Richard Burton. Las montañas de la luna.

noviembre 27, 2018

Richard Burton, Las montañas de la luna
Valdemar 1995, 1998, 2000, 2003. 188 páginas.
Tit. Or. The great lakes of east Africa. Trad. Pablo González.

En 1860 Richard Burton se fue a buscar las fuentes del Nilo junto con John Hanning. La cosa acabó como el rosario de la aurora, el enfermó y tuvo que ser llevado en hamaca buena parte del viaje, Hanning hizo una exploración por su cuenta y dijo que había encontrado las fuentes del nilo y Burton lo negó, estuvieron enfadados el resto de sus vidas y hoy sabemos que Burton estaba equivocado.

Pero el relato de su aventura demuestra su habilidad como escritor, se lee como si fuera una novela y está lleno de anécdotas interesantes y las dificultades de un viaje a través de territorios salvajes.

Muy recomendable. Otras reseñas: Las Montañas de la Luna. En busca de las fuentes del Nilo (1860) – Sir Richard Burton y LAS MONTAÑAS DE LA LUNA. EN BUSCA DE LAS FUENTES DEL NILO.

En segundo lugar, estamos obligados a proteger las vidas de los subditos británicos que viven en esta costa. En el año 1825 la tripulación del bergantín MaryAnn fue asesinada a traición por los somalíes. La consecuencia de un castigo sumario y ejemplar* fue que en agosto de 1843, cuando el vapor de guerra Memnon embarrancó en Ras Assayr, cerca del cabo de Guarda-fui, los bárbaros no intentaron ningún ataque, y nuestros marineros permanecieron varios meses en sus desérticas y desprotegidas costas reparando el buque. En 1855 los somalíes habían olvidado Elección y reanudaron sus pillajes y asesinatos de extranjeros. Por lo tanto, resulta evidente que no se puede confiar en este pueblo sin someterlo a vigilancia, y también que las naves suelen embarrancar con cierta facilidad en esta parte del Mar Rojo. Hace menos de un año la corbeta de vapor francesa Le Caimán se perdió a escasa distancia de Zaila; los beduinos somalíes reunieron a una hueste de fanáticos que, por fortuna, se dispersó antes de que corriera la sangre merced a los esfuerzos del gobernador y sus soldados. A nosotros corresponde evitar tales contingencias. Si uno de los buques de la Compañía Peninsular y Oriental se detuviera por accidente en estas inhóspitas costas, dada la situación actual, las vidas de los pasajeros, y también la carga, estarían en inminente peligro.


Al abogar por el establecimiento de un puesto armado en Berbera no se hace el menor hincapié en el tema de la esclavitud. Para terminar con este tráfico no es en absoluto necesario poseer un puerto destinado a la exportación. Siempre que un crucero británico reciba órdenes positivas y bonafi.de de buscar naves nativas y vender como recompensa todas aquellas que lleven esclavos a bordo, se asestará a tal comercio un golpe mortal.
En la última feria anual se tomaron ciertas medidas para castigar el ultraje perpetrado por los somalíes en Berbera en 1855. A su regreso a Aden, el autor propuso que fueran expulsados al instante del territorio inglés todos los clanes involucrados en la ofensa.


(*) En el año 1825 el gobierno de Bombay recibió la noticia de que un bergantín de la isla Mauricio había sido capturado, saqueado y hundido cerca de Berbera, y de que los asaltantes somalíes habían dado muerte bárbaramente a parte de la tripulación. El balandro de guerra Elphínstone (al mando del capitán Greer) fue enviado para bloquear la costa. Cuando sus cañones abrieron fuego, los nativos huyeron con sus mujeres e hijos, pudiéndose aún visitar el lugar donde una bala mató a un jinete cerca de la población. Merced a la intervención del hayiSharmarkay se recuperó a los supervivientes, y los somalíes se comprometieron a abstenerse en el futuro de atacar a las naves inglesas y también a restituir mediante pagos anuales una suma equivalente a los bienes sustraídos. Para garantizar el cumplimiento de esta última condición se decidió que un buque de guerra permaneciera en la costa hasta la liquidación total de la deuda. Cuando se producían intentos de evasión, se detenía el tráfico, enviándose a todas las embarcaciones a alta mar y prohibiéndose cualquier intercambio con el litoral. El Coote(ú mando del capitán Pepper), el Palinurus y el Tigris se alternaron en la guardia con el Elphinstone, manteniendo la zona bloqueada hasta 1833. Se recuperaron unas 6.000 libras, y los somalíes quedaron impresionados por nuestra férrea voluntad y también por los medios de que disponíamos para atajar su propensión al pillaje.


