Willy Uribe. Sé que mi padre decía.

octubre 19, 2018

Willy Uribe, Sé que mi padre decía
Los libros del lince, 2012. 188 páginas.

La exesposa de Ismael le propone que regrese a Bilbao para participar en el chantaje a un antiguo amigo. Ismael es un poco parguela y la cosa le hubiera venido grande si no hubiera contado con la ayuda de un pistolero durmiente de ETA. Pero las cosas todavía tenían que complicarse más…

La trama es atractiva, no cabe duda. Me tuvo enganchado desde el primer párrafo. Las desventuras del protagonista, que va saliendo de apuros casi por casualidad, te mantienen en vilo. La prosa correctísima, de una calidad superior a este tipo de novelas.

Pero no sé, algo en el desenlace (con buen giro final incluído) no ha acabado de convencerme. Un buen libro, con excelentes momentos y bastante recomendable.

Me empeñé en ahorrar algo de dinero y con el tiempo montar un pequeño negocio para gringos en la costa de Mazatlán. Pero la hucha se me rompió cuando conocí a Irene Pascuales en la ciudad de Chihuahua. Sucedió en un parada de autobús. Paré mi camión para preguntar por la ruta hasta La Giganta, un pequeño pueblo en las montañas al suroeste de Chihuahua, donde tenía que descargar tres toneladas de fertilizante. Había una vieja y una joven, ambas vestidas de blanco. La vieja con dos grandes bolsas de plástico y la chica con los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos eran verdes como el musgo, y su sonrisa, la humedad que da vida a ese musgo.
Un mes después dejé el trabajo de camionero y me mudé a La Giganta, donde vivía Irene. El lugar, a dos horas de carretera de Chihuahua, era una comunidad formada por una treintena de pequeños ranchos muy dispersos y un núcleo, junto a la carretera, que no iba más allá de una pequeña iglesia, media docena de comercios y un pequeño edificio que hacía las veces de ayuntamiento, botica, oficina de correos y cien usos más. Yo tenía treinta y un años y ella veinte. Ya entonces vivía sola. Trabajaba en el mercado de la ciudad. Se levantaba todos los días a las seis de la mañana y regresaba hacia las ocho de la tarde. La casa era rentada y tenía un huerto en la trasera. Mi trabajo consistía en ir desembarcando los pesos de mi bolsillo y en sacar provecho de ese huerto; algunos pepinos, tomates, frijoles o cualquier otro tipo de hortaliza. La tierra era buena. Quitando un par de cosillas, con sólo preocuparse de regarlos a su hora aquellos bichos crecían solos. Los dos limoneros que hacían sombra en el porche, junto al chozo de las herramientas, tampo-
co daban guerra, lo mismo que las gallinas, de las que se encargaba Irene. De ese modo, y durante dos años, tuve tiempo de sobra para conocer a Matías, el hombre que mejor marihuana vendía en toda la zona, y gastarme, comprándosela, lo que había ahorrado en cuatro años de carreteras mexicanas. Cuando ya no me quedaba un peso y le dije, fumando juntos en el porche, que no podría comprarle más, el hombre me regaló su guitarra.
Pasó poco tiempo más hasta que Irene se plantó ante mí y me dijo que me casara con ella. Entonces hice lo mismo que con el señor Jáuregui, cogí su billete y me subí a un avión. Ya no tenía miedo, ni vacío, tan sólo curiosidad. Volví a España con Irene, nos casamos en un juzgado de Madrid y alquilamos un apartamento en un barrio de Getafe. Mientras ella trabajaba cuidando niños por las tardes, yo comencé a frecuentar un par de bares del pueblo donde un día me encontré con dos compañeros de la Legión. A través de ellos comencé a vender algo de costo al por menor. Con lo que me convertí en alguien respetable en la zona. Así pasé otro año, vendiendo hachís y fumándomelo, bebiendo cerveza y escuchando historias de la Legión. Sabía muchas más que ellos dos juntos, había estado allí dentro seis años, pero prefería mantener mi boca cerrada.

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