Angela Carter. Caperucitas, Cenicientas y Marisabidillas.

marzo 26, 2012

Angela Carter, Caperucitas, Cenicientas y Marisabidillas
Edhasa, 1992. 356 páginas.
Tit. or. The virago book of fairy tales. Trad. Ángela Pérez.

He empezado a oir hablar bien y mal de Angela Carter, así que decidido a opinar por mi mismo saqué este libro de la biblioteca. Pero mi opinión tendrá que esperar, porque es una recopilación de cuentos tradicionales, no creación propia.

Como el título indica las protagonistas de los cuentos son siempre femeninos, a veces víctimas, a veces verdugos, a veces listas y decididas, otras pasivas. Pero siempre con un punto de vista diferentes y original.

La recopilación me ha gustado mucho, en especial los cuentos de tradición esquimal, llenos de órganos genitales y referencias al sexo sin tapujos. En general cualquier cuento vivo de la tradición tendrá más sexo, crueldad y sangre que las versiones edulcoradas que se han impuesto en la actualidad. Si esto es para bien o para mal el tiempo lo dirá. De momento, como adulto, he disfrutado de estos cuentos de los que les dejo una selección al final.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (208/365)

Cuentos:
El joven de grasa de ballena
(esquimal)
HABÍA una vez una chica cuyo novio se ahogó en el mar. Sus padres no podían hacer nada para consolarla. Y ninguno de los otros jóvenes que la pretendían le interesaba, ella sólo quería al que se había ahogado en el mar. Por último, tomó un trozo de grasa de ballena y le dio la forma de su novio ahogado. Luego talló en ella la cara del novio. El parecido era perfecto.
«¡Ay, ojalá fuera real!», se decía la joven.
Se frotó los genitales con la manteca de ballena, venga y venga a frotarse, y de pronto, la figura de grasa cobró vida. Allí estaba su hermoso novio delante de ella. ¡Qué contenta se puso! Se lo presentó a sus padres, diciendo:
-Como veis, en realidad no se ahogó…
El padre de la chica le dio permiso para casarse. Y se fue con su chico de grasa de ballena a una pequeña cabana de las afueras de la aldea. En aquella cabana a veces hacía muchísimo calor. Y entonces el chico de grasa se sentía cansadísimo. Y le decía:
-Frótame, cariño.
Y la chica le frotaba todo el cuerpo con los genitales. Esto le reanimaba.
Y un día, el chico de grasa fue a cazar focas de piel moteada; el sol pegaba con fuerza. Cuando llevaba ya el kayak a tierra, empezó a sudar. Y según sudaba, se iba encogiendo.
Cuando llegó a la costa, se había derretido la mitad. Salió entonces del kayak y cayó a tierra, convertido en un monton-cito de grasa de ballena.
-¡Qué lástima! -dijeron los padres de la chica-, con lo buen chico que era…
La chica enterró la grasa de ballena bajo un montón de piedras. Y se puso de luto. Se taponó la fosa nasal izquierda. No cosía. No comía huevos de ave marina ni carne de morsa. Visitaba todos los días la tumba de grasa de ballena y hablaba con ella y mientras lo hacía daba tres vueltas a la tumba en la dirección del sol.
Cuando acabó el período de luto, la chica tomó otro trozo de grasa de ballena y empezó a moldearlo otra vez. Y le dio también la forma de su novio ahogado y volvió a frotarse los genitales con la figura cuando la terminó. Y de pronto allá estaba su novio delante de ella diciéndole:
-Frótame otra vez, cariño.

