Carlos Pérez Merinero. Días de guardar.

junio 29, 2018

Carlos Pérez Merinero, Días de guardar
Bruguera, 1981. 236 páginas.

El libro es un largo monólogo mental del protagonista que, entre palabras malsonantes, reflexiones sobre la vida, borracheras y excesos de sexo, le da tiempo a realizar algunos atracos y embolsarse unos cuantos millones limpios.

El libro tiene virtudes innegables, desde ese protagonista amoral que sólo busca su beneficio, con un lenguaje barriobajero con abundancia de tacos y la ausencia total de moraleja y reconvención en la trama. Pero también tiene defectos, que son un poco los mismos: el leer una palabrota cada cuatro palabras acaba cansando, y el andar sin rumbo del protagonista no le da mucha entidad al personaje.

Seguro que en su momento tuvo su impacto, pero creo que los años no la han tratado muy bien. Eso sí, yo me he entretenido con la lectura y se puede recomendar.

El arquitecto se va un momento a un bar próximo a llamar por teléfono y no dejo pasar la oportunidad. Me acerco a la tía, la trinco bien trincada y comienzo a darle con la sin hueso en todo el chocho.
Cuando ando en lo mejor del foqui-foqui me despierto. Estoy encima del fiambre con la minga como una farola.
Le echo un vistazo al cono y me parece que lo tiene igual que hace unas horas. Jugueteo con los pelitos y, como la jodienda no tiene enmienda, se la meto y comienzo a moverme cosa mala.
Acabo bañado en sudor y sin correrme. Esto de tirarse a una muerta es la repera. Acabo por mandarla a freír espárragos y me la pelo. ¡A ver, qué remedio !
Me percato de que todavía lleva los zapatos puestos y le quito uno de ellos. Le doy vuelta a la Raquelita y le introduzco el tacón de medio metro por el culo. Toda la vida esperando este momento y después resulta que ni me gusta ni nada. Yo creo que es porque la tía no ha dicho un «ay» de esos bien sentidos. Saco el tacón —lleno de algo parecido a mierda de primera— y devuelvo el zapato a su pie.
La verdad es que no me puedo quejar. Con unas cosas y otras me lo estoy pasando teta. Muchos de ustedes quizá quisieran estar en mi lugar. Lo que son las cosas: yo quisiera estar en el de ustedes. Porque, díganme, ¿qué hago yo ahora con esta difunta?
Me siento en la cama y me pongo a tirar de cabeza, tratando de buscar una solución. Me llegan voces desde la habitación de al lado y me entra un acojone de aquí te espero. Busco la pistola en la chaqueta y, sigilosamente, me asomo. ¡Me cago en mi padre! ¡Soy más tonto que Abundio! Me había dejado la televisión encendida y dos policías están hostiando a un negrazo. Si hay algo que me come los demonios son los telefilmes con polis chuletas. Apago el aparato y me tumbo en el sofá dispuesto a Continuar cavilando.
No tardo en levantarme de un salto. He recordado lo que alguien me contó una vez y creo que tengo la solución.
Lo que me contó hace años un cliente ajumado es lo siguiente: El tipo tenía un perro más desobediente que la puñeta. Además de poco obediente se cagaba y se meaba donde le venía en gana. Hoy en la cunita del bebé, ayer en el bidet, mañana sabe Dios dónde… Un día se le inflaron los cojones, cogió al chucho, le arreó una leche con una maceta —que el cabrón del perro acababa de regar con su pilila— y le dejó en el sitio. Luego lo metió en la lavadora —-han oído bien, en la lavadora— y lo espachurró bien espachurrado. Al final quedó hecho puré. Tiró la mezcla que había quedado en una bolsa de basura y Santas Pascuas. ¡No me digan que la idea no es cojonuda!

Un comentario

  • Ulises Lima junio 30, 2018en8:51 pm

    Merinero es un claro imitador de Jim Thompson, que era muy bueno. Esta novela es como una caricatura cutre de las grandes novelas del norteamericano.

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