Akutagawa Ryunosuke. Vida de un idiota.

febrero 7, 2019

Akutagawa Ryunosuke, Vida de un idiota
Satori, 2011. 192 páginas.
Trad. Yumika Matsumoto y Jordi Tordera.

Antología de cuentos dispersos de Ryunosuke, centrados en aquellos más autobiográficos e incluyendo una nota póstuma que envió a un amigo poco antes de su suicidio. Su madre sufrió una enfermedad mental, lo que lo tuvo en guardia toda la vida, y en el relato Vida de un idiota narra sus dolores de cabeza, el insomnio, las alucinaciones visuales y el hartazgo de la vida. Incluye los siguientes relatos:

Las mandarinas
Extractos de la agenda de Yasukichi
Al borde del mar
Registro de defunciones
Engranajes
Vida de un idiota
Nota enviada a un viejo amigo

Los dos últimos han estudiado en escuelas de psicología y psiquiatría por la visión en primera persona de una mente alterada.

Un escritor con mucho talento, muy moderno en su lenguaje, con una extraordinaria capacidad de observación y una prosa clara y certera. Tanto que uno siente compasión por lo atormentado de su existencia.

Muy recomendable.

—¡Di guau, que digas guau! —volvió a ordenarle el intendente.
Estas palabras parecían ejercer un mágico influjo sobre el corazón del mendigo. El muchacho, casi como un sonámbulo y con los ojos mirando hacia arriba, se acercó uno o dos pasos hacia la ventana. Al instante Yasukichi descubrió la maldad del intendente. ¿Maldad?… Quizás no fuera eso. ¿Hasta qué punto está dispuesto el ser humano a sacrificar su dignidad cuando el hambre le corroe las entrañas? Se trataba de un experimento relacionado con esta pregunta. Yasukichi pensaba que, a estas alturas del mundo, no era necesario ningún experimento para responderla. Esaú había renunciado a su primogenitura a cambio de carne asada y el propio Yasukichi se había hecho profesor a cambio de pan. Bastaba con mirar alrededor. Pero, no era suficiente para aquel improvisado psicólogo. Necesitaba llevar a cabo su experimento y saciar así su espíritu investigador. Se podría aplicar lo que ese día les había enseñado a sus alumnos: De gustibus non est disputandum. Sobre gustos no hay nada escrito. Si se quiere experimentar, que se experimente. Mientras Yasukichi pensaba esto, contemplaba al mendigo que seguía debajo de la ventana.
El intendente se quedó callado durante un rato. Entonces, el mendigo, intranquilo, se puso a mirar a todos lados. Quizá no tuviera ningún problema en imitar a un perro, aunque, sin duda, vacilaba ante las posibles miradas ajenas, pero mientras nadie se fijara en él… El intendente asomó la cabeza por la ventana y esta vez enseñó algo que agitaba con la mano:
—Di guau. Si dices guau, te doy esto.
Durante unos instantes, el rostro ruborizado del muchacho pareció que fuera a arder. Yasukichi sentía a veces un interés romántico por la figura del mendigo como tal, aunque no había experimentado ni una sola vez algo parecido a compasión o lástima por ninguno. Solo a los tontos o a los mentirosos les podrían inspirar tales sentimientos. Sin embargo, ahora, al ver el brillo en los ojos del niño mendigo y su cuello inclinado hacia atrás, se conmovió ligeramente. No obstante, ese «ligeramente» era hablando con franqueza y sin exagerar, solo eso: «ligeramente». Porque era la silueta del mendigo, como trazada por el pincel de Rembrandt, lo que Yasukichi amaba.
—¿No lo dices? ¡Eh! ¡Que digas guau!
El mendigo se esforzó por fruncir el ceño.
—Guau.
La voz era casi imperceptible.
—¡Más fuerte!
—¡Guau, guau!
El mendigo, al final, ladró dos veces. Entonces, por la ventana, cayó una naranja nável. La escena que siguió no es necesario describirla. El mendigo se abalanzó sobre la naranja y el intendente, por supuesto, soltó una risotada.

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