La esposa del labrador rico
(noruego)
HABÍA una vez un labrador rico, que tenía una gran hacienda; la plata le sobraba y tenía además dinero en el banco. Pero sentía que le faltaba algo, pues era viudo. Un día, se prendó de la hija de un vecino que estaba trabajando para él. Y como los padres de la muchacha eran pobres, creyó que no tendría más que sugerir matrimonio y ella aprovecharía encantada la oportunidad. Así que le dijo que había estado pensando en volverse a casar.
-Oh, claro, por pensar, uno puede pensar cualquier cosa —dijo la muchacha, riendo entre dientes.
Y pensó que el viejo asqueroso podría pensar algo más propio de él que casarse.
—Verás —dijo el labrador—, se me había ocurrido que tú podrías ser mi esposa.
—No gracias —dijo la muchacha—. No me atrae mucho la idea.
El labrador no estaba acostumbrado a que le dijeran que no y cuanto menos le quería ella más se empecinaba él en conseguirla.
Como no sacaba nada en limpio, mandó recado a su padre y le dijo que si la convencía de que accediera no tendría que devolverle el dinero que le había prestado y además podría quedarse con el campo que lindaba con su prado.
Pues bien, el padre de la muchacha se dijo que no tardaría mucho en hacerla entrar en razón.
—Todavía es una niña —dijo—. Y no sabe lo que le conviene.
Pero de nada sirvieron sus palabras y halagos. No quería al labrador, ni cubierto de oro hasta las orejas.
El labrador esperaba día tras día. Y al final estaba tan furioso e impaciente que le dijo al padre de la muchacha que si iba a cumplir la promesa, debía hacerlo ya pues no podía seguir esperando.
Al padre no se le ocurrió otra solución que decir al rico labrador que lo dispusiera todo para la boda y que cuando llegaran el cura y los invitados, mandara buscar a la chica sólo como si la llamaran para hacer algún trabajo. Y que cuando llegara, se casaría corriendo con ella sin darle tiempo a reaccionar.
Al labrador rico le pareció bien el plan, así que empezó a destilar, hornear y prepararse para la boda a lo grande. Cuando llegaron los invitados, el labrador llamó a uno de sus mozos y le dijo que fuera corriendo a casa del vecino y le pidiera que enviara lo prometido.
—Pero como no vuelvas inmediatamente —le dijo, amenazándole con el puño-, te…
No le dio tiempo a decir más, pues el mozo salió como un rayo.
-Mi amo quiere que le mandes lo que le prometiste -dijo el mozo cuando llegó a casa del vecino-. Pero tienes que darte prisa porque hoy está apuradísimo.
—Muy bien, corre entonces al prado y llévala, que allí la encontrarás -dijo el vecino.
El mozo salió pitando y cuando llegó al prado, encontró a la hija rastrillando.
—Vengo por lo que tu padre prometió a mi amo —le dijo.
«Ah, vaya, ¿es así como pensáis engañarme?», se dijo la joven.
—¿Eso es lo que buscas? —preguntó al mozo—. Supongo que es nuestra yegüita baya. Tienes que ir por ella. Está atada allí, al otro lado de los arvejos.
El mozo montó en la yegua y volvió a la casa a galope tendido.
—¿La trajiste? —preguntó el labrador rico.
—Abajo a la puerta está —dijo el mozo.
—Súbela a la habitación de mi madre —dijo el labrador.
-¡Cielo santo! ¿Pero cómo? -dijo el mozo.
-Tú haz lo que te mando -dijo el labrador-. Si no puedes solo, que te ayuden —creía que la chica podría causar problemas.
Al ver la cara de su amo, el mozo se dio cuenta de que no valdrían razones. Así que buscó ayuda y bajó corriendo. Tirando unos de la cabeza y empujando otros por detrás, por fin consiguieron hacer subir a la yegua y meterla en la habitación. Allí estaban todas las galas nupciales.
-Bien, ya hice el trabajo, amo -dijo el mozo-, aunque no fue tarea fácil, lo peor que he tenido que hacer en esta hacienda.
—Muy bien, no lo habrás hecho en vano —dijo el labrador-. Ahora di a las mujeres que suban a vestirla.
-Pero, ¡cielo santo! -dijo el mozo.
-Déjate de sandeces -dijo el labrador-. Diles que la vistan y que no olviden el ramo ni la corona.
El mozo bajó corriendo a la cocina.
-¡Escuchadme bien, chicas! -dijo-. Subid inmediatamente y vestid a la yegüita de novia. Supongo que el amo quiere hacer reír a los invitados a la boda.
Así que las mujeres vistieron a la potranca con todas las galas que había en la habitación. El mozo bajó y dijo que ya estaba lista, con ramo, corona y todo lo demás.
-Muy bien, bájala -dijo el labrador-. Yo mismo la recibiré a la puerta.
Se oyó un estruendo espantoso en las escaleras, pues la novia no bajaba precisamente con zapatillas de raso. Pero cuando se abrió la puerta y la novia del labrador rico entró en el salón, hubo muchas risas y guasas.
En cuanto al labrador, tanto le complació su novia que nunca volvió a cortejar.

