Jean-Pierre Martinet. Vidorra.

julio 16, 2018

Jean-Pierre Martinet, Vidorra
Underwood, 2017. 96 páginas.
Tit. Or. La grande vie. Trad. Rubén Martín Giráldez.

Adolphe Marlaud trabaja en una funeraria y su vida se contagia de la grisura de la muerte. Lo único que perturba su apatía vital son las relaciones con la portera de su edificio, que sufre como puede.

Un relato muy bueno pero muy corto: ocupan más prólogos y epílogos, semblanzas de la vida del autor y contextos que el propio texto. Que está bien, pero sabe a poco.

Recomendable.

Otras veces la señora C. estaba menos nostálgica. Se quejaba de tener que atravesar el patio para ir a cagar. Cosa que en los últimos tiempos cada vez se veía obligada a hacer con más frecuencia. Padecía diarrea crónica. Me preguntaba con insistencia si conocía yo algún remedio contra las cagarrinas. No, no conocía ninguno. Lo que llevaba peor era no tener váter en casa a su edad, después de veinte años de buenos y leales servicios en el número 47 de la calle Froidevaux. «¡Y encima, Adolfito, retrete a la turca!» Se quedaba sin resuello de la indignación, agitándose de rabia cada vez que me contaba sus penas. Yo casi ni la escuchaba, estando
como un pasmarote con la mirada clavada en el movimiento ondulante que sacudía su inmenso pecho. Terminaban por darme, con esa marejada, unos mareos de aupa. Luego permanecía absorto en la contemplación de la estampa de Luis Mariano en El cantor de México3. Pero, huyendo de esa sonrisa agobiante, iba a parar a una foto de Violetas imperiales4. Y siempre la misma sonrisa, fija, inquietante, los dientes resplandecientes, ese cielo azul, vacío, esos atuendos rutilantes, ese decorado español en trampantojo que me angustiaba, no sabía muy bien por qué. «Ya te haces cargo, grandullón, un día me voy a resbalar, con lo que peso, y nadie será capaz de izarme. Y además, ¡con la de marranos que se la cascan en los urinarios del patio y que ni se molestan en apuntar al agujero! ¿Y te crees tú que van a tirar de la cadena? Hasta mierda hay en las paredes, te lo juro. Vaya por Dios, aún me resbalo y todo. Ya siento cómo me aspiran. Me arrastran a las profundidades. ¡Jerónimo! Primero me tuerzo el tobillo y luego, hop, ya la hemos liado y no hay nada que hacer, ¡ciento ochenta kilos de señora C. por los suelos!

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