Mario Levrero. La banda del ciempiés.

septiembre 11, 2018

Mario Levrero, La banda del ciempiés

Una banda de malhechores, disfrazados de gusano gigante, están sembrando el pánico en la ciudad. El detective Carmody podría ocuparse de ellos, si sólo hubiera alguien que le contratara. Una joven, de manera imprudente, expresa en público su intención de hacerlo y es secuestrada. Empieza una carrera entre la búsqueda de los malhechores y el detective que adquiere tintes surrealistas.

Es un enorme pastiche de las novelas de detectives de los años 50, como las de Fumanchú, con sus equipos de investigadores, sus malvados en la sombra, sus misterios y sus continuos encadenamientos de aventuras. Es muy original y a ratos divertida, pero se me hizo algo pesada tanta parodia.

Curiosa.

Los coches que atro-pellaban ciegos se detenían, tardíamente, y así se logró que el tránsito se fuera inmovilizando y los ciegos que habían quedado indemnes pudieran, aunque no sin angustia, buscar refugio sorteando a los tropezones y manotones los autos detenidos. Se creó una enorme confusión que atrajo gran afluencia de público y también a varios agentes del orden, quienes, a su vez, atraían a otros agentes haciendo sonar con fuerza sus silbatos. Se organizó de inmediato el llamado de ambulancias que recogieran a los muertos y a los heridos, se detuvo a los que habían quedado indemnes y se les transportó a la cárcel en multitud de coches celulares que también acudieron al llamado de los agentes, todo esto a la mayor velocidad posible pero en realidad con grandes retrasos por causa del embotellamiento del tránsito, no poco complicado con la afluencia de ambulancias y coches celulares.
Aprovechando la confusión, tal vez creada precisamente con ese propósito, a pocas cuadras de distancia una banda, de la que no pudo saberse a ciencia cierta si estaba conectada o no con la Banda del Ciempiés, o si se trataba de esa misma Banda del Ciempiés, tomó por asalto un amplio tramo de esa calle y devastó los numerosos comercios tanto en mercaderías como en dinero, sin vacilar en el uso de las armas de fuego, incluyendo algunas metralletas con las que prácticamente cortaban en dos a los
comerciantes o empleados que se resistían o aun a muchos que no habían intentado la menor resistencia. Esto duró hasta que los malhechores, que formaban un nutrido contingente, percibieron que recomenzaba a pocas cuadras el fluir del tránsito interrumpido por el episodio de los ciegos; un enérgico toque de clarín, dado por un malhechor de guardia, dio la señal, y los malhechores se distribuyeron en distintos automóviles y desaparecieron del lugar llevándose un riquísimo botín y dejando tras de sí un rastro de sangre, muerte y desolación.
La policía, convencida de que los ciegos formaban parte de la banda criminal y habían creado adrede la confusión, trató a éstos sin miramientos, aplicándoles severos castigos y procurando obtener su confesión por cualquier medio, hasta que llegaron noticias de asaltos realizados en varias instituciones para ciegos.
Esas instituciones informaron que hacía algunas horas habían sido asaltadas por una banda de malhechores, quienes se limitaron a llevarse con ellos algunos ciegos en un inmenso camión. Luego, los delincuentes habían atado y amordazado al personal de dichas instituciones, de modo que no pudieran dar con tiempo aviso a las autoridades, o sea antes de cometer sus infames saqueos y tropelías.

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