Reinaldo Arenas. Otra vez el mar.

mayo 22, 2018

Reinaldo Arenas, Otra vez el mar
Tusquets, 2002. 382 páginas.

El libro cuenta la vida de una pareja con un hijo, él es gay en secreto, ella sufre por la falta de amor. Está estructurado en dos partes, la primera un monólogo interior de la mujer narrando seis días de vacaciones en la playa, la segunda un conjunto de versos libres, relatos poéticos, narraciones, contadas desde el punto de vista de él.

Al acabar de leer la primera parte, bellísima, excelentemente escrita, con un poso de tristeza que cuesta quitarse de encima, pensé que ya no se escriben novelas como ésta. Luego pensé que no, que sí se escriben, lo que pasa es que no se publican o si se publican no se publicitan y vamos cayendo en un adocenamiento, en una literatura de clichés, que está matando el arte poco a poco. Porque sin buenos referentes en los que mirarse nadie tendrá ganas de hacer un esfuerzo extra.

La segunda parte me despistó un poco por mi poca amistad con la poesía. Pero hay fragmentos que me han sacudido tan bien como en la primera parte. SI en aquella es la tristeza de alguien que vive sin amor y se resigna a que las cosas sigan así para siempre, en la segunda es alguien que por su orientación sexual y sus ideas está condenado a una vida de silencio y ocultación y para la que no hay otra salida que una resignación forzosa.

Dos vidas de infinita tristeza. Un libro maravilloso.

Dentro, mi madre que reza. Primero El Padre Nuestro; después, El Ave María; luego, El Credo… Cuando ella empieza a rezar, yo la acompaño. La acompaño casi siempre hasta el primer amén. Pero ya cuando llegamos a lo de «santa María madre de Dios» me va entrando sueño, y, como no sé el significado de la palabra «intercede», ahí mismo me quedo dormida. Al despertar estoy tapada completamente con las sábanas que se agitan a causa del aire que entra por la ventana o por las persianas. No sé bien dónde estoy: al principio creo que en La Habana; luego, en el campo. Cuando abro los ojos todo se ve un poco borroso. Sólo ahora que oigo el mar me doy cuenta que estoy en la playa y que Héctor duerme a mi lado. Después me va llegando otro ruido lejano, hasta que descubro que es el niño que llora. Está rojo y con la cara empapada. Lo tomo, lo levanto y lo arrullo. Cállate, le digo, vas a despertar a tu padre. Con él en brazos me paseo por el cuarto, balanceándolo despacio. Pero no se calla. Voy hasta la sala. Trato de hacerle tomar algún alimento, pero lo derrama. Me siento en el portal. Cállate, le digo en voz baja, pero él sigue gritando. Camino de un lado a otro del portal. Mira el mar, le digo. Mira el mar, le digo cantando. Lo levanto a la altura de mi cabeza y le muestro el mar, ahora casi dorado, pues ya es de tarde. ¿Quieres que te pasee por la playa? Él sigue dando gritos… Pero, oye, me digo, mira el pinar, mira el cielo, mira las aguas, y no te mortifiques más. Todos los niños lloran; se pasan la vida llorando por cualquier tontería… Cerca de la costa hay algunas gaviotas, se elevan, se pierden por un costado del cielo. En línea recta, guardando la misma distancia, aparecen otra vez sobre el pinar. La gente abandona la playa. Una pelota se alza y centellea iluminada todavía por el sol. Al descender se oscurece. Éste es el único momento en que se puede respirar; mirar las cosas sin que nos cieguen. Pero el niño sigue llorando. Sus gritos son ahora como una burla, precisamente en este instante. Cállate, le digo, y levanto la voz. Si Héctor despertara ahora mismo se lo daría y saldría corriendo. Despierta, coge a este monstruo chillón… Pero no quiero llamarlo. Y, mientras tanto, me estoy perdiendo el único momento del día que no valdría la pena perder. Siento cómo lo voy perdiendo; cómo se me escapa entre los chillidos… Y en estos momentos el sol cae sobre el mar. El mar, tocado por el sol se cubre con una franja anaranjada… Pero, ¿por qué no se calla? Tienes que estar enfermo, debes tener algo. ¡O lloras sencillamente para molestarme, para fastidiarme!, le digo. Y él grita cada vez más fuerte, tratando de enloquecerme. Estoy segura de que lo hace con toda intención. Madre mía, yo no sé cuidar muchachos. A mí no me gustan los niños, los detesto.


