Carmen de Burgos. La mujer fría.

junio 25, 2018

Carmen de Burgos, La mujer fría
Torremozas, 2012. 142 páginas.

La historia de Carmen de Burgos, alias Colombine, es fascinante. La primera periodista mujer en España, defensora del divorcio y del voto femenino, corresponsal de guerra y tan admirada por Gómez de la Serna que pese a tener veinte años menos que la autora se convirtió en su amante.

En este volumen se recogen tres cuentos largos: La mujer fría, una misteriosa y bella mujer que aparece en la alta sociedad madrileña con un pasado desconocido y una frialdad en la piel. EL veneno del arte, retrato de las reuniones de artistas, a través de los ojos de un vástago de una gran familia que se entrega a las musas y sus aventuras amorosas. El perseguidor, una mujer viuda que se dedica a viajar pero ve sus pasos seguidos siempre por alguien, apenas una sombra, que llena su alma de zozobra.

Literariamente no están mal, pero en mi humilde opinión no están a la altura de sus contemporáneos, tienen un regusto arcaico que ya no se veía en, por ejemplo, Galdós o Pardo Bazán. En el último me gustó mucho esa presencia ominosa constante en los viajes de la protagonista, pero el desenlace me puso los pelos de punta (las inquietudes venían por el hecho de no estar casada, un buen matrimonio le quitó las angustias).

Se deja leer.

En el fondo a él le divertía aquello. Algunos días empeñó hasta los zapatos de charol por el gusto de enseñar la papeleta, imitando a sus bohemios amigos, y la condesa, que en más de una ocasión tuvo que desempeñarle las alhajas y renovarle el guardarropa, hubo de amonestarle severamente por sus locuras.
Así, desde hacía algún tiempo se veía a Luis muy alejado de su círculo familiar, y sus caprichos, extravagancias y aventuras dejaban de ser la comidilla de todo aquel mundo que se agitaba en torno suyo buscando popularidad o influencia.
Aquella noche era el primer té del invierno, y los salones se veían llenos de una compleja multitud. Se habían reunido allí todos los jovencitos innominados, los provincianos, que llegaban con su caudal de ilusiones, dispuestos a luchar para hacer que se reconociera su genio, oculto por la falta de medios de exteriorizarlo; y hablaban con odio y desprecio de los viejos que les cerraban el paso. Parecían inocentes, tímidos, cohibidos en aquella atmósfera aristocrática, pero se animaban cuando se les presentaba la ocasión de lucir sus opiniones de arte, de su arte, que tenía una sonrisa burlona para Galdós, Sorolla y Benlliure, y un desdén para Velázquez y Cervantes. Aprovechaban la ocasión de asomar cada uno el superhombre que creía llevar dentro y que procuraban relevar en las largas melenas y en el descuido de los trajes comprados en el Rastro. No tener qué comer, dar sablazos a los amigos; vivir la vida fácil de los tugurios con mujerzuelas desvergonzadas, ya era una patente de artista. No se concebía que un hombre fuese bien vestido, comiera todos los días, dedicase horas al estudio, cumpliera sus compromisos y estuviera capacitado para ser genio.
Estaban allí también los luchadores de Madrid, los que se daban cierto aire de superioridad entre los otros, porque
ya se veían sus producciones de vez en cuando en los diarios de la corte; editaban un libro en casa de Pueyo, o los amigos elogiaban sus primeras tablitas o el primer trozo de barro modelado. Los pobres andaban buscando los ángulos del salón para ocultar el estado de las americanas raídas y de los zapatos rotos. Entre ellos abundaban los críticos, los censores: uno hablaba mal de Zola y de Blasco Ibáñez, confesando que no había leído sus obras. Críticos espontáneos juzgaban a todos los grandes maestros con el argumento tan español, porque sí; sin conocer principios de Filosofía, de Crítica o de Historia. Hasta algunos, haciendo gala de su ignorancia, afirmaban que no era necesario haber abierto una gramática ni un diccionario para ser buen literato; y otros emitían juicios sobre Miguel Ángel, Donatello o Leonardo de Vinci, sin conocer sus obras más que por la reproducción de tarjetas postales.
En un ángulo del salón, un jovencito taciturno epataba a un círculo de contertulios, con una erudición de enciclopedia barata. Era un genio malediciente y atrabiliario, que se afeitaba la frente para ser más interesante; un suicida futuro con derecho a ocupar un puesto en el cielo del Arte por haber sufrido hambre y miseria sin querer trabajar, encastillado en su rebeldía de elegido para altos fines. La Rebeldía era palabra muy socorrida a pesar de su falta de ideales sociales o humanitarios. Hacían de ella el último baluarte para ocultar su derrota. La pesadilla de todos eran los plagiarios. Los grandes maestros se dedicaban a robarles sus producciones; idea que presentaban les era en seguida arrebatada. Un autor inédito aseguraba que eran suyas todas las obras de Benavente, el cual se inspiró en los manuscritos que le sometiera de manera inexperta.

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