Carlos García Gual. Las primeras novelas.

enero 29, 2014

Carlos García Gual, Las primeras novelas
Gredos, 2008. 576 páginas.

Este libro es una refundición de dos anteriores del autor, Los orígenes de la novela y Primeras novelas europeas, con un prólogo para la ocasión y un breve apéndice, pero sin revisión de los textos.

La primera parte se ocupa de las primeras novelas griegas, algunas conocidas como pueden ser el Satiricón o El asno de oro, otras menos como Las babilónicas o Quéreas y Calírroe. Se explican también los orígenes de las mismas, como degradación de los mitos épicos, la paulatina desaparición de los dioses y la articulación principal alrededor de los temas amorosos.

La segunda parte nos habla de las primeras novelas europeas, con la aparición del amor cortés, la novela Tristán e Isolda, el gran novelista Chrétien de Troyes y la aparición del ciclo artúrico y la leyenda del Grial (que todavía sigue viva). Acaba con el Roman de Renart y su antihéroe el zorro Renard (o Renart), una subversión de las fábulas de Esopo.

Además de iluminar los orígenes de las novelas y del aparato crítico, lo que más me ha gustado del libro es que para cada novela se incorpora un resumen del argumento. Motivado, según creo, porque cuando publicó estos libros no existían traducciones de todas las novelas, pero que es de mucha utilidad para un lector como yo, poco conocedor del gran abanico griego y medieval.

A continuación, una serie de fragmentos con datos curiosos. Siempre me sabe mal porque suelen ser curiosidades que no reflejan la erudición de la obra, pero creo que merecen destacarse.

Sobre la psicología del lector de novelas:

La novela ofrece un nuevo campo de vida. Como el pintor chino que decoró las paredes palaciegas con paisajes lejanos y luego se perdió por ellos, quisiera el lector penetrar por los caminos fantásticos que el libro le abre. La ficción resulta un refugio para la sed de aventuras del hombre sin voluntad para hallarlas en la realidad.
«Todo aquello que la sociedad le niega al individuo, también todo lo que ella rehusa de él y todo lo que guarda como no utilizado, ingrato y siempre disponible, nutre la imaginación que compone la novela o la que se alimenta de ella. La literatura novelesca traza para el lector un cuadro de la sociedad, y al mismo tiempo lo aparta de ella por el simple hecho de representársela, es decir, de mostrársela como un mundo totalmente exterior, que puede contemplar desde afuera. Lo separa también al enriquecer de añadidura lo que entonces llama con justeza su vida interior, o sea —la mayor parte del tiempo— la abundancia de aspiraciones, que sólo en la ficción encuentran en qué precisarse y transformarse en deseo. Esas imágenes cambiantes, esos señuelos inestables que jamás tomarán cuerpo, reciben así de las novelas su forma y colorido. El corazón aprende en los libros la fórmula de los sentimientos que prevé experimentará».

El final feliz no es un invento de ahora (ni los enredos folletinescos):

El final feliz es uno de los ingredientes clásicos e imprescindibles de la novela amorosa. Al final del libro el héroe y la heroína, habiendo salvado todos los peligros, consiguen su objetivo feliz de unirse en boda. Se encuentran todos los parientes perdidos, se desvelan todas las incógnitas, los malvados y los peligros desaparecen, y el amor triunfa coronándose nupcialmente.
El lector cuenta de antemano con ese final feliz.
A nuestro entender, esto es lo que le permite penetrar sin una sensación angustiosa en ese torbellino de aventuras y peripecias caóticas que constituyen el mundo novelesco. En ese mundo donde los personajes, sin carácter ni entendimiento claro de su contorno, se mueven como sonámbulos prendidos en una pesadilla. Es un mundo entretejido de asechanzas, en forma de raptos y naufragios, de apariencias falsas, de violencias. Es un mundo sin otros valores que la fidelidad al amor. No hay otros ideales objetivos por los que valga la pena luchar y morir. Los inocentes protagonistas sufren ausencias y torturas sin intervenir activamente en su destino. Una fuerza ciega les lleva de aquí para allá. Sin embargo —es lo que permite respirar alegremente al lector—, todo acabará bien. «La malvada fortuna se muestra al fin una buena chica». Es una compensación artificial, extraña, si se quiere, como podía serlo el «deus ex machina» en la tragedia. Como éste, el final feliz aparece cuando ya no queda otra manera de acabar con cierto valor positivo la obra. Ya no hay ningún valor más alto que la vida feliz. Incluso con una felicidad convencional.

