Liudmila Petrushévskaia. Érase una vez unamujer que quería matar al bebé de su vecina.

mayo 17, 2018

Liudmila Petrushévskaia, Érase una vez unamujer que quería matar al bebé de su vecina
Atalanta, 2011. 252 páginas.
Tit. Or. Dva tsarstva. Trad. Fernando Otero.

Incluye los siguientes cuentos:

Canción de los eslavos orientales
El brazo
Venganza
Un suceso en Sokólniki
La despedida de una madre

Alegorías
Higiene
Un alma nueva
Los nuevos Robinson
El milagro

Réquiems
El dios Poseidón
Te quiero
La casa de la fuente
La sombra de la vida
Dos reinos
Hay alguien en casa

Cuentos de hadas
El padre
Mamá repollo
El secreto de Marilena
El testamento del anciano monje
El abrigo negro

Casi todos girando alrededor de la desolación y la muerte. Muchos de ellos con el formato de cuentos tradicionales y algunos -los que yo considero mejores- ambientados en una especie de ambiente post-apocalíptico.

A pesar de las buenas referencias que hay por internet a mí no me gustaron demasiado, a excepción del par de ellos distópicos.

Más reseñas:Érase una vez una mujer… y Érase una vez una mujer…

Entretanto, pasamos un terrible mes de junio (¡un mes de aupa!), que es cuando las reservas suelen acabarse en los pueblos. Tuvimos que comer ensaladas de dientes de león, preparamos sopas de ortigas y nos pasábamos todo el santo día arrancando hierba sin descanso y acarreándola en mochilas y sacos. No sabíamos segarla, pero de todos modos la hierba no estaba aún lo bastante alta. Al final, Anisia nos dejó una guadaña (a cambio de diez sacos de hierba, que no es mucho), y mamá y yo nos turnábamos segando. Repito que vivíamos apartados del mundo, y yo echaba mucho de menos a mis amigos y amigas, pero ya no nos enterábamos de nada de lo que pasaba. Es verdad que mi padre escuchaba la radio, pero sólo muy de vez en cuando: no quería quedarse sin pilas. Todo lo que transmitían por la radio era falso e intragable, y nosotras seguíamos segando y segando. Mientras,
nuestra cabra Raia iba creciendo y había que ir pensando en buscarle un macho. Así que volvimos al pueblo donde vivía la dueña de los cabritos. Lo que ocurría es que la otra vez nos había liado, ¡y nosotras no teníamos ni idea de lo que valía un cabrito! Sin embargo, en esa ocasión nos recibió de mala gana, ya que a esas alturas todo el mundo sabía de nosotros; lo que no sabían era que teníamos una cabra: era Anisia la que se encargaba de criarla. De ahí el trato desabrido de la mujer: ya nos había vendido un animal y si lo habíamos perdido, ¡pues peor para nosotros! No estaba dispuesta a vendernos el otro cabrito. Nosotros nos habíamos quedado sin harina y, sin ella, tampoco teníamos panecillos; además, su cabrito pesaba ya mucho y en esa época tres kilos de carne fresca valían una fortuna. Al final quedamos en entregarle a cambio un kilo de sal y diez pastillas de jabón. Para nosotros eso equivalía a tener leche en el futuro, y fuimos corriendo a casa a recoger todo lo acordado, tras dejarle claro a la mujer que necesitábamos el animal vivo. «No hay cuidado, no pienso mancharme las manos de sangre por vosotras», respondió la dueña. Aquella misma tarde volvimos a casa con el cabrito, y luego afrontamos la dura rutina estival: la siega, la escarda del huerto, la aporcadura de las patatas, y todo esto al ritmo de Anisia… habíamos acordado con ella que nos quedaríamos la mitad de las cagarrutas de las cabras, y de ese modo, mejor o peor, pudimos abonar el terreno, pero nuestra cosecha fue pobre y escasa. La abuela Anisia, que no tenía que segar, ataba la cabra y toda la guardería caprina en un sitio donde

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