Arthur Schnitzler. La ronda, Anatol, ensayos y aforismos.

marzo 30, 2018

Arthur Schnitzler, La ronda, Anatol, ensayos y aforismos

Siempre es un placer volver a la obra de Arthur Schnitzler. La ronda ya estaba comentada por aquí, escenas de parejas que se encadenan y se cierran en círculo. Anatol, conquistador romántico víctima de su estilo de vida. Se cierra con una selección de artículos pacifistas y aforismos.

Me ha sorprendido la frescura y modernidad de Anatol. Algunas de las escenas podrían formar parte sin problema de una serie de televisión actual. El primer capítulo, en el que gracias a la hipnosis puede obtener la verdad de si una chica le ama o no, y la decisión que toma, es sorprendente.

Los aforismos, sin embargo, no me han llamado excesivamente la atención. Schnitzler es uno de mis escritores preferidos; no he encontrado reseñas de este volumen en concreto por internet, pero les animo a leer cualquier cosa que encuentren. No les defraudará.

Calificación: Muy bueno.

Extractos:


* 32. En la obra de arte, que surgió de la necesidad interior, arde ininterrumpidamente, con brillo solar, la idea, como un corazón que se ha hecho brillante; la improvisación, aunque sea de la especie técnicamente más perfecta, lleva la idea delante de sí como una lamparilla oscilante y la mayoría de las veces ya se ha apagado antes de llegar a la meta.
* 33. Si alguien exclamara «se me ha ocurrido un motivo maravilloso» y después se comprobara que ese supuesto motivo no consistía nada más que en un par de manchas cromáticas sobre fondo claro y oscuro, podríamos dudar de que fuera un auténtico pintor el que había hablado. Y en ese caso él mismo se lo pensaría probablemente (la mayoría de las veces) antes de volverse a colocar ante el caballete y a retomar su obra. Pero, ¡cuántos escritores hay que, intrépidos, han tomado la pluma, tan pronto les ha sobrevenido un vago sentimiento de lo natural o un confuso estado del almal Y te lo tomarán muy a mal si no te muestras gustosamente dispuesto a considerar sus manchas cromáticas como logros artísticos.

I
La prostituta y el soldado
(Al caer la noche. En el puente del Augarten)1.
(El soldado se acerca silbando, camino del cuartel)1.
La prostituta.—Ven aquí, ángel mío.
(El soldado se gira un momento y luego sigue caminando.,
¿No te quiés venir conmigo? El soldado.—¡Ah! ¿soy yo el ángel? La prostituta.—¿Quién, si no? Anda, vente conmigo, qu< vivo aquí al lao. El soldado.—No tengo tiempo. Me voy zumbando al cuai tel. La prostituta.—¡Ya tendrás tiempo para ir al cuartel! Con migo vas a pasarlo mejor. El soldado (acercándose a ella).— ¡Eso, seguro! La prostituta.—¡Chist! ¡Que pué venir un guardia! El soldado.—¡Qué gracia! ¿Un guardia a mí? ¡Yo tambiéi tengo mi arma! La prostituta.—Anda... ven conmigo. El soldado.—No, déjame en paz, que no tengo dinero. La prostituta.—¡No te estoy pidiendo dinero! El soldado (se detiene y se queda junto a una farola).—¿Que no me pides dinero? A ver si vas a ser tú la... La prostituta.—Yo sólo cobro a los civiles. Pero a los tíos como tú no les cobro. El soldado.—No, si va a resultar que eres ésa de la que me ha hablado el Huber. La prostituta.—No conozco a ningún Huber. El soldado.—Tiés que serlo. ¿T'acuerdas? Del café de la Schiffgasse3, os habéis marchado juntos. La prostituta.—De'se cafe m'ido yo con tantos... El soldado.—Bueno, venga, vamos. La prostituta.—¿Qué, ahora con prisas? El soldado.—¡Anda! ¿Pa' qué esperar? A las diez tengo que estar en el cuartel. La prostituta.—¿Cuánto tiempo llevas de servicio? El soldado.—¿Y a ti qué te importa? ¿vives lejos? La prostituta.—Andando..., a unos diez minutos. El soldado.—Demasiao lejos. Dame un beso. La prostituta (besándole).—Si el tío me va, esto es lo que más me gusta. El soldado.—Y a mí... Pero no, no voy contigo. Me paece mu' lejos. La prostituta.—Oye, pues vente mañana por la tarde. El soldado.—Está bien, dame tu dirección. La prostituta.—Pero, ¿vas a venir? El soldado.—¡Como te lo digo! La prostituta.—Bueno. Y si mi casa te paece demasiao lejos, ¿por qué no lo hacemos ahí abajo? (señalando el Danubio/. El soldado.—Pero, ¿qué dices? La prostituta.—Venga, que no se está mal. Además no pasa ni un alma El soldado.—No sé... No me convence del todo. La prostituta.—A mí sí. Ya verás cómo te convences. Anda, vente conmigo. Mañana... ¿quién sabe si no la habremos palmao? 3 Calle vienesa del distrito II. 4 Se trata propiamente del Canal del Danubio. El soldado.—Bueno, venga. Pero rápido, ¿eh? La prostituta.—¡Ojo, que está muy oscuro y como te resbales, te vas al agua! El soldado.—Eso sería lo mejor. La prostituta.—Chst. Espera un poquito, que enseguida llegamos a un banco. El soldado.—Te lo conoces bien, ¿eh? La prostituta.—Ya me gustaría a mí tener un novio como tú. El soldado.—Tendrías demasíaos celos. La prostituta.—Eso lo arreglaba yo enseguía. El soldado.—¡Ja! La prostituta.—No tan alto, que de vez en cuando se deja caer por aquí un guardia. ¡Cualquiera diría que estamos en plena ciudad de Viena! El soldado.—Hala, venga, aquí está bien. La prostituta.—Pero, ¿qué te pasa? Como resbalemos, nos vamos al agua. El soldado (agarrándola).—Venga. Ya. La prostituta.—Oye, ¡quietecito! El soldado.—¡No tengas miedo! La prostituta.—¡Habría sido mejor en el banco! El soldado.—¡Qué más da en un sitio o en otro! Venga, ¡aupa! La prostituta.—Y ahora... ¿por qué tienes tanta prisa? El soldado.—Porque tengo que irme al cuartel. Si no, llego tarde. La prostituta.—A todo esto, ¿cómo te llamas? El soldado.—¿Y a ti qué te importa cómo me llamo? La prostituta.—Yo, Leocadia. El soldado.—¡Jo, qué nombre! No lo había oído nunca. La prostituta.—¡Eh, tú! El soldado.—¿Qué quieres ahora? La prostituta.—Pues que me des unas perrillas pa'l patrón. El soldado.—Pero... ¿tú qué te crees, que soy un primo? ¡Abur, Leocadia! La prostituta.—¡Chuloputas! ¡Gorrón! (Élya ha desaparecido.) .

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