José Donoso. Historia personal del Boom.

junio 11, 2018

José Donoso, HIstoria personal del Boom
Alfaguara, 1999. 224 páginas.

El boom fue una verdadera explosión de talento y de buenas novelas hispanoamericanas, pero en su momento fue muy criticado. Unos decían que era sólo una estrategia comercial, otros que una capillita que se daba autobombo entre ellos. Esto es lo que se deduce de la lectura de esta historia personal.

Cuando todo estaba fresco Donoso defiende al boom de estúpidas acusaciones, y nos proporciona un punto de vista único, por su protagonismo en ese momento y porque ahora, con esos escritores ya canonizados, se hace difícil creer que pasaron penurias y envidias varias.

Se complementa con un epílogo de su mujer repleto de jugosas anécdotas y un epílogo del propio autor poco después del premio Nobel a Gabriel García Márquez, cuando ya estaba claro que el boom había pasado a la historia.

Muy recomendable.

Tengo que repetir que no soy un crítico profesional; ni un estudioso que sabe salpicar su texto con citas en cursiva y con impresionantes asteriscos de llamadas eruditas; ni un teórico, dueño de un sistema monolítico que pretende explicar los fenómenos literarios: todo lo que digo es tentativo, anecdótico, testimonio personal, impresión, aproximación, y por lo tanto rebatible con otros testimonios, otras impresiones y otras anécdotas. Lo que sí soy es un novelista. Y más aún, un lector de novelas. Leer cualquier cosa que no sea novelas o que se refiera o tenga alguna relación con ellas —debo confesar esta curiosa limitación de mi inteligencia— me parece carente de carne, pálido, esquemático, una pérdida de tiempo. Comprendo el pasado, si lo comprendo, iluminado más que nada por las novelas que he leído. Y lo que se puede comprender del presente: cosecho mucho más en el mundo alusivo de la novela que en lo exhaustivo de lo científico o lo informativo. Sin embargo, no leo para aprender. Leo por otra razón: por placer —no para «entretenerme», que es un matiz distinto; prefiero mil veces aburrirme leyendo las novelas magistrales de Juan Benet, porque esto me procura placer, que «entretenerme» leyendo a Agatha Christie, que no me procura ninguno—


Miró primero a los comensales detenidamente. Se hizo un silencio culpable ante la fuerza de aquella mirada. Silencio que aprovechó el dueño para preguntar muy serio pero haciendo gala del particular sentido del humor catalán: «¿Alguno de ustedes sabe escribir…?». Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Franqui y José Donoso se miraron desconcertados, entre inseguros y divertidos. Y el silencio se hizo más pesado aún.
La Gaba salvó la situación. Ella es sabia, no sólo es cálida y encantadora, es la sal de la tierra. Como dice muy bien la gran figura materna del grupo, su agente literario Carmen Baicells: «Se puede decir cualquier cosa de la Gaba, siempre que se parta de la base de que es perfecta».
«Yo, yo sé…», dijo Mercedes. Luego cogió el menú, anunció los platos, apuntó los pedidos y entregó el resultado al dueño del establecimiento, que nos miraba con alivio pero sin curiosidad.


Después del divorcio, Mario y Patricia Llosa Urquidi, hija de Olga Urquidi y de Lucho Llosa, o sea prima hermana de Mario por su padre y sobrina carnal de Julia por su madre, se casaron, vivieron en Inglaterra y España y finalmente fijaron su residencia, ya que es tanto lo que viajan que no se puede decir que viven allí, en Lima.
Julia, «la tía Julia» (todo el mundo la llama así después de la publicación y el éxito del libro), vive en Bolivia, en La Paz, y en uno de mis viajes allí para visitar a mi madre, me contó una curiosa anécdota. El año en que nació Patricia, vivía toda la fa-
milia, una extended family muy numerosa, en Co-chabamba, donde el abuelo, figura patriarcal por excelencia, era cónsul del Perú. El día mismo del nacimiento de Patricia, que tuvo lugar en la casa, Julia, que tenía entonces veinte años, descubrió en el jardín a «Marito», que tenía diez, encaramado en un árbol que quedaba frente a la habitación donde su hermana Olga estaba en trance de dar a luz. El niño contemplaba absorto la escena. Julia, indignada, lo hizo bajar y le pegó un coscacho por atrevido. Mal podía imaginarse «Marito», entre lágrima y lágrima adolorida, que ambas, la niña que estaba llegando al mundo y su tía Julia que lo hacía llorar, serían con el tiempo sus esposas.

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