Walter Mosley. De pesca.

junio 21, 2018

Walter Mosley, De pesca
Anagrama, 1999. 170 páginas.
Tit. Or. Gone Fishin’. Trad. Cecilia Ceriani y Txaro Santoro.

El joven Easy Rawlins se ve obligado a acompañar a su amigo Raymond para intentar convencer a su padrastro para que le de dinero para su próxima boda. En un automóvil prestado iniciarán un viaje que les conducirá a lo más profundo de los pantanos, a un mundo donde la realidad se ve de otra manera.

Una galería de personajes inolvidables, una prosa de altura, una trama delirante y espesa como la melaza, un pedazo de libro que me ha hecho disfrutar como un gorrino, que deja un sabor de boca excelente y que te hace pedir más. No la leí en la mejor de las circunstancias y aún así me empapó de ese extraño ambiente donde el vudú, el sexo, los predicadores y los fuertes lazos familiares se entremezclan.

Excepcional.

Un escalofrío recorrió a Ernestine. -Pero lo que tenía más grande era el corazón -continuó diciendo Mama Jo—. Le encantaban los niños y los animales y los árboles y hasta la basura. Solía decir que quería conocer a la mayor cantidad de gente posible y que todo el mundo le conociera.
»Si alguien estaba agobiado de trabajo llamaba a Do-maque y asunto solucionado. Dom no pedía dinero ni nada a cambio. Si le daban algo lo aceptaba encantado y si no podían pagarle, bueno, Dom también sabía lo que era ser pobre.
Los amantes estaban paralizados como cervatillos asustados. Aunque Ernestine temblaba de vez en cuando.
Mama Jo enseñó los dientes amarillentos con una amplia sonrisa y dijo:
—Bueno, ya sabéis, es la misma historia de siempre que se repite una y otra vez. Yo era una chica muy desarrollada para mi edad. Es más, a los trece años yo tenía un cuerpo más desarrollado y más femenino que la mayoría de las mujeres. Mis padres querían seguir creyendo que era todavía una niña, pero cuando vi a Dom las muñecas dejaron de existir para mí. Cuando le vi y le oí reír, porque siempre estaba con la risa en la boca, sentí como que me hinchaba por dentro hasta reventárseme la ropa y quedarme desnuda.
«¿Sabéis? Dom conocía a todas las familias de Pariah y de cuarenta kilómetros a la redonda, y conocía a padres e hijos. Trabajaba en todas las granjas y jardines de la zona pero siempre encontraba alguna excusa para andar cerca de mi casa. Dom era eso que se llama un trotamundos. Dormía en cualquier lado a cambio de trabajo. Trabajaba mucho donde los Fontanot, al lado de casa, o en la granja
tic los Hollis, al final de la calle. Y cada vez que podía pa-laba a saludar a papá, pero ¿sabéis una cosa?, la mirada se le- quedaba clavada en mi cuerpo de mujer enfundado en aquellos vestidos de niña pequeña.
»A esa edad yo tenía las tetas grandes y firmes. Cuando dijo aquello me miró directamente a los ojos—. Por fin un día me escapé y fui hasta la granja de los Hollis donde Dom estaba arrancando el tocón de un árbol. Aparecí con un pedazo de pan y un poco de salchicha y le dije que sabía de un lugar donde podíamos comer. Y cuando llegamos a mi pequeño escondite entre los árboles le di la bolsa de papel y después me quité el vestido. Fue todo lo que se me ocurrió. Me desnudé y le miré. Y entonces aquel hombretón cayó de golpe al suelo como un saco de huesos. Y antes de que yo pudiera darme cuenta de nada se me echó encima como un maremoto. -Frunció el ceño al recordar aquella mezcla de dolor y placer-. Me puso de espaldas, me puso de rodillas, me hizo cabalgarle como a un caballo. Y, cuando por fin entró, ya no quería salir, no, señor. Y aunque a mí me dolía y sangraba y tenía la piel en carne viva, Domaque seguía y seguía y se corrió varias veces. Cuando ya no pude aguantar más y empecé a llorar, él se levantó y dijo: “Dame esa salchicha”, y yo creí que ya había acabado y que iba a ponerse a comer. Pero lo que hizo fue despegar la grasa de la salchicha que se había quedado endurecida dentro de la bolsa y restregársela por el pito. Y entonces empezó a metérmela y a sacármela deslizándola como un pescado resbaladizo. No sé si lo sabéis, pero a las salchichas les ponen especias picantes, y si tienes una herida, es como si te quemaran. Sí, señor…
Clifton tenía la mano sobre su entrepierna y Ernestine se abrazaba el pecho, pero no se tocaban entre sí. Tenían el aire de unos niños agotados, a punto de caer rendidos.

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