César Aira. El mago.

octubre 17, 2018

César Aira, El mago
Mondadori, 2002. 142 páginas.

El protagonista de la historia es mago, pero un mago de verdad, al que le basta desear algo para que se haga realidad. Su profesión es, también, la de mago. Pero su falta de imaginación y su poco alcance hace que sea tan sólo un mago del montón, que se limita a copiar trucos de sus compañeros que él realiza sin esfuerzo. Hasta que decide asistir a una gran convención en Panamá y dejar impresionado a todo el mundo.

Aira sigue escribiendo como los ángeles y sigue en su línea de presentar historias que van rompiendo las expectativas del lector. En este caso el ambiente ligeramente onírico me ha recordado a las novelas de O’Brien, y si bien no está a la altura de las que considero sus grandes obras la he leído con mejor cara que otros de sus experimentos.

Aira va camino de ser no ya un escritor, sino un universo propio de novelas de tramas difusas, sorprendentes pero por desgracia no siempre redondas.

Recomendable.

Subió con repetidos suspiros de alivio, a los que se superponía la mortificación por lo mal que se había comportado y la mala impresión que debía de haber causado. Se desvistió y se metió en la cama, después de lavarse los dientes. Pero el vino, que lo había adormecido como un imbécil en la mesa, en la cama le hacía funcionar el cerebro como una usina eléctrica, y tantas vueltas dio entre las sábanas, tan inútil parecía todo esfuerzo por descansar, que a pesar de la fatiga abrumadora, del atontamiento, se levantó y se vistió para salir. Después de todo, si había llegado tan lejos, le convenía completar el proceso, agotarse del todo, quemar bajo el sol el alcohol que lo estaba poniendo tan nervioso y asegurarse una noche de buen sueño. Y había otro motivo, que empezaba a preocuparlo: debía idear su número de magia para el día siguiente. No necesitaba prepararlo, como sus colegas; con la idea bastaba, porque podía hacerla realidad al instante. Pero tenía que ocurrírsele, y no iba a encontrar la inspiración en un cuarto de hotel vacío y oscuro. Había decidido improvisar, y se atenía a esa decisión, pero hasta la improvisación tenía su histo-
ria. Un momento antes de la acción, era preciso saber qué forma tomaría esa acción en la realidad, y quizás ese momento ya había llegado. Si uno espera demasiado, la ocasión de pensar pasa y no se la recupera más, y como la forma siempre es cuestión de pensamiento, la acción puede resultar amorfa e ininteligible.
Pero una vez en la calle, en las mismas calles ardientes y atestadas donde había circulado como un sonámbulo por la mañana, lo abrumó un desaliento tan repetido como la situación que lo provocaba. Otra vez vagando sin rumbo y sin objeto, otra vez cansado, otra vez tratando de concentrarse, sin lograrlo, en acontecimientos de un futuro inmediato que se desvanecían al llegar y cuya espera lo agotaba… Se sentía como esos personajes de ficción de los que el autor despacha todo el pasado en la primera página, o la primera frase: «en su vida nunca había pasado nada», de modo de dejar despejado el camino a los hechos (en general calamidades) que empiezan a pasarles, y que justifican la existencia de ese relato. Salvo que para él no había relato, porque no había justificación.

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