Andrea Jeftanovic. No aceptes caramelos de extraños.

mayo 24, 2018

Andrea Jeftanovic, No aceptes caramelos de extraños
Editorial Comba, 2015. 172 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Árbol genealógico
Marejadas
Primogénito
Medio cuerpo
La necesidad de ser hijo
La desazón de ser anónimos
En la playa, los niños
Mañana saldremos en los titulares
No aceptes caramelos de extraños
Miopía

Centrados en relaciones familiares, habitualmente entre padres e hijos, siempre en situaciones extremas y emocionalmente perturbardoras. La muerte de un hijo (Marejadas) o la desaparición (No aceptes caramelos de extraños). Los celos entre hermanos, los reproches filiales, las relaciones de pareja.

La autora usa un lenguaje cuidado, cercano a la prosa poética, que es capaz de transportarte a ese paisaje irreal que es el choque emocional. En el primer relato, Árbol genealógico, narración de una extraña relación entre un padre y su hija que acabará en incesto la arquitectura de la narración envuelve la historia como un manto de telarañas. Uno de mis relatos preferidos.

El otro es La necesidad de ser hijo, donde se rebaja el lirismo del resto de relatos y se cuenta la historia cruda de quien por ser hijo de revolucionarios se queda sin padres, viajando siempre en la clandestinidad y al cuidado de personas extrañas.

Una excelente colección de relatos. Muy recomendable.

Llegó la noche en que me abrí a recibir las llamadas de quien te evoca hace tiempo. Nos hundimos en el colchón enredándonos en la tibieza de las sábanas. La conexión con el recuerdo de un apetito extraviado. Por un segundo pensé en las noticias de las nalgas de los niños, pero lo mío era otra cosa. Yo sobre ella descubriendo esos ojos grises, que eran mis ojos grises. Me estaba besando a mí mismo. Me estaba tocando en los huesos marcados, pegando contra mi propia nariz aguileña, calcando mi frente estrecha. A los lejos el sonido de los postigos batiéndose. A medida que la acariciaba, envidiaba en ella su juventud y delicadeza. Las palmas más suaves que las mías, la musculatura tersa, un aroma avíoletas que emanaba de la nuca. Tenía miedo y no tenía; tenía más miedo del que creía tener. Ella me decía «ven, más, más cerca», tropezábamos con los muebles. De pronto miré la masa amorfa de nuestros cuerpos en el espejo de la pared. Me vi con las cuencas de los ojos vacías. Lancé un cenicero para destruir la imagen, pero no nuestro abrazo. Trozos de cristal fragmentados en mil partes. Pedazos irregulares, vidrio molido esparcido entre el
suelo de mimos urgentes. No más testigos. El secreto estaba por escribirse dentro del azogue.
Cuando me acostaba con Teresa ella no era mi hija, era otra persona. Yo no era su padre, era un hombre que deseaba ese cuerpo joven y dócil. Un hombre abocado a la tarea de hacer madurar su físico ambiguo. Un escultor dedicado a cincelar su imperfecta figura, sus miembros parciales, sus extremidades toscas. Me esmeraba en hacer adelgazar su cintura, oscurecer su pubis, estilizar la curva del cuello, tornear sus piernas. Quería sacar toda la mujer que había en la púber en ciernes. No, no era mi hija, era la misión plástica de amoldar sus senos puntiagudos, de dotar de sensualidad sus estrechas caderas, sus movimientos torpes. Dejar atrás todo el espanto de la infancia e inaugurar gestos sofisticados. Ignoro qué pensaba ella, tal vez en acentuar los pliegues de mis ojos, revitalizar mi piel fatigada, reducir mi abdomen abultado.

Un comentario

  • Ana Blasfuemia mayo 25, 2018en1:56 pm

    Se agradece la recomendación porque no me crea necesidad: lo tengo por las estanterías 🙂 (y ahora me confirmas de que ocupa un espacio con dignidad y que la espera merece la pena).

    Un abrazo

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