Antonio Di Benedetto. El silenciero.

enero 30, 2008

Adriana Hidalgo Editora, S.A., 1999, 2003. 188 páginas.

Antonio Di Benedetto, El Silenciero
Ruido maldito

Después de escuchar la recomendación de Bolaño sobre Di Benedetto corrí raudo a la biblioteca decidido a llevarme cuanto encontrara. Lo primero que leí fue esta novela, escrita en 1964. Ya en el prólogo nos avisan de que nos encontramos ante algo excepcional, y no exageran.

El silenciero es un joven extremadamente sensible al ruido. Está enamorado de una muchacha del barrio y tiene un amigo que parece pertenecer a una sociedad secreta. Al lado de su casa instalan un taller de reparaciones y su vida se convierte en un infierno; el ruido es insoportable. Intenta denunciar el abuso de ruido, con escaso éxito. Ni encontrar el amor, ni las huidas frecuentes, conseguirán llevarle la paz.

El primer impacto, lo más sorprendente de este libro, es su prosa. Dice Juan José Saer, el prologuista, que es inútil buscarle antecedentes o influencias en otros narradores: no los tiene. Las frases son cortas, lacónicas, apenas hay adjetivos ni palabras extrañas. Pero con tan parvo material Di Benedetto contruye un estilo propio increíblemente original, que utiliza para construir un universo kafkiano donde todo es cotidiano pero a la vez irreal.

Las neurosis del protagonista se me hicieron algo pesadas casi en el final: no porque el libro lo sea, sino por su capacidad de arrastrarte a su interior. Recomiendo una lectura pausada -yo lo leí de un tirón en un viaje de autobús-, así podrán disfrutar de su extraordinaria calidad sin sufrir de angustia. Aunque por leer algo como esto bien merece la pena sufrir un poco. Imprescindible.

Escuchando: Dueño de mi silencio. Jarabe de palo.


Extracto:[-]
Él no transa.

Lo instruyo hacia otro orden:

-Usted no precisa abogado, precisa un carpintero.

-¿Tiene una idea?

-Sí.

Entre el tablero inferior de la puerta de Besarión y el piso del pasillo sobra luz. Que haga acoplar madera para formar un cierre tan severo que no tolere filtraciones.

-No preciso carpintero. Sabré hacerlo. Espero que sabré.

Guarda, dice, heredados instrumentos de un oficio y una artesanía. El no se inició, nunca los ha tomado para hacerlos servir. Sin embargo, en la calle suele recoger los listones de madera limpios y pulidos que, por cortos, otros desdeñan, y a él le gustan.

-Me servirán -dice- para contener la impureza.

Está contento.

Se desprende de mí.

Es la mañana y estoy en la oficina. Besarión me hace alcanzar un papelíto: «Cerré con madera. Terminé de taponar con un trapo de piso. Dormí bien. Al abrir, el agua se echó sobre mis piernas y ensució la casa. Durante la noche, sin salida por mi puerta, se había endicado».

¡Gemidor sin gratitud, buscón de paternalismo!… Asediarme con su absurdo problema, justamente aquí y ahora, cuando el jefe ha impuesto la perturbación y el sobresalto (con una radio de transistores que suena sobre su escritorio).

Es otro día, diferenciado del anterior.

Aguardé al jefe con zozobra, por si persistía en ser jefe-más-radio. Y no, al parecer ha reconsiderado su conducta.

Que inmoderó la mía y me hizo juzgar a Besarión sin piedad, con furia /con desdén.

* * *

Anoche ha venido el gran gato gris de mi infancia. Le he contado que me hostiliza el ruido. El ha puesto en mí, lenta e intensamente, su mirada animal y compañera.

Besarión cree saber todo.

Dice que el gato fue intercesor del hombre ante los dioses.

Lo escarbo:

-Usted lo admite.

-No… Son creencias antiguas. Paganismo.

Le tiendo una trampa:

-Soñé con usted. En el sueño, usted era intercesor. No menosprecia el sueño que le miento. Se siente exigido y habla:

-No lo sé. No sé si servirá que yo interceda. Cuando llegue el momento, pediré, y nada para mí. -¿Qué pedirá, a quién? -No me investigue. No está bien hacerlo.

* * *

«Los zapatos ballerina fueron creados para ti.» La frase se me ha formado sola, y no sin complacencia he admitido que resultaría pasable para el uso publicitario.