El 25 llegamos a la cima del Marenga-Mkhali, y al día siguiente por la mañana me informaron de que un desertor nos había robado una valija que contenía el Almanaque náutico, nuestras notas y la mayor parte de nuestra provisión de papel, plumas y tinta: en una palabra, lo más precioso para nosotros de nuestros equipajes, una pérdida que nos pareció irreparable.
Por la noche, cuando nos preparábamos para dormir, Kidogo se levantó, y a los gritos acalorados de ¡Manéno, manéno!, que equivalen a nuestra exclamación parlamentaria «¡Escuchad, escuchad!», nos arengó en estos términos:
-«jOh, blancos, escuchadme! jY vosotros, hijos de Said; vosotros, hijos de Bamji; vosotros, sombríos descendientes de las tinieblas: prestad atención a mis palabras! El viajero llega al país de Ugogo: ¡guardaos, guardaos! {Ademanes violentos). Vosotros no conocéis a los hombres que lo habitan: están malditos, tres veces malditos. {El orador hirió la tierra con el pie). No habléis a esos paganos del interior, no entréis en sus casas, no trafiquéis con ellos, no les mostréis tela, ni brazaletes, ni grano de vidrio. {La animación era creciente). No comáis ni bebáis con ellos; no miréis a sus mujeres. {Y con tono frenético). ¡Kirangozi, tú que los guías, deten a tus hijos! No permitas que vaguen por las aldeas, que compren sal fuera del campo, que roben provisiones, que se embriaguen con cerveza, ni que se sienten cerca de los pozos…»
Y así continuó durante media hora, alternando la violencia con el aire grave, hasta que los silbidos del auditorio, a quienes la sorpresa había dejado mudos, vinieron a detener el torrente de su elocuencia.


A las nueve de la mañana siguiente pudimos alcanzar la orilla del Zihua. Después de lo que me habían dicho los árabes esperaba encontrar un lago lo bastante profundo como para albergar un navio de línea, pero, tras interrogar a Kidogo sobre este punto, me respondió con una expresión equivalente al proverbio francés: en la mentira, es mejor pasarse. No me sorprendí, pues, al encontrarme con un estanque, del cual me sería imposible fijar su extensión. En septiembre de 1857, la sábana de agua tenía aproximadamente doscientos cincuenta metros de anchura, pero a nuestro regreso, a principios de diciembre de 1858, no se veía, aún en el centro del estanque, más que un terreno endurecido y profundamente agrietado, lleno de polvo en la superficie, que, según los viajeros, llevaba seco mucho tiempo.
Como sucede en toda esta parte de África, el único sitio del estanque en que se puede coger agua es un estrecho pozo cavado en la arcilla y rodeado de una
calzada de tierra, o de un pequeño muro de piedras.


