Alberto Bernabé. Platón y el orfismo.

enero 9, 2019

Alberto Bernabé, Platón y el orfismo
Abada, 2011. 396 páginas.

Escuché esta conferencia de la fundación March: El orfismo, entre la religión y la filosofía y me gustó el planteamiento del autor. Así que busqué libros suyos y me he encontrado con éste, que explora las conexiones de Platón con el orfismo.

El Orfismo en la época de Platón no tenía especialmente buena prensa, pues era pasto de charlatanes más parecidos a mendigos iluminados que a una corriente filosófica. Pero eso no quiere decir que no aprovechara para la construcción de su sistema filosófico muchos conceptos provenientes del orfismo.

El libro hace un repaso de todas las veces que aparecen conceptos relacionados y hace especial hincapié en como, en todos los casos, Platón desprecia el orfismo y se desvincula de él. En ocasiones omitiendo la referencia y diciendo el concepto del que se apropia viene de sabios antiguos. En otras despreciando directamente las fuentes.

Una lectura muy interesante. Incluye un apéndice con todos los textos en edición bilingüe.

Platón, como otras fuentes de su época, nos revela que había diversas maneras de seguir las huellas de Orfeo (§ 2,). En primer lugar, había poetas que seguían los moldes poéticos de sus producciones literarias, como las relacionadas con las teletai o los oráculos y parece que también debían de celebrarse recitaciones rapsódicas de poemas órficos, aunque da la impresión de que la transmisión de este tipo de poesía se producía mayoritariamente a través de textos escritos.
Otros podían practicar un modo de vida basado en sus enseñanzas, la llamada «vida órfica», que comportaba tabúes como la abstención de comer carne y el uso de sacrificios no sangrientos, así como el apartamiento de los seres poseedores de alma. Este tipo de personas parece haber sido confundido en Atenas con los pitagóricos.
Por otra parte, había profesionales de la celebración de los ritos, adivinos e iniciadores, a los que solemos llamar «orfeotelestas», aunque al parecer los propios órficos los llamaban «magos*-. Carecían de iglesia y de jerarquía, y su autoridad se basaba en la posesión de textos órficos, escritos para utilizarlos en sus rituales, y dependía de que tuvieran éxito y el público los aceptara. Sus actividades eran diversas. Celebraban unos ritos, llamados teletai, que pretendían liberar de de toda clase de culpas pasadas, conferir tranquilidad de ánimo y asegurar una vida mejor en este mundo y en el Más Allá, donde los celebrantes de los ritos aspiraban a encontrar un destino privilegiado. En las teletai ofrecían sacrificios incruentos, elevaban súplicas a los dioses y recurrían también a ensalmos y prácticas mágicas, para alejar a las Erinis y otros seres infernales que aterraban a los creyentes, para que éstos encontraran expedito el camino al Más Allá. También practicaban la adivinación y la interpretación de los sueños. Podían celebrarlas para ciudades enteras, lo que indica que no eran cultos clandestinos. Los magos-orfeotelestas componían, a lo que parece, un tipo pintoresco, siempre entre libros y acompañados de instrumentos musicales, como el timbal, para facilitar el éxtasis místico; pobres, sucios, desaseados y despreciados, tanto por el establishment, como por los filósofos, aunque podían tener predicamento entre algunas per-
sonas acomodadas. Sus detractores solían llamarlos «pedigüeños» o «adivinos», incluso «hechiceros». Bien es cierto que sus actividades coincidían, rozaban o eran susceptibles de ser confundidas por los observadores externos con las de una amplia serie de personajes milagreros, adivinos, hechiceros y embaucadores de diverso tipo, lo que desprestigiaba a estos profesionales ante gran parte de la sociedad de su época, a diferencia de los celebrantes de las teletai de Eleusis, que gozaron siempre de un reconocido prestigio.
Por último, había una serie de personas que pretendían explicar el sentido más profundo de los textos. Practicaban sobre ellos análisis bien literarios, bien de contenido, desde la perspectiva del historiador de las religiones, como Eudemo, bien religiosos e incluso filosóficos, aplicando métodos de interpretación etimológicos o alegóricos, para darle nuevos sentidos a los mensajes antiguos. El propio Platón recurre ocasionalmente a esos métodos.
Platón ofrece una valoración bastante positiva de unos practicantes de la vida órfica que sitúa en un pasado remoto e idealizado. En ese pasado prestigioso se situarían también los poemas antiguos y sagrados, los Jia^aioi / LeQoi Xóyoi. En cuanto a los seguidores de Orfeo de su tiempo, acepta con cierta tolerancia a los seguidores literarios legítimamente inspirados, así como a los exegetas que saben dar cuenta del mensaje poético que comunican. Acepta a los primeros, en tanto que son inspirados por la divinidad y, por ende, respetables; a los segundos, porque le brindan un método de trabajo que consiste en filtrar los aspectos más positivos de los textos y los ritos órficos y utilizar así el mensaje renovado, bien para argumentar contra «modernos» descreídos como Calicles, bien para asimilar los antiguos contenidos a sus propias doctrinas.
En cambio, concentra todas sus críticas sobre los diversos tipos de iniciadores o practicantes religiosos que parecen tomar el mensaje de Orfeo en su sentido más literal, y así, los describe del modo más negativo, como pedigüeños y embaucadores o como una especie de versión degenerada de los sofistas, tan perniciosos para la sociedad como ellos, ya que portan un mensaje inmoral y que contribuye a la desintegración de la sociedad. Platón es consciente de que la efectividad disuasoria que podía tener una escatología que describe terribles castigos en el Más Allá para que los ciudadanos se comporten adecuadamente por temor a sufrirlos y que él considera primordial en sus propuestas políticas, se pierde si un rito ridículo puede liberar a quien lo celebra de cualquier
clase de culpa. El filósofo mete así en un mismo saco a iniciadores órficos, hechiceros, adivinos y otros embaucadores, cuyo mayor delito para él es que hacen creer que pueden doblegar la voluntad de los dioses a su antojo.

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