Blocs i Llibres a Barcelona / Bitácoras y Libros en Barcelona (X). La crónica.

diciembre 21, 2009

A causa de varias bajas de última hora justificadas y algún que otro despiste, la décima edición de Bitácoras y Libros transcurrió en familia. Ocho asistentes que aprovechamos para ponernos al día y hablar, como siempre, de lo divino y humano. Incluso, extrañamente, se habló de literatura y comentamos la figura de Unamuno.

Pero no puedo ser un cronista fiable, porque aunque salimos del restaurante a las 12, yo llegué a casa a las cinco de la mañana, con un gran agujero en la memoria (producto sin duda del alcohol ingerido) y alguna cosa extrañaen los bolsillos: un globo de color verde, una caja de cerillas con una cerilla gastada y otra sin estrenar y un follero del museo Picasso. Supongo que para saber que ocurrió tendré que recurrir a la hipnosis.

Sin más dilación, les dejo con lo mejor de la crónica. Los secretos que nos confiaron y que nosotros traicionamos revelándolos al mundo:


Creía que era cosa de las películas, pero un amigo me confesó que cuando su mujer no estaba se ponía su ropa interior y se miraba en el espejo y se masturbaba. El afirma que no le gustan los tíos. A mí me da igual, aunque me gustaría verlo.


El periódico de anuncios clasificados Anuntis Primeramá tenía una política muy curiosa con sus anunciantes de alquileres.
Cuando se enteraba de que un anunciante usaba el método de la venta de listas falsas de alquileres, en lugar de quitar los anuncios y denunciarlos, lo que hacía era subirles la cuota. Había una tarifa especial para empresas estafadoras.


Nos conocemos desde hace 20 años, siempre hemos sido las mejores amigas y aunque ahora nuestros caminos estén algo separados siempre estaremos allí.
Salíamos siempre a las discotecas de moda cuando éramos jóvenes, trazábamos nuestro plan y atacábamos, nunca terminó mal la noche.
Un día después de casi dos semanas sin vernos me vino a buscar, estaba más delgada, ojerosa y parecía haber llorado. ‘Estoy embarazada’, me dijo, no pude dejar de pensar en como reaccionarían sus padres ante la noticia, pero me preocupó mucho más como estaba ella. ¿Qué quieres hacer tú? levantó los ojos y lo supe. Haríamos lo que fuera por conseguirlo y aún ahora nadie lo ha sabido.


Cuando era un adolescente, e iba a pasar el fin de semana con mi padre, éste solía repetirme constantemente que los hombres son más de fiar que las mujeres. Son más sinceros, nobles y leales. Es más fácil entenderse con ellos, porque son menos complicados y piden menos explicaciones. Puedes confiar, te dicen la verdad. Y creo que es por eso que cuando mi amigo me contó un secreto que había guardado durante todos sus años universitarios, no tuve más remedio que creerle. En más de una ocasión había visto en un bar gay a mi padre.


Ignoro por qué, pero me han contado muchos secretos. Mi cara debe ser propicia a ello. Por desgracia, lo que me cuentan son diferentes versiones de la misma historia. Uno, que frecuenta prostitutas. Otro, que intentó ligar con una del trabajo porque no estaba a gusto con su mujer, pero como la otra no le hizo caso, siguió tranquilamente con su matrimonio. La llegada de Internet ha provocado una explosión de infidelidades virtuales y un amigo mío no sólo es un cibersalido, sino que de vez en cuando queda con algún ligue. También está casado. Algunas mujeres también me han contado sus secretos y ¡sorpresa! Más de lo mismo. Cuidado con os monitores de pilates y similares porque deben tener mucho peligro. Incluso una no se cansó de decirme lo aburrido que era desde hacía tiempo el sexo en su matrimonio. Si me quería decir algo, no me di por enterado. Conclusión; mejor no me caso.


Cada vez que veo a mi vecina, siento una sensación extraña. Si no fuera por culpa del precio de la vivienda, os aseguro que me hubiera cambiado de piso por evitar encontrarme con ella. Aunque no fue en el rellano de la escalera donde me la encontré el día en el que supe su secreto.
En uno de mis viajes de trabajo, me paré junto a un arcén, justo al lado de un cartel que indicaba una fuente. Hacía calor y pensé que un paseo y un poco de agua me espabilarían y valla si me espabiló. Bajé el pequeño barranco sin problemas pero justo cuando veía la fuente a pocos metros, vi a mi vecina de la mano de un hombre pelirrojo. Ese hombre no era su marido. Me quedé de piedra, por un momento no supe que hacer pero al instante, di unos pasos hacia atrás y me oculté tras un árbol. La cuestión estaba clara, el hombre le acariciaba la tripa. La mujer, en avanzado estado de buena esperanza, sonreía. No salía de mi asombro ¿Cómo era posible que a más de 50 kilómetros nos pudiéramos encontrar? No hacía más de una semana que mi vecino me contaba lo contento que estaba con lo del próximo nacimiento de su hijo ¿Por qué tenía que ser precisamente yo el que descubría semejante secreto? Intenté quedarme inmóvil pero por ese extraño efecto del destino que siempre intenta llevarnos la contraria, estornudé compulsivamente con un ruido espantoso. Retrocedí unos pasos, tropecé con una piedra y caí rodando ladera abajo para llegar a aterrizar casi en los pies de la parejita. Me levanté, la saludé con la expresión de un tonto y me volví a paso ligero hasta mi coche. Los secretos pesan mucho. Desde luego ya os digo que no he vuelto a parar para beber agua en carretera. Mi mujer, tan acertada como siempre, cuando subimos con los vecinos en el ascensor, acaricia el pelo del niño y comenta como le gustan los pelirrojos. No se lo conté ni a ella. Mi vecina me mira con odio y a mí siempre me da por estornudar.


