Marian Engel. Oso.

junio 13, 2018

Marian Engel, Oso
IMpedimenta, 2015. 172 páginas.
Tit. Or. Bear. Trad. Magdalena Palmer.

Una bibliotecaria debe viajar a una casa construída en una isla para catalogar la biblioteca y el material documental. Allí se encontrará con una naturaleza salvaje y una mascota muy peculiar, un oso. Su relación pasará de un leve temor inicial a un extraño compañerismo.

Recomendado para el reto de lectura de abril, con libros relacionados con el mundo del libro, me ha resultado de una extraña belleza. Seguramente impactó por los hechos que cuenta, por ese deslizamiento de la protagonista a soltarse la melena -y no digo hasta que punto, aunque se desvela la trama en casi todas las reseñas que he leído-. Pero dejando de lado las truculencias, que las hay y muy buenas, me ha gustado más como suelta algunas expresiones de gran belleza, de una manera muy delicada, casi inadvertida, pero deslumbrantes.

El conjunto, excelente. Aquí lo reseñan bien: Oso. Recomendable.

. Acababa de sacu­dirlo con delicadeza: cayó una fina hoja de papel. Se agachaba para recogerla cuando oyó al oso en la escalera. Sus miradas se cruzaron de un lado a otro de la chimenea. —Ve a sentarte —dijo Lou. Y eso hizo el oso.
La hermandad de santa Úrsula estaba formada por 11000o 71000 vírgenes. Véase: nota de Selder sobre el octavo cántico del Polyolbion de Drayton. En 1604 Mme. de Ste. Beuve fundó las Ursulinas de París para socorrer a los pobres y educar a las jóvenes. Úrsula y sus hijas pueblan el cielo.
En el dorso de la hoja había una fórmula para ela­borar tinta.
El oso se sentó junto al fuego. Lou alzó la cabe­za, cerró los ojos y pensó en las otras hojas de papel que habían caído revoloteando de los libros. Pensó en Homer diciendo que allí siempre habían tenido un oso. Pensó en la madre de Byron, que buscó di­nero en vano para mantener la abadía de Newstead y alimentar al oso. Miró al oso. Estaba ahí sentado, só­lido como un sofá, doméstico, una alfombra de oso. Se arrodilló a su lado. Olía mejor que antes de que empezaran con los baños, pero su esencia seguía ahí, un aroma almizclado como la nota dulce y aguda de la flauta de un pastor.

Su pelaje era tan espeso que se le perdía media mano dentro. Le masajeó los encorvados hombros. Sentarse a su lado le daba una extraña paz. Como si el oso, al igual que los libros, conociese generaciones de secre­tos, pero no sintiera la menor necesidad de revelarlos.
Metódicamente, porque la pasión no es compati­ble con la bibliografía, acabó de catalogar el libro en que trabajaba. Marcó la ficha con una pequeña señal personal para indicar que el libro contenía un recorte sobre osos, empezó una nueva ficha y anotó en qué página y en qué libro había encontrado el papel. Y, curiosamente, también la fecha y la hora.
Pasó el resto de la noche escribiendo fichas pare­cidas para las otras hojas de papel, aunque no pudo determinar la fecha y la hora precisas en que las había encontrado. Mientras lo hacía se preguntó por qué lo estaba haciendo, si tal vez pretendía construirse una especie de / Ching personal. Imposible: ella desconfia­ba de los procesos no racionales, ella era bibliógrafa, declaró. Simplemente quería que la documentación fuese rigurosa.
Se acostó al amanecer, pero antes dio de desayunar al oso mientras lo encadenaba en el jardín. En cuanto llegó a la hierba, el oso se agachó y soltó un zurullo inmenso que humeó en el frío matinal. Lou obser­vó su cara mientras defecaba, casi divertida por estar buscando una señal de emoción que no encontró. Ella no tenía nada que aportar.

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