Al llegar a Kifukuro fuimos recibidos, al son de tambores y castañuelas, por los gritos frenéticos de dos caravanas que estaban allí acampadas. Todos los habitantes de las cercanías se apretaban en torno a nosotros para gozar del espectáculo que les proporcionaba nuestra presencia. Este ardor y esta animación, que contrastaba tan vivamente con la apatía de las hordas que antes habíamos visto, me hicieron tener muy buenos augurios desde el principio respecto a los habitantes de aquella comarca, pues la curiosidad es entre los indígenas una prueba de aptitud para el progreso. En Ugogo me hicieron muchas preguntas acerca de los jefes del país de los blancos, región misteriosa situada en el extremo del mundo, donde las perlas se recogen a millares sobre la tierra y donde las mujeres van vestidas con telas de gran riqueza. Sin embargo, la curiosidad tardó muy poco en convertirse en insolencia, y pronto conocí la causa. Dos mestizos árabes que habíamos encontrado en Muhama y que nos precedían algunos días, habían propagado acerca de nosotros las falsas noticias de las que procedían aquellos disparates. Según ellos, no teníamos más que un ojo, pero teníamos en cambio cuatro brazos y estábamos llenos de ciencia, es decir, de magia. Sembrábamos pepitas de melón de las que íbamos provistos, y estas pepitas engendraban viruelas. Con nosotros llegaba la sequía y la esterilidad; por medio de leche hervida, que hacíamos endulzar, extendíamos la mortalidad entre el ganado; nuestros hilos de metal, nuestras telas y nuestros collares producían todas las enfermedades; y éramos, además, los reyes del mar, lo que explicaba la blancura de nuestro cutis y la suavidad de nuestros cabellos lisos, fenómeno incomprensible para aquella raza de cabellos ásperos y rizados. Finalmente se dijo que al año siguiente debíamos volver para tomar posesión del territorio.
Afortunadamente para nosotros, muchos niños vinieron al mundo perfectamente sanos mientras atravesábamos el Ugogo. Si por casualidad un niño o un ternerillo se hubiese echado a perder, no sé cómo hubiéramos podido arreglarnos a la vuelta. Cada uno de estos recién nacidos fue llamado Muzungu, es decir, el hombre blanco: de modo que actualmente debe haber en aquella parte de África una pequeña colonia de blancos completamente negros.


[…]individuos a quienes me dirigía, no pudiendo adivinar el objeto de mis preguntas, se escabullían o guardaban un obstinado silencio, de tal forma que era muy raro que obtuviese un resultado satisfactorio tras media hora, por lo menos, de conversación.
-Escucha, ¡oh, hermano mío! En la lengua de la costa se dice uno, dos, tres, cuatro, cinco.
Y para hacerme comprender mejor, contaba con los dedos.
—¡Uh! ¡uh! —respondía el salvaje—, nosotros decimos dedos.
-No es eso lo que te pregunto: el hombre blanco quiere saber cómo dices uno, después dos…
—¿Un qué? ¿Dos qué? ¿Cabras, carneros o mujeres?
-No; dime solamente uno, dos, tres, en tu propia lengua.
—¡Ih! ¡Ih! ¿Qué quiere hacer el hombre blanco con mi lengua?
Y así continuaban hasta que se agotaba su paciencia y la mía. Entonces se ponían a charlar, y como el caballo de la leyenda irlandesa, una vez lanzados ya no se detenían.
Al mismo tiempo me ocupaba activamente de nuestros preparativos de regreso. Pero cuando estos trabajos estuvieron terminados, la permanencia en Cazé acabó por parecerme muy monótona. Ya organizaba una expedición al Khokoro y a las provincias del Sur, cuando el 25 de agosto por la mañana apareció el capitán Speke de forma inesperada.
El capitán había tenido éxito en su empresa. Había penetrado hasta el Nyanza y había descubierto que tenía una extensión que sobrepasaba con mucho nues-
tras espectativas. Pero mi extrañeza fue grande cuando, después de almorzar, me anunció que había descubierto las fuentes del Nilo. Esto era, sin duda, una intuición: desde que distinguió el Nyanza había tenido la certidumbre de que el río misterioso, que era objeto de tantas conjeturas, surgía de la masa de agua que tenía ante sus ojos.
Los argumentos que añadía en favor de su descubrimiento resultaban más débiles que su convicción, y eran de la misma naturaleza que los de Lucita con Sir Proteo: «Creo que es así, porque lo creo».
Los árabes, por su parte, consideran unidos, por medio de un río o un canal cualquiera, el Kerehué y el Tanganica, por más que el primero esté a quinientos sesenta metros por encima del otro, y que las montañas que separan ambos embalses de agua hayan sido frecuentemente atravesadas por sus caravanas. A esta falsa teoría se debe que los misioneros de Mombas hayan atribuido el nombre del lago de Kerehué a la parte superior del Tanganica.
Entre tanto, se acercaba el momento de nuestra partida de Cazé. Nuestros amigos acababan de decidir en un pleno del consejo que debíamos volver al litoral por el mismo sendero que habíamos seguido al venir, cuando regresó a su casa, el 5 de septiembre de 1858, el hermoso Moisés, o Musa-Mzuri, como le llaman los indígenas. Había permanecido mucho tiempo en el Caragüé, y hacía su entrada en Cazé con una pompa digna de su importancia.

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