Lydia Lunch. Paradoxia.

mayo 12, 2018

Lydia Lunch, Paradoxia
La máscara, 2000. 160 páginas.
Tit. Or. Paradoxia. A predator’s diary. Trad. Manuel Talens.

Una chica de catorce años con un pasado de abuso familiar se escapa a Nueva York e inicia una vida en la que se entrega de pleno a la vida salvaje. Sexo a raudales, venta y consumo de drogas, parejas cuestionables, excesos de todo tipo, escarceo con el crimen…

La novela es un catálogo de conductas cada vez más perversas pero, pese a que el nombre de Bataille aparece en alguna que otra página, la calidad literaria no es la misma del autor francés. El estilo es de frases cortas, cortantes, muchas veces con el ánimo de epatar. (No soy un ángel, siempre me he puesto del lado de los malos). Pero tanto desfase acaba haciéndose repetitivo, incluso aunque suba el tono de los excesos.

Se incluyen dos prólogos y un epílogo del traductor que apunta correctamente un par de detalles de importancia. La protagonista parece que no se dedique más que a drogarse, follar y sobrevivir, pero a mitad del texto descubrimos que debe estar haciendo algo de arte porque le proponen escribir una película. También, al final del libro, lo que en la primera parte era todo diversión (bebamos y follemos) al final es una carga de la que parece no poder librarse.

La lectura está bien, y en esta época en la que nos hemos vuelto pacatos y una simplería como las cincuenta sombras de grey parece escandalizar no está de más releer cosas antiguas con menos pelos en la lengua. Pero dentro de la literatura erótica, incluso llevada al límite, hay cosas de más calidad.

Se deja leer.

—¡Follatela, follatela! —grita, sin cansarse de hacer el dictador.
Le clavo el gollete de la botella en el agujero, chorreando por los gritos, por las instrucciones. Parece nadar dentro. Le introduzco la botella lentamente, hasta más de la mitad… La perra gime, meneando el culo.Ahora quiere más. Empiezo a sacudir el vidrio en su cono. Sal se pone delirante. Agitando su polla, moviéndola en círculos, apretando la cabeza morada con ambos puños, grita:
—¿Pero es que no sabes cómo follar?
Saltando fuera de la cama, me quita la botella de un tirón, mientras el cono de Gina pide que la sigan follando. Me acuerdo de mi madre contándole a mi tía detalles de su trabajo en una planta embotelladora de Coca-Cola a finales de los cincuenta. Cómo supuestamente habían encontrado ratones embalsamados en botellas, o cucarachas. Había dicho que su trabajo consistía en inspeccionar la línea para asegurarse de que no había sabandijas. Cómo una mujer tuvo que ser llevada de urgencia al médico, después de haberse metido una botella dentro. Por eso las botellas de Coca-Cola tienen ahora el culo cóncavo, para que no se queden dentro.Yo tenía sólo cinco años cuando escuché aquello, pero nunca lo olvidé.
Sal se la estaba follando con la polla de vidrio. Separándole los pelos con una mano, bombeando con la otra, escupiendo una ristra de obscenidades brutales. Palabrotas violentas. Amenazándola con meterle la botella tan dentro del cono que iba a empezar a escupir pedazos de vidrios rotos. Pegándole con su polla. Le dio la vuelta, con la botella colgando entre las piernas, me ordenó que me pusiera detrás de Gina y que se la mantuviera dentro del cono, mientras ella le hacía una mamada.
Gina se estremecía, se ahogaba con la polla. Él la tenía agarrada por las orejas, follando cruelmente en su cara. Asfixiándola con su polla horrorosa. Warrcn permanecía aún admirablemente silencioso, acariciándose la verga, listo para eyacular. Locura
colectiva. Gina sollozaba, baboseaba, se atragantaba; Sal, empujando más rápido todavía, estaba listo para estallar. Yo, golpeándola ahora, la follaba con la botella. Un horrendo orgasmo colectivo barrió la habitación. Gruñendo, gimiendo, llorando, gritando, una pesadilla de proporciones profanas. Noté cómo la corrida caliente me manchaba la mano, una corrida que pareció bañar la habitación en una película fantasmal.Treinta segundos de silencio.
Sal sacó la polla.Yo saqué el tesoro enterrado.Warren derramó una descarga blanca en el brazo de la silla. Sal se acercó a la ventana que daba a la Calle 23, cogió un cigarrillo y se sacudió la polla en dirección a un autobús escolar que pasaba por allí en aquel momento. Gina se metió en el cuarto de baño, dando un portazo. Yo me puse otro trago. Encendí un porro.
Pasaron quince minutos. Estábamos allí sentados, recuperando fuerzas. Gina vuelve a salir del cuarto de baño, duchada, envuelta en una toalla. Sonriendo. Sal le dice que de qué cojones se ríe. Por qué está tan contenta. Qué hostias le pasa, por qué no se ha ido ya a tomar por culo. Ella tartamudea un «Pero,.. Sal…». Él le dice que desaparezca, que no soporta su jodida alegría. Que se vaya. Fuera. A tomar por culo. Se lanza sobre ella, le pega un puntapié en el culo.
—¡Qué más quieres, hijaputa…Vete a la mierda!
Le quita la toalla y con ella le golpea los muslos. Le tira de los pelos. La lleva a empellones hasta la puerta, abre y la lanza fuera.
Gina llama a la puerta, suplicando que la deje entrar. Necesita su ropa, su bolso, el anillo que ha dejado en el cuarto de baño. Sal la ignora mientras otea la calle desde la ventana y se rasca el culo. Warren, acostumbrado a toda esta mierda después de tantos años, dice que se va a dar un baño… ¿alguien quiere acompañarlo? El aporreo de la puerta continúa, Sal coge la botella de Coca-Cola del suelo y la lanza contra la puerta. Hay vidrios por todos lados. Los pies de Gina se arrastran por el vestíbulo. Sal dice que va a dormir. Hasta luego.Yo me dispongo a partir. Un tímido toque en la puerta. El encargado del hotel, que viene a pedir la ropa de la señorita. Sal pregunta:
—¿Qué señorita?


