Antonio Muñoz Molina. Todo lo que era sólido.

mayo 13, 2019

Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido
Seix Barral, 2013. 254 páginas.

Nadie vio venir la crisis de la que todavía estamos sufriendo los efectos. Vivíamos en el país de la piruleta, todo iba bien, éramos una potencia mundial, pero teníamos los pies de barro. Y nos metimos la hostia.

Este libro trata de lo que pasó antes de la crisis. Llegué a este libro con prejuicios encontrados. Gente de confianza me aseguraba que era muy bueno, duro retrato de una crítica económica y moral. Otros, también confiables, afirmaban que era basura. Después de leerlo, creo que los dos tienen razón, aunque tiro más bien a la segunda opción.

Lo bueno: es realmente una descripción de lo que pasó en este país antes y después de la crisis. Aznar presumía de que ‘España va bien’ mientras alimentaba en el circuito de la corrupción a una burbuja inmobiliaria que explotó y nos dejó malheridos a todos. En el libro se describen los excesos de nuevos ricos en los que cayeron las instituciones culturales, el crecimiento de redes de clientelismo, el despilfarro sin sentido del dinero de todos y como se apartaron a personas honestas para poner a trepas sin escrúpulos.

Lo malo: que es muy fácil decir esto a toro pasado. Lo interesante hubiera sido avisar cuando se estaba a tiempo. El autor saca su experiencia a pasear y comenta varios casos sangrantes y uno se pregunta ¿Por qué no dijo nada? También es complicado tragarse las críticas cuando quien las ha estado chupando de la teta del instituto Cervantes. Si formabas parte del tinglado ahora no te puedes llevar las manos a la cabeza.

Para acabar se proponen soluciones que son totalmente irrelevantes. Básicamente, que hay que hacer las cosas bien y que no hay que ser malos y robar. No es al primero que se le ocurre. ¿Quieres adelgazar? Come menos. ¿Quieres dejar de fumar? Deja de fumar. ¿Quieres la paz en el mundo? Que nadie se pelee. No basta con decir que los políticos no tienen que ser corruptos, sino poner los medios para que la corrupción no pueda manifestarse. Para evitar la corrupción y el clientelismo hay que proponer cambios legislativos que favorezcan la transparencia e incluso administrativos para evitar el derroche de determinados ayuntamientos. El resto son brindis al sol.

Aquí les parece un libro imprescindible: “Todo lo que era sólido”. Un libro imprescindible y aquí lo ponen a parir:Todo lo que era sólido. Sin llegar a la sosa caústica del segundo enlace estoy más de acuerdo con él. De hecho desde la lectura de este libro le he cogido manía al autor.

Se deja leer.