En las vidrieras del centro, manos de maniquíes, marfileñas y rosadas, manos sin brazos ni cuerpo, sostienen ese calzado de cuero extremadamente flexible.

Los zapatos ballerina, esas zapatillas dóciles y delicadas, fueron creadas para ella, para Leila, que no las usa, ni las precisa tal vez, ya que circula, por la vereda de enfrente, con un paso leve y blando, de muchacha descalza, que elabora armoniosos movimientos de su cuerpo.

Saluda. Saludo.

Se reúne con la amiga, Nina, y hablan de mí. Lo sé: me han mirado las dos al mismo tiempo y tratando de no levantar del todo las pestañas.

Ahora, con vehemencia, toman otro asunto y las manos actúan en la discusión. Seguramente ya no estoy en eso: pueden hablar de mí, pero no tienen que disputar por mí.

Nina entra, al parecer, en busca de recursos. Leila queda afuera y me recuerda con los ojos, tal vez por comprobar si soy testigo. Por ahí, por la ventana, viene el argumento de Nina: es música de baile.

Nina reaparece y Leila le muestra cómo se hace. Nina aboceta los pasos y los giros de su opinión, pero Leila ríe, tapándose mal la boca. Nina se detiene y queda quieta y confundida. No tiene ritmo ni musicalidad. Pierde.

Lo cual la coloca de parte de mis simpatías.

8 comentarios

  • Gonzalo Barr enero 30, 2008en10:34 am

    Una cosa es leer en avión y otra es leer en la carretera. No sé como lo pudistes hacer, Palimp. Yo me mareo. Por otra parte, una nota describe a de Benedetti como autor de literatura experimental. ¿Consideras justa esta calificación de “experimental?”

  • Palimp enero 30, 2008en12:38 pm

    A mí me encanta leer en carretera. Un viaje en autobús suelen ser seis o siete horas de ocio ideal para la lectura.

    No calificaría a Di Benedetto de experimental, aunque todo depende de lo que entiendas por experimental. Original y de calidad, sin duda. Puedes juzgar tú mismo con este extracto o con el cuento que puse en esta entrada: Mundo animal

  • Seikilos enero 30, 2008en2:07 pm

    Zama, su gran obra, es mucho mejor que El Silenciero. ¡No la dejes pasar!

  • Palimp enero 31, 2008en6:49 pm

    No la dejaré. Si cogí ésta es porque era la que tenían en la biblioteca.

  • guillermo b. febrero 1, 2008en8:44 am

    Palimp.
    Esto es una pequeña historia: tengo los cuentos completos de diBnedetto, y te digo que no lo he terminado, pero lo avanzado que llevo me parece fascinante. Uan amigo y yo te leemos, y comentábamos que habías puesto un post del argentino. Hoy fui a una provincia de acá,Costa Rica, a la que no suelo ir, a un recital de poesía. Pasé a una librería a la que llevaba unos 4 años sin visitar. Lo primero que vi -se trata de una librería de usados, de esas buenas- fue «El hacedor de silencio», este que reseñaste, en una bonita edición de Plaza y Janés. Son de esas historias extrañas; me costó menos de 1000 colones (un euro más o menos). La literatura hace milagros.

  • Palimp febrero 1, 2008en7:05 pm

    Milagros bonitos y curiosos. Disfruta de la lectura y ¡que envidia! yo todavía no tengo los cuentos completos de Di Benedetto.

  • Mariano noviembre 18, 2008en5:26 am

    Qué bueno haberlo comprado por un euro! Acá en Argnetina la nueva edición de El silenciero cuesta 40 pesos (8-10 euros) que para mí es bastante… Estoy haciendo una monografía sobre la novela, si les interesa el autor, su obra y los escritores y pensadores filosóficos que influyeron en él, les recomiendo que -además de leer todo su corpus- lean «Ejercicios de pudor, Sujeto y escritura en la narrativa de Antonio Di Benedetto» de Jimena Néspolo, también publicado por Adriana Hidalgo.
    Quería decir que la edición de 1975 es distinta de la de 1964, no leí la primera, ya que se reedita la última, pero tengo entendida que la versión de 1975 es más acabada, con mucho más profundida filosófica.

    saludos!

  • Palimp noviembre 19, 2008en12:23 pm

    Gracias por la recomendación, aunque no sé si podré encontrar el libro de Jimena Néspolo.

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