Su mujer de toda la vida lo había abandonado. Germán se había convertido en una sombra de sí mismo, así que fui a buscarlo a su casa, la que antes era «de ellos», y revolví ese cubículo fantasma hasta que lo encontré. Estaba sumergido en un sillón azul, con las pantuflas colocadas en el pie contrario. «Salgamos» le propuse, y a la quinta vez lo convencí.
La primera parada fue en un bar de copas. No tenía ganas de hablar así que buscamos el sitio más ruidoso que había en la ciudad. A las cuatro de la mañana, después de seis cubatas, aparecimos como por arte de magia en una discoteca de gente mayorcita. Me separé de él sólo para ir a vomitar (no estaba acostumbrado a beber, eso se notaba por la pose de muñeco descolado que iba adquiriendo con el paso de la noche, o mejor dicho, con el «atropello» de la noche). Nadie volvió a referirse a aquella madrugada en que nos despertamos abrazados en la estación de metro. Y ese terna no es el que me ocupa, así que sabrán comprender.
El caso es que volvimos a hablarnos al tiempo y quedamos para cenar juntos. Llegué al restaurante excusándome porque un tema de trabajo me había retenido más de la cuenta, y lo encontré detrás de un gran tazón de sopa. Ahí fue, nomás llegar, cuando ante mi cara de sorpresa me lo confesó: «a mí me encanta la sopa, colega» -sollozaba como rescatándose de una humillación legendaria- «era ELLA, mi ex, quien la odiaba» El camarero le ofreció un pañuelo, Germán se sonó la nariz con estridencia. El caldo humeaba cómplice.


