Antón Castro. El testamento de amor de Patricio Julve.

febrero 13, 2019

Antón Castro, El testamento de amor de Patricio Julve
Xordica, 210 páginas.

Colección de cuentos que recopilan 150 años de historia de Cantavieja, desde los tiempos del general Ramón Cabrera y sus amores hasta el rodaje de ‘Tierra y libertad’ de Ken Loach. Historias de con el amor y el desamor como hilo conductor y las fotografías ocasionales de Patricio Julve.

La prosa, solvente, sin fisuras. Los personajes también son interesantes. Son las historias las que no dan la talla. Lo que no debería ser problema si no fuera porque es la sustancia de los cuentos. Es como cuando algún amigo te cuenta una historia a la que le pone mucha anticipación y luego queda en nada.

Me costó acabarlo. Pero según Vila-Matas Un libro inolvidable sobre el amor y el olvido. Por una vez no estoy de acuerdo con el maestro. Aquí se dan más detalles del libro :El testamento de amor de Patricio Julve

No me ha gustado.

Lo había conocido media hora antes. Desde las habitaciones de atrás, las que dan hacia la solana y la cañada rumorosa, oyó un gran alboroto y un resoplido de caballerías. Se asomó y lo vio allí, sobre un caballo negruzco, con el semblante maltrecho, el rostro lleno de ojeras y de heridas, y un aire sonámbulo y distante de adalid moribundo. Miraba el suelo y se coló por las callejas en sombra, entre los olorosos geranios y los carromatos de los arrieros. De repente, el jinete levantó la cabeza, saludó sin mirar a nadie y la vio agitando una alfombra o contemplando el paso de los soldados. Ni se lo pensó. «Me gustaría verte esta noche en la Casa del Bayle», le dijo. Margarita Urbino quedó turbada y dudó un instante. Casi de inmediato se hundió en una tinaja de agua templada y se sorprendió a sí misma canturreando y feliz. Siempre la había atraído el misterio del combatiente, ese aspecto de hombre fatigado y sombrío, su leyenda de mariscal virulento e insaciable y, además, su padre Desiderio Urbino, uno de los impresores de origen italiano que componía los bandos del general para toda la comarca en los bajos del caserón de Zorita, le había hablado de la Casa del Bayle como si de un palacio se tratase: tenía cuadros de batallas, bodegones de caza y estampas bíblicas por todos los rincones, y los salones se multiplicaban, espaciosos y cómodos, entre escaleras clandestinas y un sencillo oratorio con altar de boj y una imagen del Cristo crucificado.
Poco a poco, el general volvió en sí. Hundido en el fondo de las sábanas, ensopadas en sudor y en un hilillo de baba, levantó la mirada y se quedó atónito. Margarita, que no había perdido la serenidad, parecía un adefesio: tenía la ropa hecha jirones, el cabello húmedo y la carne, compacta y rubia, reaparecía aquí y allá bajo la seda y el lino rasgado. Entonces él le dijo: «Creí que no iba a venir». Y ella, con intención, respondió: «Cualquiera se le resiste. Es usted una fiera, señor. Peor que un perro rabioso». Ramón Cabrera, por primera vez, sonrió confiado y la siguió explorando como si fuese un territorio abrupto o una pradera de la Umbría Negra, llena de bancales y de grutas, llena de saliva o de enemigos imprevisibles al acecho. Con sus dedos rasposos y pétreos repasó su cabello liso, los brazos y los muslos prietos. El militar, que hasta entonces apenas había disfrutado de amores urgentes en los puertos de Beceite o en su castillo fortificado de Morella, desconocía el reposo para contemplar un cuerpo así, tendido e inocente, ese frescor perfumado aún de hembra sedosa y la redondez de los senos. De súbito, le espetó: «Aún no sé cuál es tu nombre».


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