Carlos Galindo. La ouija del diablo.

mayo 19, 2014

Carlos Galindo, La ouija del diablo
Ediciones B México, 2013. 172 páginas.

Muchas veces he oído que el pensamiento mágico, aunque equivocado, no es más que una superstición inofensiva, e incluso útil a veces. En efecto, no es nada peligroso que te echen las cartas, hasta que se toman malas decisiones por este motivo o, peor aún, te cobran una millonada por quitarte el mal de ojo. No pasa nada por tomar homeopatía cuando tienes un resfriado, pero si se usa para tratar una infección la cosa cambia, y no digamos cuando se abandona el tratamiento de una enfermedad más grave, como un cáncer, por estas pseudomedicinas. Que el zahorí del pueblo nos diga dónde hay que cavar un pozo no pasa de anecdótico, pero cuando la misma técnica se usa para detectar explosivos o contrabando de drogas las consecuencias pueden ser desastrosas.

Parece increíble, pero no lo es. Existen no uno sino varios modelos de detectores moleculares capaces -según su publicidad- de localizar los más variados compuestos químicos:

Becerril también explicó el funcionamiento de este asombroso detector molecular, aunque el lenguaje técnico resultaba incomprensible. Según su reportaje, el GT200 trabaja a través de la localización de «campos diamagnéticos» y «paramagnéticos» emitidos por químicos, plásticos, acetato de uranio, nitrato de amonio y municiones construidas con bismuto. Además, parece ser capaz de detectar seres humanos, tabaco y varias toxinas. El dispositivo sólo pesa 450 gramos y no usa pilas porque es «alimentado» por la estática que genera el usuario. Pero las explicaciones en el reportaje parecían sobrar frente al poder del aparato: «Técnicamente la llaman ‘pistola’, porque se empuña igual que un arma de fuego y aunque su ‘cañón’ es apenas más grueso que un popote, su poder parece de otro mundo. Tanto que entre los militares que la manejan es conocida como ‘la ouija del diablo’.»

Hay una extensa entrada en la wikipedia denunciando el fraude: GT200, pero mientras tanto sus creadores hicieron su agosto. En México se vendieron hasta 300 detectores al gobierno en el año 2007. A pesar de las voces de alarma de escépticos como Andrés Tonini y Martín Bofil, e incluso cuando en 2010 un reportaje de la BBC destapó el fraude, desde la policía y el gobierno se defendía la eficacia de estos aparatos.

¿Cómo es posible? Hay varias razones además de la credulidad de la gente. En la compra de esos aparatos se habían pagado comisiones y no se podía reconocer que habían sido una estafa. Pero quizás la razón más importante es que el detector permitía realizar registros sin necesidad de pedir autorización judicial ya que en teoría se había detectado droga:

«Es un instrumento empleado para justificar los allanamientos. Argumentan flagrancia sólo porque la antenita lo apuntó. Esto es muy grave porque el GT200 y el ADE651 no son evidencia de nada porque no funcionan, y cuando la antena le apunta a una persona le pueden destrozar la vida, lo vuelven sospechoso de cualquier crimen que le quieran inventar.»

Por suerte este tipo de mentiras no se pueden mantener eternamente, y hoy en día ya la ouija del diablo no sólo no se usa, sino que sus creadores están procesados por estafa.

El libro se complementa con una serie de ensayos breves de divulgación científica. Entre mis preferidos el que habla de la Gripe A -no olvidemos que empezó en México- del que destaco la llamada de atención a la epidemia de principios del siglo XX, que debería tenernos alerta:

Es difícil saber cuántas personas fueron afectadas por la pandemia. Los estimados oscilan alrededor de 50 millones de muertos en todo el mundo. Fred van Hartes-veldt escribió: «Sin duda alguna, la influenza mató a más personas, en una quinta parte del tiempo, que todos los soldados de la Primera Guerra Mundial con sus ametralladoras, gases venenosos y artillería rápida.»

También el de la expedición astronómica de Francisco Díaz Covarrubias, un verdadero canto a la ciencia como instrumento de fraternidad entre países:

[…]no he podido menos de admirar el influjo poderosamente unificador de la ciencia… cuando se palpa que el budista puede proseguir una investigación científica partiendo del punto en que la había dejado el musulmán, y que los principios que con ella se conquistan les aprovechan a ambos, lo mismo que al cristiano y al adorador de los fetiches; cuando se contempla que el republicano y el monarquista pueden aplicar, con igual acierto y con idéntico resultado para su bienestar, las leyes naturales descubiertas por un teócrata o por un demagogo; cuando se reflexiona todo esto, decimos, no es posible dejar de preguntarse: ¿por qué durante tantos siglos ha permanecido la humanidad girando en un perpetuo círculo de principios fundados en suposiciones arbitrarias, y no se ha agrupado aún en torno del único agente capaz de uniformar todas las creencias fundamentales?»

Un libro muy recomendable. Otra reseña aquí: La ouija del diablo .

Calificación: Muy bueno.

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