Junichiro Tanizaki. El puente de los sueños.

mayo 10, 2018

Junichiro Tanizaki, EL puente de los sueños
Siruela, 2009. 160 páginas.
Trad. Ángel Crespo y María Luisa Balseiro.

Incluye los siguientes cuentos:

El tatuador
Terror
El ladrón
Aguri
El puente de los sueños

El primero me ha parecido algo flojo. Pero el resto, muy bien. Terror tribulaciones de alguien con pánico a subir en un tren o cualquier medio de transporte algo rápido y sus problemas para realizar los actos más sencillos. El ladrón, donde las sospechas de los robos en un alojamiento de estudiantes recaen en el protagonista. Aguri hermosa dislocación de un inocente paseo de compras de una pareja, donde no sabemos donde acaba la realidad y empiezan las ensoñaciones y fantasía. Por último El puente de los sueños es una novela corta de aire alucinado acerca de la relación de un niño con sus dos madres (la auténtica y la madastra, muy parecida a la primera).

Ambientes rozando siempre lo onírico, con cierto aire irreal y bien escritos. Recomendable.

Y allí empezará el juego, ese juego encantador que es su sueño permanente, que es su única razón de vivir… Entonces Aguri se estirará como un leopardo. Un leopardo con collar y pendientes. Un leopardo amaestrado, que sabe exactamente lo que tiene que hacer para complacer a su amo, pero cuyos ramalazos ocasionales de ferocidad hacen que su amo se estremezca. Que salta y le araña y le golpea, que se abalanza sobre él y acaba haciéndole pedazos y secándole el tuétano de los huesos… ¡Un juego letal! Sólo de pensarlo cae en trance, tiembla de excitación. Otra vez se le va la cabeza y le parece que se va a desmayar… Piensa si no será que por fin se está muriendo, a los treinta y cuatro años de edad, cayendo redondo en mitad de la calle…
-Vaya, ¿te has muerto? ¡Qué lata!
Aguri echa una mirada distraída al cadáver que yace a sus pies. El sol de las dos de la tarde cae sobre él, poniendo sombras oscuras en el hueco de sus mejillas hundidas… «Si tenía que morirse podía haber esperado unas horas más, a que acabáramos las compras…» Aguri chasca la lengua, contrariada. «No tengo ninguna gana de verme en un lío, piensa; pero aquí no le puedo dejar. Además, lleva en el bolsillo cientos de yenes. Ese dinero era mío; al menos me lo
podía haber legado antes de morirse. El pobre bobo estaba tan loco por mí que no podrá tomarse a mal que coja el dinero y me compre lo que quiera, ni que coquetee con quien quiera. Ya sabía que soy caprichosa; a veces hasta parecía hacerle gracia…» Aguri va ensartando sus razones mientras le saca el dinero del bolsillo. Si se le ocurre aparecérseme no me dará miedo. Me va a escuchar, vivo o muerto. Yo no me rindo…
-¡Mire, señor Fantasma! Esta maravillosa sortija me la he comprado con su dinero. Y esta bonita falda de encaje. ¡Y mire! —levantándose la falda para enseñar las piernas-. ¿Ve usted estas piernas que tanto le gustan, estas piernas espléndidas? Me he comprado unas medias de seda blanca, y unas ligas color de rosa: ¡todo con su dinero! ¿Verdad que tengo buen gusto? ¿Verdad que estoy divina? Usted se habrá muerto, pero yo me visto como me debo vestir, justamente como usted quería, ¡y lo estoy pasando en grande! ¡Estoy feliz, lo que se dice feliz! Usted también tiene que estar feliz por haberme dado todo esto. ¡Sus sueños se han hecho realidad en mí, ahora que estoy tan bella, tan llena de vida! A ver, señor Fantasma, mi pobrecito don Fantasma enamorado que no puede descansar en paz: ¿qué tal una sonrisita?

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