¿Quién va a comenzar el canto cuarto? ¿Un maricón confinado a perpetuidad en una granja agrícola por haber -oh maldición- observado con arrebato la despótica portañuela de un policía disfrazado de joven campesino? ¿Un ex ministro reducido a cuatro muros y una memoria desolada? ¿Una marquesa expropiada? ¿Un recluta que con el filo de una hoja de caña se quedó tuerto y después fue condenado por negligencia? ¿Un ex chulo con pretensiones filosóficas, convertido ahora en Presidente de un CDR? ¿Un matrimonio expatriado que, desde allá, añora y evoca el «oro de los días»?… Oh, pero, ¿quién va a comenzar el canto cuarto? ¿Un obrero asalariado que en los días de descanso debe duplicar la producción gratuitamente? ¿Un suicida frustrado gracias a la baja calidad de los barbitúricos de la época? ¿Una mofeta auroral y lírica condenada al ostracismo provinciano porque habiendo ganado un concurso literario, su libro, ay, no gustó a Rolando Rodríguez, el Tor-quemada de las cubanis letris actuales? ¿Un náufrago derivando para siempre hacia el abismo del Golf Estream sobre una goma de camión y dos tablas, huyendo inútilmente de este «paraíso», sabiendo que no va a llegar a ningún sitio y huyendo? ¿Una cuadrilla de poetas mudos? ¿Aquel que por haber mencionado alguna de las últimas infamias hubo de ser vilmente torturado y ahora carga con la tortura aún más cruel de haberse retractado?… Oh, pero, ¿quién va a comenzar el canto cuarto? ¿Un adolescente pelado al rape? ¿Un homosexual conducido al paredón de fusilamiento? ¿Diez millones de personas esclavizadas y amordazadas obligadas a aplaudir su esclavitud?… Ay, ay. Oigan esos gritos. Oigan esos gritos. Cálmense, cálmense… ¿Un bodeguero acusado de hurto al pueblo, pues en sus botas —declara— llevaba varios granos de fríjoles? ¿Un escritor confinado a lo oscuro luego de haber sido obligado a tragarse todas sus páginas y los excrementos de las mismas hasta su tercera generación?… Oh, pero, ¿quién va a comenzar el canto cuarto? ¿Un niño obligado a repetir «patria o muerte» «patria o muerte» aun antes de poder hablar? ¿Una ex puta convertida en superintendente de un departamento ministerial? —oigan qué bien se expresa… ¿Una puta
de la época que se entrega —y con cuánta urgencia— por la remota promesa de un par de medias? Oh, pero, ¿quién va a comenzar el canto c uarto? ¿Un combatiente condenado a treinta años de prisión o a muerte, pues comprendió, naturalmente, que había que seguir combatiendo? ¿Una marica airada? ¿Una cocinera amargada? ¿Un bollo clausurado y por lo tanto patriótico? ¿Un pintor inmortal amordazado? ¿Una anciana a la cual le han intervenido hasta la memoria ya que no la puede expresar en voz alta? ¿Un miembro del Ministerio del Interior con pesadillas freudianas? ¿Alguien que se doctora en Ciencias Políticas por haber subido el Pico Turquino veinticinco veces? ¿Una madre que ve de nuevo partir a su hijo hacia el campo de trabajo: pala, piocha, fango, Lenin? ¿Un dramaturgo silenciado al silencio más triste y abrir pozos de petróleo por un teniente machista de aberrante oportunismo y fisonomía que es naturalmente el presidente del Consejo Nacional de Cultura? Oh, ¿pero quién va a comenzar el canto cuarto? ¿Qué voz anónima y airada? ¿Qué latido reducido a piedra? ¿Qué gran pasión anegada en resoluciones? ¿Qué sentir desgarrado ahogado en himnos y afrentas? ¿Qué sentir incesante y alerta de un fogonazo fulminado?… Oigan. Oigan, oigan cómo chillan. Todos quieren hablar, todos quieren presentarse y gritar, todos quieren decir rápido su espanto y reventar. ¡Zape! ¡zape!, ¡vaya ruido!… Cálmense. No golpeen de esa forma… ¡Ay, déjame a mí, chico! ¡Déjame hablar, cono!… —Schist, no grite de esa forma, no diga malas palabras, señora, que la está oyendo el Comité… Alinéense, hagan fila, por Dios, uno a uno, se analizará su caso. No, no golpeen así… ¡Contra! Derrumban la puerta. Calma, calma. Por turno, por favor, por turno… ¡Señora, por Dios! —Ay, qué Dios ni que carajo… -¡Señora!… —Ay, déjenme, cojones. —¡Señora, por favor! — ¡Ay, cojones! -¡Señora! Qué barbaridad, me rompen el cuchitril… —¡Ay, hijo, por Dios cabrón, déjame a mí, carajo!… Jesús, cómo golpean. —¡Ay, cono, ábranme! —Bien, da lo mismo cualquiera: Empiece usted.
Ay, ay cono. Al fin. Ay…
Ay, porque mi tragedia sí es grande. Ay.
Qué grande. Ay. Porque lo mío no tiene nombre, Ay.
¡Mire!
Mire usted, esta vieja soy yo. Esta mujer que levanta la mano.
Ay, esta mujer vejada y befada.
Sí, befada. No sé si existirá la palabra befada, ay.
pero befada soy.
Ay, yo, la befada. Befadísima, carajo. Ay,
que no doy pie con bola. Porque lo mío sí es grande. Ay,
yo, dama católica. Yo, dama romana.


