Daria Galateria. Trabajos forzados.

noviembre 13, 2018

Daria Galateria, Trabajos forzados
Impedimenta, 2011. 202 páginas.
Tit. Or. Mestieri di escritori. Trad. Félix Romeo.

Ningún escritor nace siendo famoso, así que hasta que el mundo reconoce su talento tienen que ganarse la vida como pueden (algunos incluso con el talento reconocido). La autora hace un repaso por la vida de diferentes escritores y nos cuenta como tuvieron que ganarse las lentejas. Más que recolección de anécdotas se trata de mini ensayos centrados en diferentes figuras. Me resultó un poco decepcionante.

Interesante. Más reseñas: RETALES DE HEROÍSMO COTIDIANO: “TRABAJOS FORZADOS”, DE DARIA GALATERIA, “Trabajos forzados”, de Daria Galateria y Trabajos forzados, de Daria Galateria.

Hrabal, Ottieri

A los dieciséis años, un amigo le convenció: estaba tan capacitado, que tenía que ir a la universidad. Gorki se mudó entonces a Kazan. Las clases le confundían; todos aquellos nombres se le mezclaban en la cabeza: Lavoisier y Dumouriez, ¿quién le había cortado la cabeza al otro? Por encima de todo detestaba la gramática, una forma extraña y osificada, que él creía incapaz de contener la caprichosa lengua rusa {Mis universidades). Estudiaba en el sótano de un palacio en ruinas: «Aquel sótano memorable constituyó una de mis universidades preferidas». Hacía cualquier trabajillo que le saliese en las orillas del Volga, rodeado de descargadores. Transportaba cajas de cien libras, porque los muchachos, por envidia de los mayores, acostumbraban a llevar pesos demasiado grandes para ellos. Gorki no sabía cómo en una de aquellas no se rompió o mutiló de por vida (Entre los hombres). Pero amaba a esas bestias bípedas, «borrachos de trabajo hasta olvidarse» {Mis universidades). Un día, un perista le dijo: «Tú, Peskov, no debes robar. Tú eres un idealista». «¡Idealista! ¿Qué quiere decir ‘idealista’?» «Uno que no tiene caprichos ni envidias, sino solo curiosidad.»
de Spikane, en el estado de Washington. Se mueve también por Idaho y Montana. Tiempo después contaría que una vez que estaba llevando a un prisionero desde Gilt Edge hasta Lewinston, en Montana, el coche sufrió una avería; era de noche, hacía frío y la autopista estaba desierta. Entonces el prisionero, que hasta entonces se había declarado siempre inocente, se decidió a confesar. También contaría alguna que otra historia sobre el esquirol Blackjack Jerome. Blackjack iba a la ciudad por la mañana, recogía en un carro a los borrachos y, en parejas, los llevaba a las fábricas en huelga junto a los piquetes, donde los abandonaba a su destino durante toda una jornada de trabajo. Por la tarde, sin embargo, volvía a recogerlos. Hammett contaba que en una ocasión, para obtener una información acerca de una congregación de Oregón, la Women’s Christian Temperance Union, tuvo que asistir a una conferencia sobre las perniciosas consecuencias sexuales producidas por el humo. Desempeñó también tareas más complicadas, como detenciones. Pero la enfermedad volvió, y Hammett estuvo ingresado en el hospital durante seis meses y medio; lo llamaban Slim, porque pesaba apenas sesenta kilos.
El sanatorio Cushman estaba dirigido por un médico mayor, George Story, que, para tener ocupados a sus pacientes — todos veteranos de guerra—, hacía que se dedicaran a la elaboración de cestos, bordados y fabricación de cintas. No obstante, Hammett siempre sostuvo que las verdaderas ocupaciones de los enfermos eran el póquer y el ligoteo con las enfermeras (él mismo se casaría con una). Había un interno, Snohomish Whitey, que, cuando se sentía mejor, salía con una porra* para cometer robos en los alrededores del hospital, y después volvía y se metía en la cama como si nada. A Hammett le subieron
la pensión a ochenta dólares, pero tampoco bastaba. Tras el sanatorio, la redujeron de nuevo a la mitad. Hammett volvió a trabajar en la Pinkerton en San Francisco. La metrópolis, con las bandas de Chinatown y el puerto, ofrecía a un detective tareas turbulentas. Una vez que Hammett estaba vigilando a un hombre, fue empujado a un callejón donde apareció un cómplice, que golpeó a Hammett en la cabeza con un ladrillo. Cuenta su mujer que Hammett no quiso ir al hospital, y se quedó en casa, sentado e inmóvil como una piedra. En otra ocasión, cuando se infiltró en una celda de la cárcel de San Francisco para averiguar información acerca de un detenido, volvió lleno de piojos.
