Valeria Correa Fiz. La condición animal.

octubre 12, 2018

Valeria Correa Fiz, La condición animal
Páginas de espuma, 2016, 2017. 164 páginas.

Incluye los siguientes cuentos:

Tierra
Una casa en las afueras
La vida interior de los probadores
Las invasiones

Aire
Lo que queda en el aire
El mensajero
Aún a la intemperie

Fuego
Regreso a Villard
Perros
Nostalgia de la morgue

Agua
Deriva
Leviatán
Criaturas

Se dice que es el primer libro de la autora y uno siente envidia ante esta primera calidad de unos cuentos que oscilan entre lo poético y lo tenebroso, desde ese primer cuento donde la disolución de un matrimonio se mezcla con unos adolescentes que quieren practicar un rito satánico y no se sabe dónde se esconde la maldad.

Mis preferidos son ese primero y el magnífico Nostalgia de la morgue, un cuento precioso sobre los recuerdos de una amistad en un hospital entre un artista, bailarina y vidente y un pobre muchacho sin manos con una enfermedad grave.

Pero todos están muy bien escritos y dejan un excelente sabor de boca. Una reseña mejor aquí: La condición animal.

Muy recomendable.

Las pelucas, en cambio, las compraba en calle Santa Fe en Buenos Aires. La empleada de Postizos Cavazzini me decía: «Su mamá se debe ver espléndida con esta melena carré platinada». O: «Qué suerte tener un hijo con buen gusto; a mí no se me hubiera ocurrido combinar ese chignon bronce con un vestido verde. ¿Es plisado el vestido de su madre?». Nunca había mencionado que las pelucas fuesen para ella, pero la empleada eligió darme ese trato para sobreponerse a la incomodidad que le suponía atenderme. Yo le seguía la corriente. A veces, sonreía; otras, levantaba los hombros fingiendo desconocimiento. Ahogaba las respuestas (y las ganas esporádicas de llorar) y apretaba las cajas con los pelos falsos en el interior que conseguirían convertirme en otra. Yo sé que la cajera se reía por lo bajo mientras acomodaba los billetes, como diciendo «y este coso cree que con eso va a hacerse mujer», pero de verdad, lo único que contaba para mí era el Carnaval. Cerraba la puerta de Postizos Cavazzini y me alejaba con las cajas. A dos pasos del negocio ya conseguía verme a mí misma espléndida. Llegaría agotada, llena de polvo y feliz luego de doce horas de autobús por las rutas de mala muerte que unían Buenos Aires con Entre Ríos.
Cuánto dinero gastaba en los Carnavales y cuánto hablé esa tarde. Le conté a Esteban cómo me iba descubriendo a medida que los días avanzaban, sin que nada me importara y a la vista de todos en lo alto de la carroza. Yo era una diosa en un altar con ruedas. Estrella, Estrella, suspiraban. Me tiraban flores, besos, papel picado, espuma: todos me
adoraban. Los días eran calurosos, y las noches húmedas con esc olor a relente del río que te calienta la piel; y yo sentía -qué absurdo- que ni las cintilaciones azuladas de las estrellas podían competir con mis brillos. Yo era la noche, la noche brotaba de mí, de mi vientre desnudo, de mi furor depilado. Cinco años seguidos fui coronada como Reina Alternativa de los Carnavales en una ceremonia que se hacía detrás de los galpones del ferrocarril, entre botellas rotas y perros callejeros. Siempre tuve más ritmo, y mejores piernas y culo que cualquiera de las reinas oficiales. Y los hombres amaban mis excesos, aunque de día lo negaran y volvieran a despreciarme. El sol devolvía a mis oídos el murmullo incontenible a mi paso, el dedo que me señalaba sin disimulo y la burla, el improperio, mira ese puto.
Hablé sin parar esa tarde hasta la hora de la cena y podríamos haber conversado dos días más, pero llegó el pollo al horno y el puré de zanahorias y detrás de la bandeja de la comida, el padre de Esteban con paso marcial. Esteban se incorporó un poco con mi ayuda y desafiando la incomodidad evidente de su padre. Yo regresé a mi cama despacio, con las piernas atontadas y feliz.
Cenamos en silencio mientras el padre le susurraba sus planes para llevarlo a Estados Unidos. A Houston, un centro médico que se especializaba en enfermedades extrañas que darían cura a, pero Esteban no quería escucharlo. Apartó el tenedor con un golpe brusco de muñón. Creía que consultar con otros médicos era reconocer que estaba muy enfermo, me lo dijo después cuando su padre se había marchado, era dejarle espacio a la enfermedad para avanzar. Pobrecito mío.

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