MONSTRUO
En aquella ciudad también había un monstruo.
Era una combinación de arterias que supuraban, de tráqueas que oscilaban como émbolos furiosos, de pelos encabritados y bastos, de cavernas ululantes y de inmensas garfas que comunicaban directamente con las orejas siniestras —De manera que todo el mundo elogiaba en voz alta la belleza del monstruo.
Imposible de mencionar serían las odas compuestas por todos los poetas de renombre (los demás no pudieron ser antologados) en homenaje al delicado perfume que exhalaba su ano; o mejor, sus anos, pues un solo intestino no hubiese dado abasto. Tal era su capacidad de absorción y engullimiento… Qué decir de los incontables sonetos inspirados en su boca. Boca que dividida en varios compartimentos, guardaba en uno de ellos los vómitos que el monstruo, en sus momentos de mejor orgía, repelía; y en ese estanque quedaban depositados, sufriendo una suerte de cocido al natural, caldo de cultivo aún más delicioso al paladar monstruoso… En cuanto a sus ojos, siempre rojizos y repletos de légañas, los versos que inspiraron no se podrán ni someramente enumerar. De su cuerpo, hecho a la medida de varios hipopótamos deformes, de sobra decir que fue la fuente de creación perenne tanto para las más frágiles damas como para los efebos más viriles. Héroes, estudiantes, obreros, soldados, ministros y profesores supieron extasiarse ante tal continencia. A Mirta Aguirre pertenecen estos villancicos que, de entre millones, el azar puso en mis manos:
Alto como el Turquino, radiante como el sol matutino, Su voz no es voz, sino trino, Su paso no es paso, sino camino.
Sin duda, en aquella ciudad todo el mundo amaba al monstruo.
Al él cantar —así le decían a los estragos que producía su garganta— ¿qué multitud, congregada devotamente, no aplaudía? Al defecar, qué inmensa cola para aspirar (de lejos) el monumental vaho monstruoso.
Pero un día ocurrió algo extraño.
Alguien comenzó a hablar contra el monstruo. Todos, naturalmente, pensaron que se trataba de un loco, y esperaban (pedían) de un momento a otro su exterminio. El que hablaba pronunciaba un discurso ofensivo que comenzaba más o menos de esta forma: «En aquella ciudad también había un monstruo. Era una combinación de arterias que supuraban, de tráqueas que oscilaban como émbolos furiosos»… Y seguía arremetiendo, solitario y violento, heroico… Algunas mujeres, desde lejos, se detuvieron a escuchar. Los hombres, siempre más civilizados, se refugiaron tras las puertas. Pero él seguía vociferando contra el monstruo: «sus ojos siempre rojizos y repletos de légañas»… En fin, como nadie lo asesinaba todos comenzaron a escucharlo; luego, a respetarlo. Por último, lo admiraban y parafraseaban sus discursos contra el monstruo.
Ya cuando su poder era tal que había logrado abolir al monstruo y ocupar su lugar, todos pudimos comprobar —y no cesaba de hablar contra el monstruo- que se trataba del monstruo.

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