Ricardo Piglia. La invasión.

julio 23, 2018

Ricardo Piglia, La invasión
Anagrama, 2006. 196 páginas.

Recopilación de diferentes relatos del autor publicados en publicaciones dispersas y agrupados aquí con algún inédito. La lista:

El joyero
Tarde de amor
La pared
Las actas del juicio
Mata-Hari 55
La invasión
Una luz que se iba
Mi amigo
La honda
En el terraplén
Tierna es la noche
Desagravio
En noviembre
El pianista
Un pez en el hielo

Uno de los preferidos del autor es Tierna es la noche, y sí que es posible que sea uno de los mejor escritos. Personalmente prefiero el primero y el último, con mucho más dibujo de personajes y ambiente y La invasión, que da título al libro y que es el que más me ha gustado.

Casi ningún relato tiene una historia con inicio y desenlace, son retazos de vida dibujados con pluma firme y una prosa envidiable. Esto funciona mejor en unos que otros.

Recomendable.

Como si le leyera el pensamiento, la muchacha le hizo un gesto de pregunta y después se levantó y fue para el bar, y antes de entrar en el salón se dio vuelta para mirarlo y movió la cara con una expresión de fastidio que le conocía bien.
Emilio la siguió y entró en el local. No la vio. Los baños estaban abajo, junto a los teléfonos. Había una escalera y después un pasillo que se perdía en la oscuridad. Tampoco estaba ahí. Salió del salón y volvió al calor sofocante de la calle. Todo parecía un sueño. Ni ella ni el hombre de pelo blanco estaban en el bar. Se habían ido precipitadamente, tal vez pensaron que él podía crearles problemas. ¿Le habría dicho ella la verdad al hombre de pelo blanco? Ese que está en el costado es Emilio y me viene siguiendo desde Buenos Aires…
La mesa vacía, el dinero apoyado en un platito de metal. Dos cervezas. Ella no tomaba cerveza cuando vivía con él. Y menos a la mañana. En el piso había un boleto de tren. Ferrovia Nazionale. Roma-Torino. ¿Habían venido en tren? ¿Por qué entonces había un solo pasaje?
Sabía lo que estaba pasando pero no lograba calmarse. Creía ver conocidos por todos lados. Al llegar a Italia había visto de pronto a Roberto Rossi, un amigo de La Plata, en una calle de Roma. Era increíble que estuviera en Italia y lo fue a saludar, feliz de verlo. Rossi iba conversando animadamente con un señor mayor. Emilio se adelantó, pero no era él. Gran confusión, explicaciones, rápidas disculpas.
Dos días después, en el tren que lo trajo a Turín, vio a otro amigo que salía del vagón comedor, era Mario. Emilio se levantó sonriendo y Mario pasó por el pasillo como si él fuera invisible. Empezó a creer que teníamos un doble en el otro continente, el mundo era un espejo, y todo estaba duplicado pero fuera de lugar.
Una mujer igual a Inés con el hombre de pelo blanco era demasiada coincidencia. Los dos dobles iguales en el otro lado del mundo. No podía ser, desvariaba. Atacado por un impulso mimético, veía todo repetido, construía réplicas. Hacía días que no hablaba con nadie. Quizás era eso. O quizás tenía razón y pronto iba a encontrar a alguien que era él mismo (pelo crespo, anteojos, cara de sonámbulo) y entonces… ya sabía lo que le pasaba a los que encontraban a su doppelgaenger.
Volvió a sentarse a la mesa. Buscó su cuaderno de tapas negras. Tenía que olvidar y concentrarse en su trabajo.
Enfrente estaba el hotel Roma, en ese lugar hacía justo veinte años se había matado Cesare Pavese. Abrió el mapa del Piamonte y volvió a ubicar Santo Stefano Belbo, el pueblo estaba a unos noventa kilómetros, en la región de las Langhe. Belbo era el nombre del río que atravesaba el pueblo. Pavese había nacido ahí en 1908, se mató a los cuarenta y dos años. Emilio hizo cuentas. «Me quedan quince años…, no, quince no, dieciséis», calculó. «Muchísimo tiempo.» Empezó a tomar notas. Estaba trabajando sobre el Diario de Pavese.

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