Adelaida García Morales. El sur. Bene.

marzo 24, 2012

Adelaida García Morales, El sur, Bene
Anagrama, 1985. 112 páginas.

Compré el libro por ser de Anagrama, aunque nada sabía de la autora. Lo cual, siendo el libro de hace 27 años, parecía desmentir las frases de la contraportada que la anunciaban como el descubrimiento del año. Pero no, la autora es conocida, mi ignorancia grande, y el ejemplar que compré la decimoséptima edición.

Con todo a mi no me ha impresionado demasiado. Aunque El sur, la historia de una niña que adora a su padre pero cuya situación familiar es desastrosa, se llevó al cine, me esperaba más.

Bien escritas, sentimientos profundos y poderosos, no son malas novelas, pero la publicidad de la contraportada me fastidió la lectura poniéndome unas expectativas muy altas. Probaré con su segundo libro.

Calificación: Bueno.

Un día, un libro (296/365)

Extracto:

A veces deseé escapar muy lejos de vosotros. Ensoñaba diferentes estilos de fugas siempre imposibles. Un día decidí escapar a tus ojos, aunque me quedara en casa. Quizás con mi fingida desaparición deseara descubrir en ti una necesidad desesperada de encontrarme. Así que me escondí debajo de una cama. Me armé de paciencia, dispuesta a no salir de allí en mucho tiempo. Al principio llegué a temer que ni siquiera advirtierais mi ausencia. Al fin empecé a oír el rumor de pasos impacientes que me buscaban, la voz de mamá preguntando por mí y la de Agustina afirmando no haberme visto en toda la tarde. Mi propósito era alcanzar la noche allí abajo, pues sabía que la oscuridad agravaría vuestro susto. Mamá me acusaba: «Esta niña es capaz de cualquier cosa». Y eso, más que preocuparla, parecía irritarla contra mí. Tú estabas en tu estudio pero no saliste a buscarme, aunque yo estaba convencida de que te habrían comunicado mi desaparición. La espera fue muy larga y, sin embargo, yo me sentía bien sabiéndome escondida de todos. Nunca llegué a conocer lo que tú pensaste o sentiste en ^aquellos momentos que, aparentemente, ni siquiera te inmutaron. Era ya de madrugada cuando me encontró mamá, que, pensando siempre mal de mí, esta vez acertó. «¡Cómo has podido hacernos esto!», me gritó casi llorando. «Anda, vete a cenar», me dijo después, casi con desprecio y, sin mediar ninguna otra palabra, se retiró a su habitación. Me sentí derrotada y llena de rabia. Pero cuando me senté a la mesa y te vi frente a mí, mirándome con indiferencia, percibí en tus ojos, un sufrimiento inhumano. Entonces mi dolor se hizo banal y ridículo. Lo mío había sido sólo una mentira.

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