Un azumbre de sesos
(inglés)
HUBO una vez, por estos lares y no hace tanto tiempo, un tonto que quería comprar un azumbre de sesos, pues siempre andaba metiéndose en líos por su estupidez y todos se burlaban de él. Le dijeron que podría comprar cualquier cosa a la hechicera que vivía en la cima del monte y comerciaba en pócimas, yerbas medicinales, conjuros y todo eso, y que sabía todo lo que te ocurriría a ti o a los tuyos. Así que se lo dijo a su madre y le preguntó si podía ir a ver a la hechicera y comprarle un azumbre de sesos.
—Deberías hacerlo —le dice ella—. Te hace muchísima falta, hijo mío; y si yo me muero, ¿quién cuidaría a un pobre tonto como tú, no más preparado para mirar por ti mismo que un niño nonato?; pero cuida tus modales, hijo mío, y há-blale bien, pues esa gente se molesta por nada.
Conque allá se fue después de cenar, y allí la encontró, sentada junto a la lumbre, revolviendo un gran puchero.
-Muy buenas, señora -dice él-, excelente noche.
-Sí -dice ella, sin dejar de revolver.
-Tal vez llueva -dice él, apoyándose primero en un pie y luego en otro.
—Tal vez —dice ella.
—Y puede que no —dice él, mirando por la ventana.
-Puede -dice ella.
Él se rascó la cabeza y retorció el sombrero.
-Vaya -dice él-, no se me ocurre nada más sobre el tiempo, pero veamos; parece que la cosecha será buena.
-Eso parece -dice ella.
-Y… y… los animales están engordando -dice él.
—Así es —dice ella.
-Y… y… -dice él, y se interrumpe-. Supongo que, cumplidas las cortesías, podemos pasar ya a hablar de negocios. ¿Tienes sesos para vender?
-Depende -dice ella-; si los quieres de rey, o de soldado, o de maestro de escuela, no tengo.
—Oh no —dice él—, yo los de los corrientes, que le sirvan a cualquier tonto, como los de cualquiera de los de por aquí; algo muy corriente.
—Entonces sí —dice la hechicera—, eso podría arreglarlo, siempre que colabores.
-¿Cómo, señora? -pregunta él.
—Pues verás —dice ella, mirando el puchero—: tendrás que traerme el corazón de lo que más quieras y yo te diré dónde conseguir tu azumbre de sesos.
—Pero… —dice él rascándose la cabeza—, ¿cómo lo haré?
-No me corresponde a mí decírtelo -le dice-, ¡averigúalo tú, muchacho, si no quieres ser tonto toda la vida! Pero tendrás que acertar una adivinanza para que yo sepa que lo que me traes es lo apropiado y los sesos que te corresponden. Y ahora tengo otra cosa que atender -le dice-, así que buenas noches.
Y dicho esto, desaparece al fondo con el puchero.
El tonto volvió a casa y le explicó a su madre lo que le había dicho la hechicera.
-Así que supongo que tendré que matar al cerdo -le dice—, pues el tocino es lo que más me gusta.
—Pues hazlo, hijo mío —le dijo la madre—, pues de se-
guro será extraño y bueno para ti poder comprar un azumbre de sesos y poder mirar por ti mismo.
Conque mató el cerdo y a la mañana siguiente fue a la casita de la hechicera; la encontró sentada, leyendo un gran libro.
-Buenas, señora -le dice-. Te traigo el corazón de lo que más me gusta. Lo he dejado envuelto en papel en la mesa.
—¿Sí? —dice ella, mirándole a través de los lentes—, pues a ver, dime, ¿qué es lo que corre y no tiene pies?
Él se rascó la cabeza, y caviló y caviló, pero nada, no lo sabía.
-Márchate, lo que has traído no es lo que me tenías que traer. Hoy no hay sesos para ti —le dice ella, cerrando de golpe el libro y dándole la espalda.
Así que el tonto volvió a contárselo a su madre.
Pero cuando ya estaba llegando a casa, salió corriendo la gente a decirle que su madre estaba agonizando.
Y cuando entró, su madre le miró y sonrió como dando a entender que ya podía morir tranquila, pues él ya había conseguido juicio suficiente para cuidarse. Y luego murió.
Él se sentó, y cuanto más pensaba en ello peor se sentía. Recordó cómo le había cuidado su madre cuando era un mocoso esmirriado y le había ayudado con las lecciones y preparado las comidas y remendado sus trapos y soportado pacientemente su idiotez; y se sintió cada vez más triste y empezó a sollozar y lamentarse.
-Ay madre, madre -dice- ¡quién me cuidará ahora! ¡No deberías haberme dejado solo porque tú eras lo que yo más quería en el mundo!
Y al decir esto, recordó las palabras de la hechicera. -¡Oh!, vamos -dice-, ¿tendré que llevarle el corazón de
mi madre?
—¡No! No puedo hacerlo —dice—. ¡Qué voy a hacer! ¡Qué haré para conseguir ese azumbre de sesos ahora que estoy solo en el mundo!
Y allí se quedó el pobre cavilando, venga a pensar y a pensar y, al día siguiente, pidió prestado un saco, metió dentro a su madre, se lo echó al hombro y fue a ver a la hechicera.
-Buenas, señora. Creo que esta vez le traigo lo apropiado, seguro —le dice, dejando caer de golpe el saco, plaf, en el umbral de la puerta.
-Quizá -dice la hechicera-. A ver, contéstame, ¿qué es una cosa amarilla y brillante pero que no es oro?
El se rascó la cabeza y caviló y caviló, pero nada, que no lo sabía.
—No has traído lo que me tenías que traer, hijo. ¡No sé si serás más tonto de lo que me pensaba! —le dice ella, cerrándole la puerta en las narices.
—¡Cuidado! —dice él, y se sienta junto al camino, lamentándose así—: ¡He perdido las únicas dos cosas que quería, qué otra puedo encontrar para conseguir un azumbre de sesos!
Y siguió así lamentándose y llorando hasta que las lágrimas se le metieron en la boca. Apareció entonces una muchacha que vivía bastante cerca y se le quedó mirando.
—¿Qué te pasa, tonto? —le dice.
—¡Ay!, que maté a mi cerdo y se me ha muerto mi madre y yo sólo soy un tonto -le contesta él, entre sollozos.
-Lástima -dice ella-, ¿y no tienes a nadie que se cuide de ti?
—No —dice él—. Y no puedo conseguir mi azumbre de sesos porque ya no me queda nada que quiera por encima de todo lo demás.
-¡Pero de qué hablas! -dice ella.

