Marina Perezagua. Leche.

septiembre 27, 2018

Marina Perezagua, Leche
Los libros del lince, 2013. 182 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Little Boy
El alga
Él
La tempestad
Aniversario
Homo coitus ocularis
MioTauro
Las islas
El piloto
Blanquita
Trasplante
Aurática
Un solo hombre solo
Leche

Escritos con un lenguaje muy cuidado y sugerente, pero que en general me han dejado bastante frío porque no parecía que hubiera mucho que contar. El primero, que es el más largo, me ha resultado algo soso pese a tener como protagonista a un hermafrodita que sufrió los efectos de la bomba atómica. , donde una chica se hace la muerta mientras van pasando sus familiares me resultó inane.

Pero donde se me hizo más cuesta arriba esta falta de fondo fue en La tempestad y ojo que en contra de la costumbre en este blog, lo destripo. Una actriz polaca está declamando un parlamento en una cena, mientras los comensales tratan de adivinar qué personaje está interpretando. Al empezar a leerlo pensé que no podía ser cierto que la trama fuera la famosa anécdota -atribuida a Modjeska- de recitar el alfabeto en polaco. Anécdota que precisamente había comentado el día anterior con unos amigos actores acerca de que cualquier cosa -incluyendo la guía telefónica- recitada con talento, puede llegar a emocionarte. Pues sí, esa era la sustancia -poca- del cuento y, pese a estar muy bien adornado, me dejó con cara de tonto.

Trasplante es, quizás, el cuento que más me ha gustado, para el que no tengo ningún pero y Aurática no está mal. El que da título al libro Leche pese a lo truculento del tema no llegó a conmoverme, quizás porque ya llegué agotado.
Se deja leer y poco más.

Tú me mirabas los dedos, yo negaba con la cabeza: hoy no podré acariciarte, vas a tener que esperar de nuevo, pero esta vez más lejos de las puertas del climax, en la retención indefinida del espasmo que te vengo prometiendo desde hace cien noches.
Te llevarán a quirófano estas enfermeras que se afanan, que entran y salen moviendo máquinas y jeringuillas, ágiles, veloces, preparándote para la operación que se acerca, después de una espera que has logrado sobrevivir apoyada en mí.
Apoyada en mí, pero sin rozarme, como en una muleta horizontal y clandestina que a tus catorce años sólo intuías (o quizá ni eso), bajo la tensión de mis pantalones, esa tensión que te ha mantenido en vilo, en vida. Y alrededor de ti, tu respiración, un vaho, un jadeo, que te ha arropado como el espacio que media entre mi piel y la tela, reducida, por la excitación, al algodón llovido y apretado, pelusa mojada de la flor cuando todavía estaba en su rama.

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