Pero una administración clientelar no sólo fomenta la incompetencia y facilita la corrupción: también desalienta a los empleados más capaces y vuelve habitual el cinismo. Quien por integridad personal y por vocación hace bien su trabajo comprende que daría lo mismo que lo hiciera mal, e incluso que cumpliendo su deber se gana el rechazo de los que mandan; y si todo el mundo sabe que el mérito puede ser inútil y la mediocridad recompensada, y que en último extremo todo depende del favor político, los alicientes para mejorar la propia tarea serán siempre inferiores a la tentación de la desgana,
cuando no del servilismo. Cuanto más politizada esté una administración menos continuidad habrá en proyectos que deberían ser a largo plazo y quedar por encima de la disputa partidista: todo se vuelve un hacer y deshacer marcado por las oscilaciones electorales; lo aprobado por un gobierno queda en suspenso o es desarbolado cuando llega el gobierno de otro partido; los nuevos cargos aspiran sobre todo a borrar la huella de los anteriores; el dinero y el esfuerzo gastados se vuelven estériles.
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gordo rico y rotundo que iba por la ciudad sentado en el asiento posterior de un Mercedes de su propiedad, conducido por un chófer que era también su criado. Aquel gordo nos parecía a nosotros inmensamente rico, como se decía entonces, menos una persona concreta que un símbolo de trazo grueso, como los millonarios de frac y chistera de las caricaturas. Que en 1979 llegara a ser alcalde José Gámez, nuestro sastre de siempre, con sus trajes rozados y sus hombros caídos, era un signo indudable de que a pesar de todas las incertidumbres algo estaba cambiando de verdad en España. Una de las primeras cosas que hizo al tomar posesión fue quitar el crucifijo de su despacho y anunciar que en cumplimiento de la separación entre la iglesia y el estado no volvería a haber representantes municipales en las procesiones de Semana Santa.
José Gámez, socialista austero, republicano laico que jamás quiso cobrar un sueldo como alcalde y que iba cada mañana al ayuntamiento dando un paseo desde la casa modesta en la que había vivido siempre, cumplió sus cuatro años de mandato y no volvió a presentarse a las elecciones. Se había pasado la vida esperando el regreso de la democracia y manteniendo una solitaria dignidad a través de los años negros de la tiranía, pero cuando la democracia vino y su partido pasó de la ilegalidad al poder en un plazo muy breve José Gámez descubrió que no había sitio para la gente como él. Al nuevo alcalde, también socialista, mucho más joven, le faltó tiempo para restablecer toda la pompa antigua de la participación municipal en las procesiones: y no sólo las de la Semana Santa, sino también la procesión del Corpus Christi, y la de la Virgen Patrona de la ciudad.
Lo que para nosotros era inusitado para nuestros padres y nuestros abuelos había sido inimaginable: lo mismo que para nuestros hijos ha sido casi tediosamente normal y sólo ahora está en peligro. Las pocas cosas fundamentales que de verdad hacen mejor la vida: el derecho a la educación pública y a la sanidad pública; el imperio de la ley; la garantía de seguir disponiendo de una vida decente en la vejez. En la mayor parte del mun-
do sólo los ricos o los muy ricos tienen acceso a tales privilegios que para nosotros han llegado a ser derechos indiscutibles. No hace mucho más de treinta años que nosotros disfrutamos de ellos.
Los que conocimos el mundo anterior tenemos la obligación de contar cómo era: no para que se nos admire o se nos compadezca por las escaseces que sufrimos, sino para que los que han venido después y lo han dado todo por supuesto sepan que no existió siempre, que costó mucho crearlo, que perderlo puede ser infinitamente más fácil que ganarlo. Y que si nos importa de verdad tenemos que comprometernos para defenderlo y mantenerlo.
Dice Camus que la tranquilidad de saber que las tardes perfectas de septiembre seguirán sucediendo cuando nosotros no estemos lo reconcilia a uno con la muerte. Yo querría que mis hijos y las personas que ellos amen no vivan peor de lo que he vivido yo, no tengan menos oportunidades, no respiren un aire más envenenado, no tengan que trabajar como esclavos ni que competir sin compasión, ni que protegerse detrás de puertas blindadas y de altos muros de cemento, ni que vivir angustiados por el miedo a una enfermedad de la que no puedan curarse ni a tratamientos médicos que no puedan pagar.
Me gustaría que pudieran seguir moviéndose por Europa sin ser detenidos en las fronteras ni que sufrir la angustia de los pasaportes y los visados; que no tengan que jurar lealtad a ningún tirano ni que aclamar en medio de la multitud a ningún demagogo, ni que esconder sus pensamientos, ni que decir lo que no piensan.

Un comentario

  • Yniesta mayo 13, 2019en8:21 pm

    Es falso lo que dice Molina. Fue Zapatero el que alimentó la burbuja que Molina (un tio cercano a CORRUPSOE) atribuye a Aznar…Zapatero fue el verdadero desastre para la clase media española…Zapatero negó la crisis para ganar unas elecciones engañando al pueblo al punto que tuvo que ser Obama y la Merkel los que pusieran pies en pared. De ahi los brutales recortes de Zapatero al sueldo de los funcionarios (yo soy funcionario) y la bajada de las pensiones, ademas de recortes brutales en sanidad y educacion…Y si hablamos de corrupcion, ahora nos gobierna el partido más corrupto de la Historia de España: el PSOE, con ministros condenados hasta por terrorismo de Estado

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