Hammett sostiene que tomó parte en casos más prestigiosos. Un estupro, por ejemplo, del cual fue inculpado el famoso actor cómico, Fatty Arbuckle. La Pinkerton se dedicó a desmontar la acusación y a demostrar que le estaban extorsionando. Hammett afirmaba que aquella fue la investigación más divertida en la que había trabajado en su vida. Después, siempre en el invierno de 1921-1922, investigó el robo a la Shapiro Jewel Company de Saint Paul, en Minnesota. Descubrieron al culpable, pero no dónde había metido lo robado, así que retrasaron el arresto para descubrir el botín. Una noche Hammett se subió al techo de una veranda para oír las conversaciones de los ladrones y de sus cómplices, pero el tejado cedió, y Hammett cayó en medio de los malhechores, que le patearon; él se dislocó un tobillo. Todo esto lo contaría en una tira de cómic que Hammett crearía doce años más tarde, titulada Secret Agent X-p. Reconocieron al ladrón, y lo siguieron hasta una caja de seguridad donde se hallaba el botín, de modo que lo atraparon con las manos en la masa. El caso del robo de las monedas de oro de Sonoma, un cru-
en la inteligencia. Pero se recela de quienes han estudiado; Ottieri vigila a uno que ha aceptado, porque teme que lo haga mal; para haber hecho el segundo liceo, no va demasiado mal, tras una semana, logra doscientas veinticinco piezas diarias; le faltan un centenar para cubrir el cupo de las ocho horas. Las preguntas en la entrevista son sencillas: ¿desde hace cuánto tiempo no trabaja? ¿Sus hijos? ¿Su mujer? ¿Su madre? ¿Los periódicos? ¿Ha viajado? Nunca se pregunta qué trabajo preferirían hacer; todos se declaran preparados para todo; «también para limpiar los váteres», «como si la fábrica fuera una enorme letrina».
«Estoy en el paro desde hace cinco años, doctor; cinco años sin trabajar.» El llanto de los hombres, descubre Ottieri, le resulta insoportable. El paro y la selección científica se llevan mal; el paro vuelve inmoral a la psicotécnica. Precede a cualquier problema industrial. ¿Cómo viven? Me las apaño, dicen todos. Me las apaño — Me las apaño; todos se declaran dispuestos a limpiar los váteres. Con el tiempo, viene el «endurecimiento»; Ottieri y la señorita S. se convierten en «empleados de orden, sádicos»; aprenden a asumir el peso del Juicio Universal que representan para los parados de la región; «la fila de ojos nunca se olvida».
Por dos veces Ottieri tiene que desempeñar otro trabajo. Fuera de la fábrica, esperan los desesperados. Uno se pega a la ventanilla, y se abofetea. «¿Qué tiene mi cara?», y Papaleo Luigi, llamado «Papa», se abofetea una vez más; «¿qué tiene para que le resulte tan antipático a Vuestra Señoría Ilustrí-sima?». Un trabajador sigue a la mujer de Ottieri, mientras vuelve a casa tras bañarse en el mar. Se llama Dattilo, tiene que casarse, la novia duerme en una habitación junto a la suya con la madre y futura suegra; y no pueden tocarse,
y él no encuentra trabajo. Ottieri recibe amenazas; uno de los postulantes de recepción (así llaman a los desesperados que están en las puertas) se tira bajo el coche del director. Encargan a Ottieri que a su vez se encargue de ellos, de los desesperados que esperan fuera de la fábrica. ¡Accettura, Vin-cenzo! grita; es el primero, en orden alfabético, para desbaratar toda esa inútil espera. Uno, Donnarumma, que intenta ser examinado sin haber cursado la solicitud, debió hacerle perder la paciencia, porque Ottieri escribe que golpea con el puño sobre la mesa. «Usted no golpeará con el puño sobre la mesa nunca más», amenaza Donnarumma; y empieza entre los dos una especie de guerra de nervios. Cuando se encuentra una bomba en la entrada, Ottieri está convencido de que ha sido Donnaruma quien la ha colocado. El policía, al final de la novela, lo tranquiliza: «No ha sido Donnarumma», las huellas no corresponden con los zapatos destrozados de Donnarumma. «Pero lo encontraremos. Aquí se necesita mucho tiempo para todo. Tenga paciencia.»
En otra ocasión Ottieri es consultado como psicoanalista. Un trabajador ha bajado su rendimiento; tiene que ir a un especialista, y no le llega el dinero. ¿Sería posible que Ottieri le ayudase? «No soy psicoanalista; pero conozco los problemas de la gente», dice, púdicamente, Ottieri. «Desde hace un mes no me empalmo», explica el trabajador, Attanasio. Con una casada con la que solía verse, y que no le importaba nada, era potentísimo. Pero ahora que está enamorado, tiene problemas. Ottiero Ottieri le dice que el problema es ese precisamente, que está enamorado. Lo vuelve a ver al cabo de un tiempo, siempre pesaroso, en la cadena de montaje; ¿estará bien?, se pregunta Ottieri, pero no se atreve a interrogarle.

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