Carlos Frühbeck Moreno. La ceguera de los ciervos.

septiembre 19, 2011

Ediciones del viento, 2009. 110 páginas.
Carlos Frühbeck Moreno, La ceguera de los ciervos
Desconsuelo

Me lo recomendaron aquí: La ceguera de los ciervos y tengo que empezar robándoles una frase:

he aquí un libro de cuentos extraordinario

Cuyo contenido es el siguiente:

La ceguera de los ciervos
Que brota de la tierra
La Virgen de las Fronteras
Dibujos animados
La armonía de Stanley Krogg
La trayectoria de la luz
Julia
Extranjeros y fantasmas
El idioma de las vidrieras

Cuando lei la solapa me extrañó que un primer libro de cuentos estuviera tan bien editado. Explicado porque el autor ya tiene una trayectoria como poeta. Lo que explica lo exquisito del lenguaje de estos cuentos, que tratan muchas veces sobre la pérdida, los sueños incumplidos, lo que pudo ser y no fue.

Me ha sorprendido muy agradablemente, es uno de estos libros que da pena retornar a la biblioteca, porque te gustaría tenerlo siempre en tus estanterías.

Otra reseña aquí:
‘La ceguera de los ciervos’, de Carlos Frühbeck Moreno obtiene el Premio Delibes de Narrativa
.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (19/365)

Extracto:
Todos estábamos enamorados de Helga. Cuando atardecía me encantaba sentarme sobre el prado que estaba cerca de su casa para escucharla. Su piano me decía que todavía era posible ser como los héroes de las obras de teatro de Schiller. Un héroe de este tiempo en el que todos los carros de caballos llevaban al progreso, a la paz y a los elogios del profesor Kleinsmann por mi buena caligrafía, mi pasión por los clásicos romanos y la perfección de mi acento francés. El profesor me decía divertido que parecía un alegre meridional de Toulouse cuando me ponía a leer en voz alta a Moliere.

El tío Orto diseñaba joyas para la fábrica de bisutería que daba de comer a medio pueblo y fabricó para mi tía un collar de piedras cuarzo que desembocaban delicadamente en el ojo del ciervo. Sería el secreto de la familia, la piedra más valiosa del mundo, una perla que ha nacido de la solidificación de las lágrimas de un animal bueno. Recuerdo que mi tía se sentaba al atardecer en la puerta de casa, mientras el día se acababa y todos nos poníamos algo tristes. Entonces, la perla tomaba un color verde oscuro. Sin embargo, había esperanza: la única explicación posible de la llegada de la noche era que Helga había conseguido encerrar todos los recuerdos alegres de la jornada dentro de su partitura. Mi primo Hans decía que el ojo veía de nuevo cuando estaba en contacto con la piel de su madre. La vida era agradable. Cómo nos reíamos cuando mi padre y el tío Orto nos llevaban a todos en el carro a tomar un helado y se ponían a imitar el modo de hablar de los alsacianos.

Hans una vez me dijo que a través de la piedra se podía el ver el futuro. Hans y sus idea extrañas. Se trataba de un buen futuro. Para él, la naturaleza se había indinado definitivamente ante el progreso de la civilización y nos había regalado aquella piedra como prueba de nuestro triunfo. Ésta sería la última vez que ocurría algo mágico. Un homenaje postumo a un mundo nuevo. Nos esperaba un mundo eléctrico, triunfante y él sería marinero y atracaría en el puerto de Nueva York y vería el amanecer sobre
Shanghai y se haría rico en las colonias de Camerún y, de viejo, sería dueño de la mayor fábrica de bisutería de la comarca. No habría diferencia entre el cuarzo y el diamante y todas las obreras de Berlín y Londres parecerían damas de la alta sociedad en las verbenas gracias a que llevarían pulseras, collares, anillos, broches de la compañía de Hans Sternberg. Un toque de clase al alcance de todo el mundo. La felicidad al alcance de todo el mundo.

Yo me habría conformado con que la piedra me dijera que Helga se casaría conmigo y que iríamos a vivir a París. Yo sería un respetable filólogo de la Sorbona y mis lecciones sobre Mme. de Staél y el simbolismo serían memorables. En un hote-lito cerca de los Campos Elíseos, ella tocaría Schumann sólo para mí, bloquearíamos todas las ventanas con apretadas redes de cobre para que ninguna de las mariposas que rompía su crisálida dentro del piano consiguiera escapar de nuestra intimidad. Ah, soñar París con Helga, ya pueden volver los hugonotes de su exilio. Lloraríamos juntos en el callejón en el que se ahorcó Gerard de Nerval. Un mundo decente y respetable, con alumbrado eléctrico gratuito para todos. Los mismísimos griegos de la antigüedad se morirían de envidia si nos vieran. De París, sólo pensaba en la Sorbona y en los Campos Elíseos, pero eso me bastaba para soñar. En aquella época tenía unos sueños de lo más civilizado.

Diez años después, vería a Hans en su lecho de muerte. A pesar de ser una piltrafa desdentada y delirante, me parecería satisfecho. Quizá mi primo no supo dar la interpretación justa a la luz de la perla. Un marinero con cáncer de pulmón. Una víctima del escorbuto que se podría enseñar con deleite al alumnado en una clase de medicina. No sufrí al verle así. Para entonces ya no me hacía daño nada. Me habían criado con eficiencia dentro de un invernadero lleno de gas asfixiante en el frente occidental y estaba de vuelta de todo. Conmigo estaban Franz Bauer, su camarada, su amigo inseparable durante la guerra y Helga.

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