Y se sienta a su lado y él le explica toda la historia de la hechicera, el cerdo, su madre, las adivinanzas y lo de que estaba solo en el mundo.
—¡Bueno! —dice ella—, a mí no me importaría cuidarme
de ti.
-¿Podrías hacerlo? -pregunta él.
-¡Pues claro! -dice ella-; la gente dice que los tontos son buenos maridos y supongo que te soportaré si tú quieres.
—¿Sabes cocinar? —pregunta él.
-Pues claro -dice ella.
-¿Y fregar? -dice él.
—Pues claro —dice ella.
-¿Y remendarme la ropa? -dice él.
-Desde luego -dice ella.
—Supongo que lo harás tan bien como cualquiera —dice él—; pero, ¿qué haré con la hechicera?
—Bueno, espera un poco —dice ella—, ya se me ocurrirá algo; no importa que seas tonto, mientras me tengas a mí
para cuidarte.
—Es verdad —dice él; así que fueron y se casaron. Y ella le tenía la casa tan limpia y ordenada y cocinaba tan bien que una noche él le dijo:
-Chica, estoy pensando que te quiero más que a nada en el mundo en realidad.
-Me encanta oírtelo decir -dice ella-. ¿Y qué más?
-¿No crees que tendría que matarte y llevarle tu corazón a la hechicera para que me dé el azumbre de sesos?
—¡Ni hablar! —dice ella, asustada—. Bueno, yo también quiero que tengas tu azumbre de sesos. Pero mira, ¿no le sacaste el corazón a tu madre, a que no?
—No; pero a lo mejor si lo hubiera hecho hubiera conseguido mi azumbre de sesos -dice él.
-De eso nada -dice ella-; mira, tú llévame tal como soy, corazón y todo, y te prometo que te ayudaré a acertar las adivinanzas.
-¿Sabes? -dice él, vacilante-; supongo que son muy difíciles para las mujeres.
-Bueno -dice ella-, veamos. Dime la primera.
-¿Qué es una cosa que corre y no tiene pies? -dice él.
—¡Toma!, pues el agua —dice ella.
—¡Es verdad! —dice él, rascándose la cabeza.
-¿Y qué es una cosa amarilla y brillante pero que no es oro?
—¡Anda!, pues el sol —dice ella.
-¡Es verdad! -dice él-. Vamos, iremos ahora mismo a ver a la hechicera.
Y allá fueron. Y cuando llegaron arriba, la encontraron sentada a la puerta trenzando hierbas.
-Muy buenas, señora -dice él.
-Buenas, tonto -dice ella.
—Creo que al fin he traído lo que tenía que traer —dice él. La hechicera les miró a ambos y se limpió los lentes.
—¿Puedes decirme qué es una cosa que al principio no tiene patas, luego tiene dos y luego tiene cuatro?
Y el tonto se rascó la cabeza, caviloso, pero nada, que no lo sabía.
La chica le susurró al oído:
-El renacuajo.
—Podría ser tal vez el renacuajo, señora —dice él. La hechicera asintió.
—Eso es —le dice—. Has conseguido tu azumbre de sesos.
—¿Dónde está? —pregunta él mirando a su alrededor y palpándose los bolsillos.
-En la cabeza de tu esposa —le dice ella—. El único remedio para un tonto es una buena esposa que le cuide, y eso es lo que tienes tú, así que buenas noches a los dos.
Y dicho esto, les saludó con la cabeza, se levantó y entró
en la casa.
Conque ellos se fueron a casa juntos y él nunca volvió a necesitar comprar un azumbre de sesos, pues su esposa tenía juicio suficiente para ambos.

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