Mi jefe ascendió a jefe de forma meritoria, es decir que tuvo el mérito de estar en el momento justo y en el lugar oportuno, ya que cuando su antecesor se jubiló él era el único que podía acreditar algún título académico, título que todos nos preguntábamos cómo la había conseguido; D. Gregorio ya también a las puertas de la jubilación y a quien ya casi todo lo que fuera laboral le importaba bastante poco, dándole un golpecito en la espalda al recién nombrado jefe con título le dijo:
– Así que jugamos a la lotería, eh?
sin embargo mi jefe, que como toda prueba de tener luces sólo podía mostrar un título, sonrió a D. Gregorio y le dijo:
No, no D. Gregorio, yo sólo juego en Navidad Pues eso, le respondió el buen hombre
Pero el recién director, que antes de cura fue monaguillo, no únicamente se diferenciaba de nosotros en tener un título, sino que además, mientras estuvo de currante y después también, no daba muestras de notar la diferencia higiénica entre sus compañeros (y compañeras) y él, sirva a modo de ejemplo que en verano difícilmente se podía estar a su lado y cuando llegaba esa época del año, quedaba sorprendido de que nadie le acompañara a tomar café ya que todos le argumentaban que en verano no solían tomar café, esta excusa unánime por parte de todos no le hizo cuestionarse nunca a que se debía, para corroborar lo que comento les diré que un día el Cife (de Cifuentes) le dejó un desodorante encima de la mesa aprovechando que el jefe, entonces aún plebe, fue al lavabo, pues bien, sin darse por aludido, miró el botecito y preguntó en voz alta:
¿Alguien se ha dejado un desodorante en mi mesa?
Bueno, ahora ya tienen alguna referencia sobre el nuevo director, a quien seguiremos llamando el jefe, aunque eso represente una reiteración algo molesta, pero ustedes tampoco me van a dar un premio literario y en cambio yo les cuento un secreto laboral, como seguidamente van a ver, ya que en cuanto jefe yo ya no podía divulgar todo lo que veía.
Ya ubicado en su nuevo despacho y aislado del resto de sus excompañeros, ahora sus subordinados y yo en calidad de persona colaboradora más cercana, a primera hora de la jornada organizábamos el día, pues bien mientras despachábamos era el momento que él aprovechaba para su higiene, esto era:
1 – Hacía un rastreo de la mugre de sus uñas con la ayuda de la uña del índice y el pulgar de la otra mano
2 – Hacía una verificación dental con la lengua, es decir que la hacia circular por la parte externa de los dientes y si notaba algún rastro de cena, o de comida, vayan ustedes a saber, con los mismos dedos índice y pulgar de limpieza de las uñas, se metía los dedos en la boca y se sacaba el obstáculo bucal.
3 – Mientras me decía a quien teníamos que llamar había prospecciones en su nariz con el dedo índice ya comentado anteriormente, fruto de sus excavaciones iban a parar a un arrugado pañuelo que luego de manera desordenada guardaba en su bolsillo.
Ah! Me olvidaba, a todo ello hay que sumar mi propia imaginación, ya que cuando hacia higiene nasal yo siempre pensaba: «ahora es cuando se come la burilla».
Como pueden imaginar salía de su despacho con el estómago revuelto pero ya el colmo fue un día que yo llegué antes al curro, y él ya estaba, la mala casualidad hizo que ese día ambos llegáramos antes, cuando entré me pareció oir un sonido que no pude identificar, como había moqueta y él no esperaba que hubiera nadie, no percibió mi presencia y entonces, entonces…. pude identificar esa especie de ruido sordo, como han cenado lo diré finamente: estaba liberando su intestino de vientos inútiles, ese fue mi final, me mareé, vomité y pasé una mañana que ni les cuento, hasta el punto que todos me decían que me fuera a casa, que no podía estar trabajando así, que eso sería la cena que se me había puesto mal, en fin… todo (y todas) muy solícitos, incluso él salió y para que todos vieran que ni el cargo ni el título se le habían subido a la cabeza se ofreció a llevarme a casa para que no tuviera que conducir mi propio coche, esa sola posibilidad me llevó precipitadamente al lavabo con unas violentas arcadas.
Para mi alivio, enseguida se vio que no era apto para la tarea encomendada y lo trasladaron a otro departamento: Le ofrecieron el cargo a D. Gregorio, que aún no teniendo título era mucho más válido para aquel trabajo, y que a mi me hubiera agradado mucho como jefe, pero rehusó argumentando que quería llegar a tranquilo a su jubilación la cual tenía próxima.
Ya se que no es un gran secreto, pero sí en mi ámbito laboral, ya que aún no he comentado a nadie porqué aquel día tuve que irme a casa.


Mi mejor amiga, la que había sacado las oposiciones a la primera, me confesó años más tarde que tuvo enchufe.
Y luego vi que llevaba un tanga de leopardo en su bolso: el mito destrozado definitivamente.


Mis amistades son bastante sosas y en mi empresa hay secretos que podría hacer temblar a algún politicucho, pero no los diré por aquí (cuando me jubile y con pasta por medio). Pero uno que se puede contar es que pillé a mi jefe acostándose con la de contabilidad en la oficina, y hay que tenerlos cuadrados porque tiene a su mujer de secretaria. Le debe gustar el más difícil todavía.


Su secreto: vio un accidente bastante aparatoso en la carretera y no se paró a ayudar. Le dio miedo. Buscó noticias para ver que había pasado pero no pudo enterarse -era antes de Internet-. Puede que no pasara nada o puede que muriera alguien. El no se lo quita de la cabeza y según afirma, sólo me lo ha contado a mí.


Eran muy jóvenes y muy inconscientes. O no. El caso es que soñaban con la química, los ácidos, los humos y las explosiones. Las droguerías eran su mundo y allí pasaban las tardes de la mitad de los laborables de la semaa. Eran cuatro y se complementaban a las mil maravillas. No existía Internet, pero la información circulaba, fluida, por un submundo de colegas, amiguetes, conocidos o no tan conocidos. El día de los hechos estaban exultantes. Habían conseguido el mayor petardo imaginable a sus tiernos quince años. El caso es que tamaño bicho no podía desperdiciarse, así que dieron el gran paso en su vida de inventores. Y pasaron a los anales de la comarca ¿Alguien ha oído hablar del descarrilamiento del tren de la costa hace cosa de 30 años y que terminó con la movilización de la guardia civil de unos cinco pueblos?

4 comentarios

  • victor diciembre 21, 2009en7:29 pm

    Es bastante bueno este post pero no me ha quedado muy claro que libro es.
    Me ha gustao mucho el del hombre travesti

  • manolito marquez diciembre 22, 2009en2:40 am

    esto me lo tengo q leer detenidamente 🙂

  • Palimp diciembre 23, 2009en6:43 pm

    No es ningún libro; son los ‘deberes’ de la reunión de Bitácoras y Libros.

  • Frida diciembre 26, 2009en9:27 pm

    Estaba deseando leer este post. ¡Ay! que rabia perderme la noche. Bueno, nos vemos en la proóxima sin falta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.