Sergi Bellver. Variaciones sobre Budapest.

abril 24, 2018

Sergi Bellver, Variaciones sobre Budapest
La línea del horizonte, 2017. 124 páginas.

No soy amigo de los libros de viaje, pero este de mi amigo Sergi no lo es. A medio camino entre las descripciones del lugar y la introspección, entre la guía y el dietario, es un poquito más que ambos.

El autor no sólo se pasea por las calles de Budapest y nos hace vivir su ambiente particular, también -y esto es de agradecer- nos cuenta el tono emocional que siente en sus recorridos. Leemos pues, no por descubrir un paisaje, sino por el placer del texto.

Muy bueno.

El pudor que a menudo me asalta para no contarlo todo en mis diarios o en mis crónicas de viaje desaparece en la ficción, en la que callo lo que no aporta pero, de algún modo, intento condensar todo el material humano posible para destilar el sentido de sus historias. Las que fluyen por debajo del fragor de la historia y gotean en una novela, a modo de resurrección de la vida privada de los muertos y quién sabe si para salvar a los vivos del olvido. La idea me ronda mientras, cerca del Parlamento, me siento de nuevo —año y medio después, todavía y siempre con Joseph Roth en mente pero esta vez sin el libro de Géza von Cziffra entre mis manos— en silencio y un tanto retirado frente al memorial del Holocausto a orillas del Danubio. Contemplo las réplicas de metal de docenas de pares de zapatos de hombre, de mujer y de niño, miro las velas, flores y notas que la gente ha dejado
a sus pies, ahora invisibles pero presentes como fantasmas, y pienso en todos ellos descalzos en las gélidas aguas del río al ahogarse, atados unos a otros con un alambre o una cuerda, o al caer ya abatidos por un balazo en la sien. No puedo evitar entonces una extraña y doble sensación, como las aguas de dos ríos que confluyen sin llegar a mezclarse durante un largo trecho en la corriente: la tristeza y la rabia, manchas de gasóleo y sangre que el Danubio aún no ha conseguido diluir del todo en su caudal. A mi lado, una anciana observa también en silencio el escenario; frente a nosotros, dos grupos de jóvenes turistas —la primavera ha empezado a atraerlos de nuevo— se sacan selfi.es, ríen y gastan bromas en ruso y en italiano. Los muertos ya no regresarán de las aguas, pero hay que salvar a los vivos del olvido. Hay que seguir diciendo y escribir.


Desde que hace ahora algo más de un año me empeñé en sumergirme en ese inmenso caudal de la narrativa húngara —mi criterio no alcanza a la poesía más allá del gusto de un lector intuitivo, por lo que, salvo excepciones como Petófi o Kassák, la dejo para otras miradas más formadas—, añadí a mi lista particular los nombres de Adám Bodor, László Krasznahorkai y Attila Bartis, tres autores ya traducidos y publicados en España pero en los que, por alguna razón, no había reparado antes. A veces, mientras camino por Budapest, me doy de narices con una escena que acabo de leer en una novela, como me sucedió el otro día en el cruce de la calle Király con el bulevar de Isabel, detrás de la Academia de Música Ferenc Liszt, cuando creí reconocer en una mujer deslenguada e iracunda a uno de los personajes de La calma, de Attila Bartis, con su prosa vivaz y la honestidad brutal de su historia. Adám Bodor, vivo ejemplo de las dificultades de los húngaros nacidos en Transilvania y exiliado en Budapest —si es que un escritor magiar puede ser del todo un exiliado en el corazón de su propia lengua—, es sin duda mi favorito entre esos tres hallazgos, con su genuino imaginario personal y las finas alegorías que en La visita del arzobispo y, sobre todo, El distrito de Sinistra.

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