Fui derecha al grano. Sin gilipolleces. Le cuchicheé al oído que me fuera a buscar al tercer piso en dos minutos. Le eché a ella una sonrisa al dirigirme a las escaleras. Las piernas flojas por las pastillas. Un flujo caliente que me empapaba las bragas. La boca seca. Temblando. Agarré una copa de alguna chupapollas que se disponía a salir. Me lo bebí de un trago y le devolví el vaso vacío. Pedí otro. Ella casi se puso a llorar. Le lancé el vaso. Flotando escaleras arriba. Él venía detrás de mí.
Letrista fracasado, líder y cantante de Blank Generation. Me lo había follado una vez. Necesitaba otro polvo. Lo atraje contra mí. Le metí la lengua hasta la garganta. Frotando mis tetas contra su pecho. Un buen sobe. Cono chorreando.
Retrete minúsculo. Magreándonos el uno al otro detrás de una puerta rota en el rincón. Agarrando a manos llenas una polla jugosa, frotando la punta mojada, esparciendo el jugo por todas partes. Un olor vehemente inflama la lujuria. Me pego contra él. Lo meto dentro. Meneo su polla carnosa hasta que me corro, rociándolo todo, su polla, sus pelotas, la bragueta de sus pantalones vaqueros. Se la saco. Se la meneo. Le hago una paja. Salpicando la pared, la puerta, su camiseta. Con la que me limpio el cono. Sonriendo.
Imaginando la cara de asco de su amiga cuando vuelva con ella a la barra. El olor de mi cono impregnado en su cuello, en sus manos, en su pelo. La mancha escarlata sobre su pescuezo, donde le mordí y le chupé. La pelea que sobrevendría con toda seguridad. Innecesaria, de verdad. Ella debería de estarme agradecida. Yo tomé lo que quería, pero se lo devolví en seguida. Ahora él sería capaz de follársela dos veces más cuando regresaran a casa para reconciliarse después de la disputa. Si es que ella lo deja. Qué importaba. Él seguiría pensando todavía en mí. Con ella o sin ella.

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