Carlo Collodi. Las aventuras de Pinocho.

noviembre 25, 2011

DeBols!llo, 2011. 170 páginas.
Tit. Or. Le avventure di Pinocchio. Trad. Miquel Izquierdo.
Carlo Collodi, Las aventuras de Pinocho
La marioneta traviesa

Algunos personajes se hacen mundialmente famosos sin que nadie lea los libros donde aparecen. Esto pasa con Pinocho, popularizada por la versión de Disney, pero cuyo libro no había leído nunca. Tantas críticas buenas escuchaba que me hice propósito de enmienda; no me arrepiento.

De un tronco parlanchín fabrican una marioneta, Pinocho, bastante revoltosa y traviesa, desobediente y dada a la holgazanería. Una joya. Pero con todo, tiene buen corazón, y después de una gran cantidad de aventuras que incluyen las conocidas de las marionetas, la zorra y el gato o ser tragado por un escualo, también tiene otras como ser ahorcado, encarcelado por dejarse robar, vendido como un burro y un largo etcétera.

El libro está tan bien como me habían contado, me recordó a Alfanhuí y a Rodari y aunque hoy en día nos resultarían un poco moralizantes las continuas advertencias al protagonista de que debe portarse bien, son mucho más duras que los tonos pasteles de las películas Disney. Un ejemplo, aparece el Grillo Parlante en las primera páginas y esto es lo que le pasa:

—Yo no me voy a ir de aquí —respondió el Grillo— hasta que
no te haya dicho una gran verdad.
—Dímela y date prisa.
—Ay de los niños que se rebelan contra sus padres y abandonan caprichosamente la casa paterna. No les irá bien jamás en este mundo, y antes o después deberán arrepentirse amargamente.
—Canta, canta, Grillo mío, como gustes; pero yo sé que mañana al alba me quiero ir de aquí, porque, si me quedo, me pasará lo que les pasa a todos los niños; o sea, que me mandarán a la escuela, y por gusto o por fuerza me tocará estudiar; y yo, por decírtelo en confianza, de estudiar no tengo ningunas ganas. Me divierto más corriendo tras las mariposas y subiéndome a los árboles para coger
pajaritos del nido.
—¡Pobre tarugo! Pero no sabes que, obrando así, de mayor te convertirás en un fantástico borrico y que todos te tomarán el pelo.
—¡Cállate, grillóte de mal agüero! —gritó Pinocho.
Pero el Grillo, que era paciente y filósofo, en lugar de tomarse a mal la impertinencia, prosiguió en el mismo tono de voz:
—Y si no te va lo de ir a la escuela, ¿por qué no aprendes al menos un oficio como para ganarte honestamente un trozo de pan?
—¿Quieres que te lo diga? —replicó Pinocho, que empezaba a perder la paciencia—. Entre todos los oficios del mundo, solo hay uno que me guste.
—¿Y cuál sería ese oficio?
—El de comer, beber, dormir, divertirme y de la mañana a la noche hacer vida de vagabundo.
—Para tu información —dijo el Grillo Parlante con su calma acostumbrada—, todos los que se dedican a ese oficio acaban casi siempre en el hospital o en la cárcel.
—Ojo, grillóte de mal agüero… ¡si me da un berrinche, ay de ti!
—Pobre Pinocho, de verdad que me das pena.
—¿Por qué te doy pena?
—Porque eres una marioneta y, lo que es peor, porque tienes la cabeza de madera.
Al oír estas últimas palabras, Pinocho saltó colérico y, tras coger del banco un martillo de madera, lo arrojó contra el Grillo Parlante.
Quizá ni siquiera creía que acertaría; pero desgraciadamente le dio de lleno en la cabeza, hasta el punto de que el pobre grillo apenas tuvo el aliento de hacer cri, cri, cri, y luego se quedó allí muerto y pegado a la pared.

Muerta la conciencia nada más aparecer. El siguiente fragmento, en el que el Hombrecillo convierte a los niños gandules en burros para luego venderlos me ha puesto la piel de gallina porque ¿no es eso lo que está pasando hoy en día?

Viendo que la puerta no se abría, el Hombrecillo la reventó de un patadón, y una vez dentro, les dijo, con su risita habitual, a Pinocho y a Larguirucho:
—¡Bravo, chicos! Habéis rebuznado estupendamente y os he reconocido enseguida por la voz.Y por eso aquí me tenéis.
Ante tales palabras, los dos borricos se quedaron muy mustios, con la cabeza gacha, las orejas caídas y la cola entre las patas.
De entrada, el Hombrecillo los alisó, los acarició, los palpó; luego, sacando la almohaza, empezó a darles a base de bien.
Y cuando, a fuerza de atizarles, los tuvo lustrosos como dos espejos, les puso el ronzal y se los llevó a la plaza del mercado con la esperanza de venderlos y sacarles una modesta ganancia.
De hecho, los compradores no se hicieron esperar.
Larguirucho fue comprado por un campesino a quien el día anterior se le había muerto el jumento, y Pinocho fue vendido al
Director de una compañía de payasos y saltimbanquis, que lo compró para amaestrarlo y para hacerle saltar y bailar junto a los otros animales de la compañía.
¿Habéis entendido ahora, mis pequeños lectores, a qué bonito trabajo se dedicaba el Hombrecillo? Este horrible engendro, que exhibía un aire tan almibarado, iba de vez en cuando con un carro a rondar por el mundo: de camino, recogía con promesas y zalamerías a todos los niños gandules que se aburrían de los libros y de las escuelas, y después de cargarlos en el carro los conducía al País de Jauja para que pasaran todo el tiempo entre juegos, juergas y diversiones. Cuando luego esos pobres chavales ilusos, a fuerza de vaguear todo el tiempo y de no estudiar nunca, se convertían en borricos, entonces, alegre y contento, se apoderaba de ellos y los iba a vender a ferias y mercados. Y de ese modo, en pocos años, había amasado una fortuna y se había hecho millonario.

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (86/365)

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