Siempre me sorprende lo jóvenes que se casaban en la antigüedad:

«Porque es evidente que los jóvenes de mi edad son capaces para el matrimonio. ¿Cuántos pues se han guardado puros hasta los quince años? Me daña sólo una ley no escrita, aunque sancionada por una necia costumbre, ya que entre nosotros las muchachas en su mayoría se casan a los quince años. Pero que la naturaleza es la mejor ley para tales uniones, ¿qué persona sensata puede contradecirlo? A los catorce años pueden concebir las mujeres, e incluso algunas, ¡por Zeus!, dan a luz a esa edad. ¿Es que tu hija no va a casarse? ¿Esperemos dos años, vas a decir? Aguardemos, oh madre, si también se detiene la Fortuna [Tyche][…]

El público de las novelas es un público rico, acomodado:

El autor del Román de Thebes lo advierte con claridad. Después de hacer gala de su cultura clásica, mencionando a Hornero, Platón, Virgilio y Cicerón, señala: «Que dejen de atender a mi relato quienes no sean clérigos o caballeros, pues tanto pueden entenderlo como los asnos tocar el arpa. No voy a hablar de peleteros, ni de villanos ni pastores… » (o. c, vv. 13-18). Y dice el clérigo Wace en su Román de Rou: «Yo hablo a la gente rica, que posee las rentas y el dinero, pues para ellos se hacen los libros y se construye y se cuenta un buen relato».’8
La última versión del Román d’Alexandre comenta (vv. 1652-1655): «Los gentiles caballeros y los clérigos sabios y buenos, las damas, las doncellas, que tienen clara conducta, quienes saben del servicio pagar el galardón, éstos deben de Alejandro escuchar la canción».

Una cita larga pero jugosa, el origen de los libros de bolsillo está en el siglo XII, y antes los libros sí que estaban caros:

Cf. el citado libro de Haskins en su cap. «Books and librairies» (pp. 70-92). Los libros eran de pergamino, pues en la temprana Edad Media había dejado de emplearse el papiro, y el papel se introdujo a mediados del siglo xm en Occidente. «Los códices varían grandemente en su tamaño: mientras hay muchas Grandes Biblias y Libros de Oficio escritos con
letras muy amplias, el siglo xxi nos ha dejado un gran número de pequeños volúmenes, en dieciseisavo o menos, escritos claramente, a menudo en una escritura diminuta, y bastante pequeños como para deslizarse en el bolsillo del viajero. El siglo xii en sus comienzos es uno de los períodos áureos de la caligrafía medieval, pues la escritura posee aún la legibilidad de la minúscula carolingia; má tarde encontramos la introducción de los trazos góticos y sus ligaduras y numrosas abreviaciones que se vuelven comunes en el siglo XIII, cuando la escritur cursiva reaparece». «Los manuscritos eran naturalmente caros, especialmente le grandes Libros de Oficio para el coro, y se oye hablar de una Gran Biblia comprada por diez talentos y de un Misal cambiado por un viñedo. En 1043 obispo de Barcelona compró dos volúmenes de Prisciliano a un judío por una casa y un campo» (o. c, p. 72). Los libros de consulta común en las bibliotecas de conventos estaban encadenados, «cathenati ad communem utilitatem». Los préstame para copias eran curiosos y peligrosos (p. 85). Esa misma carestía del material aumenta la dependencia de los novelistas cortesanos respecto a sus patronos noble: que les facilitaban, con sus encargos, los medios de adquirir el pergamino necesario y muchas veces les prestaban los códices para inspirar un tema (como, pe ejemplo, el famoso libro de la Historia del Grial, prestado a Chrétien por el cond de Flandes para su Perceval). Evidentemente el escritor que trabajaba en un monasterio con biblioteca conventual a su disposición estaba en diferentes condiciones que el novelista cortesano. Un caso curioso de esta dependencia es el de Heinrich de Veldeke, traductor del Román d’Enéas al alemán. El manuscrito incompleto de su Eneit cayó en manos del margrave Hermann de Turingia, que se lo llevó, y Heinrich pudo completarlo sólo nueve años después, al pasar a la corte de este noble protector de la literatura (cf. R. R. Bezzola, t. V, pp. 514 y 518

Calificación: Muy bueno.

Un comentario

  • Nacho enero 29, 2014en10:19 am

    Muy interesante. Lo leeré.

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