Carlos Ortega Vilas. El santo al cielo.

mayo 21, 2018

Carlos Ortega Vilas, El santo al cielo
Dos bigotes, 2017. 562 páginas.

Aldo Monteiro, de la policía nacional y Julio Mataró, de la guardia civil, tienen que colaborar en la resolución de un asesinato complicado. La víctima falleció en su casa, con las puertas cerradas, y sin apenas pistas del asesino. Hasta que se descubre que el caso está relacionado con la desaparición de un adolescente años atrás.

La esperaba buena y ha sido mejor. Una prosa por encima de lo habitual en el género. Una adecuada dosificación de las pistas y las evoluciones del caso. Un planteamiento original ya que desde el principio sabemos quién es el culpable y el misterio es desvelar los enigmas del pasado.

Lo mejor es que todos los temas se tratan de manera sutil, sin señalar a cada momento con el dedo, lo que en estos tiempos de obviedades es de agradecer. Los detalles (la afición por los santos de Aldo, el choque de los dos caracteres, los secundarios) son tan sabrosos como el plato principal.

Muy recomendable.

—¿La conocía… en persona? —preguntó Julio. —Y tanto que la conocía. Todos la conocíamos, aquí y al otro lado del valle. Era de Casas Viejas, allá atrás. —El encargado señaló con el mentón las montañas—. Igual que yo. La vieja desalmada. —Meneó la cabeza—. Síganme, señores. Les diré dónde está, Dios quiera que no se mueva de ahí…
—¿No estará usted exagerando? —Aldo le guiñó un ojo ajulio. —Ni pizca. Cuidado. El suelo resbala que da gusto —murmuró—. Si yo le contara, señor comisario. Si yo le contara…
—Hable, hombre. Es bueno soltar lastre —le animó Monteiro. —No, señor. Si algo he aprendido de los muertos es a respetar su silencio. No me gusta hablar. Y, no se ofenda usted, menos con un polizonte. No soy un chivato, como el otro. —¿Qué otro? —preguntó Julio.
—Mi primo. El anterior encargado. Era un soplón…, entre otras cosas. También está aquí, pero de ese solo quedan las cenizas. ¿Quieren verlos columbarios? —preguntó.
—No, no. De momento nos conformamos con la tumba de doña Águeda —dijo Aldo.
—Sí, claro. Está ahí mismo. Cuidado, no vayan a resbalarse. —¿Qué le ocurrió al otro encargado? —curioseó Julio. —Se despeñó con el coche. Allí. —El hombre indicó de nuevo hacia las montañas—. Ahora no se ve, por la nieve, pero se salió en esa curva. El coche se prendió fuego al llegar ahí —dijo, señalando otro punto en la montaña, algo más abajo—. No quedó casi ná del viejo taimado. —Menudo accidente…
—¿Accidente? —el encargado soltó una carcajada— A mi primo se lo cargaron, señor teniente. —¿Quién? —preguntó Aldo.
—¿Cómo quiere que lo sepa? —contestó el viejo—. El policía es usted…
—¿Y eso cuándo ocurrió?
—Hará unos dos años, que es lo que llevo trabajando yo aquí. Justo tras la desaparición del muchacho. —El viejo se detuvo—. Y del marido de esta fulana. —Le dio una patada a una sepultura, junto a un ángel de mármol.
Julio se agachó y retiró la capa de nieve que había sobre la lápida, lo justo para descubrir la inscripción.
—Amante esposa y madre abnegada —leyó Aldo—. ¿Está seguro de que es la misma Águeda que usted conocía? —le preguntó al viejo.
—Que no le engañen esas letritas de oro. No ha existido arpía más grande en este mundo. Ni en el otro, si me apura.
—Ya… Otra cosa, don…
—Prudencio. Y no es chiste.
—Don Prudencio. El viernes por la mañana, ¿estuvo usted aquí? —le preguntó, observando con aire distraído las tumbas aledañas.
—¿El día de la Purísima? Sí, claro que estuve. Hubo entierro a las doce. —Prudencio se rascó la barbilla—. ¿Me va a preguntar también
por ella?
—¿Ella? —Aldo se volvió y lo miró a los ojos. El viejo agachó la cabeza.
—La chica, digo. Porque supongo que no estarán buscando a los dos picoletas disfrazados de paisano que la iban siguiendo…
Julio quiso decir algo, pero se atragantó. Aldo le salió al quite.
—No, solo nos interesa la mujer —dijo—. ¿La conoce, entonces?
—Hombre, conocerla, no la conozco, si con eso se refiere a si me la han presentado alguna vez. Pero no había más que ver cómo se movía para saber de quién era hija, pobre criatura. No recuerdo su nombre, aunque la vi en alguna ocasión cuando era criaja, allá en Casas Viejas…
¿Por qué la buscan?
—No la buscamos —le aclaró Aldo—. Es solo una investigación rutinaria.
—Pues para ser una investigación rutinaria hay mucha gente en el
ajo, ¿no?
—¿Lo dice por los «picoletas»?
—No, lo digo por los otros dos: el bajito tizón y la mujer grande. Bastante hermosa, por cierto. También estuvieron por aquí ese viernes, detrás de la muchacha…
El teniente dio un respingo. Aldo torció el gesto y lo miró de reojo. Julio lo interpretó como una reprimenda.
—¿Un hombre bajo y una mujer grande, dice? —murmuró.
—Pues sí, señor comisario…
—Va a tener que darnos una descripción detallada de esos dos personajes, Prudencio —dijo Aldo—. ¿Qué tal si vamos a su oficina y seguimos hablando allí? —le pidió.

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