctica del ofrecimiento y la aceptación (o rechazo) de razones subrayada por Wilfrid Sellars (1962) (véase el capítulo 3 acerca del «espacio de razones»).
Aristóteles caracterizaba nuestra especie como el animal racional y Descartes y muchos otros, hasta el día de hoy, han atribuido nuestro talento como razonadores a una especial res cogitans, o ‘cosa pensante’, que Dios habría implantado en nuestro cerebro.11 Si nuestra racionalidad no procede de Dios, ¿cómo pudo evolucionar? Mercier y Sperber (2011) sostienen que la capacidad de razonar de los seres humanos individuales, de expresar y evaluar argumentos lógicos, surge a partir de la práctica social de la persuasión y, de hecho, presenta restos fósiles de su origen. El clarísimo sesgo de confirmación es nuestra tendencia a destacar las pruebas positivas de nuestras creencias y teorías actuales mientras ignoramos todas las pruebas negativas. Este y muchos otros tipos de error en el razonamiento humano sugieren que nuestras habilidades fueron pulidas para tomar partido, para persuadir a otros en las discusiones, no necesariamente para obtener la buena solución. Nuestro talento subyacente «favorece decisiones de fácil justificación, pero no necesariamente mejores» (p. 57)- El proceso evolutivo de I+D que podría diseñar tal habilidad tiene que depender, por fuerza, de alguna habilidad previa del uso del lenguaje, si bien incipiente, de modo que podemos considerarlo un proceso coevolutivo, en parte evolución cultural y en parte evolución genética, liderado por la evolución cultural de memes pronunciables, las palabras.


Hoy en día es más difícil hallar «señales» de la estafa del príncipe nigeria-no que hace veinte años, porque es un timo bien conocido y puede servir como tema humorístico con seguridad (Hurley, Dennett y Adams 2011). Ahora bien, ¿cómo es que la estafa aún persiste y por qué los timadores continúan empleando la misma historia sospechosa de un príncipe nigeriano que te quiere transferir una fortuna a tu cuenta y necesita tu ayuda? Porque los estafadores no tienen intención de gastar su tiempo y sus esfuerzos en personas astutas. El coste de enviar millones de anzuelos iniciales en forma de correos electrónicos es trivial comparado con el coste (en tiempo y esfuerzo) de halar cuando algún incauto ha mordido el anzuelo. No te puedes permitir atraer demasiadas presas. La mayoría de víctimas potenciales que han picado pronto sospecharán algo y puede que descubran la verdad, abandonando antes de haber pagado nada, e incluso puede que algunos se diviertan a costa de los estafadores durante algún tiempo. Para minimizar el coste de halar peces que luego escaparán del anzuelo antes de haberlos capturado, el señuelo inicial está diseñado para ser tan ridículo que solo las personas más crédulas, simplonas y sin preocupaciones podrían creérselo. En resumen, la estafa incorpora un filtro para evitar a los escépticos, de modo que el esfuerzo se pueda concentrar en las víctimas más vulnerables.
Los consejeros políticos y los publicistas, analizadores de tendencias y especuladores, observan agresivamente y perturban la memosfera, explorando nuevas acciones, nuevas oportunidades, nuevas fisuras en el blindaje de escepticismo y prudencia que todos empleamos a diario para protegernos, excepto las personas más ingenuas. Todo el mundo quiere «volverse viral» con sus mensajes favoritos, a la vez que busca nuevas formas de ignorar el exceso de captadores de atención que los asalta. Esta fluidez de la transmisión de información en la cultura humana, y su uso para combatir, desacreditar, descartar y también perfeccionar, mejorar, adaptar y propagar nuevos me-mes deja a la evolución memética darwiniana en segundo plano.

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