Rodrigo Fresán. El fondo del cielo.

abril 5, 2018

Rodrigo Fresán, El fondo del cielo
Mondadori, 2009. 278 páginas.

Novela con ciencia ficción y no de ciencia ficción como dice el autor en el epílogo y repetimos inmisericordes los reseñistas. Tres amigos, dos chicos y una chica, se conocen dentro del mundillo de los aficionados a la ciencia ficción y sus vidas van tomando direcciones divergentes pero siempre unidas entre sí, aún en diferentes mundos alternativos imaginables.

El ejemplar que tomé prestado de la biblioteca estaba lleno de anotaciones, muy críticas con los primeros pasajes. Se llega a afirmar que el estilo es insufrible. No llego a tanto pero reconozco que es demasiado cargante. Aunque al final creo que consigue su objetivo de crear una atmósfera muy particular para la historia que está contando, realmente hay momentos que se hace pesado. Y no, no es porque yo como lector esté acostumbrado a estilos sencillitos.
A Fresán lo conocía de oídas, por la radio, es alguien que me cae bien. Probaré con otros libros suyos. Éste, aunque me ha acabado gustando, no me ha parecido redondo. Otras reseñas: El fondo del cielo, El fondo del cielo y El fondo del cielo.

Calificación: Está bien.

Extracto:

«¡Ciencia-Ficción!», repitió Ezra.
Y fue entonces la primera vez en que yo oía, juntas, unidas por el cordón umbilical de un guión (una alimentándose de las letras y significado de la otra) estas dos palabras que, en principio me parecía imposible de hacer coincidir en un mismo ambiente. Ciencia y Ficción se me antojaban como términos irreconciliables y contradictorios, como polaridades opuestas.
Dos de las más grandes novelas de la historia de la literatura (dos novelas no consideradas como pertenecientes a un género sino, cada una de ellas, un género que empezaba y terminaba en sí mismo; lo mismo ocurriría años después con la polémica Damitax, donde se seguía a través del cosmos la obsesión amorosa y viajera de un maduro profesor de astronáutica por una púber venusina y manipuladora a la que clona una y otra vez intentando que alguna de sus versiones, por fin, lo ame) eran, sí, fantásticas y espaciales. Pero eran, ante todo y antes que nada, clásicos. Krakhma-Zarr, la favorita de Ezra, narraba la locura de un capitán persiguiendo de estrella en estrella a una mítica
bestia cósmica. Y Los tiempos sin tiempo, mi preferida, era el obsesivo relato del último marciano Mars-El: un viajero que, lue-0 ¿e ingerir una bebida extraña destilada a partir del polvo suspendido en los anillos del melancólico Saturno, retrocedía hasta los confines de su infancia y, desde allí, volvía a recorrer su vida entera como si la contemplara desde afuera, como si la leyera, como si fuera un libro compuesto por muchos libros.
De algún modo (títulos que ahora no puedo encontrar en ninguna parte de mis estantes y que parecen no figurar en los catálogos de ninguna biblioteca) una y otra novela nos definían y, separándonos, nos volvían perfectamente complementarios: Ezra era un hombre de acción y yo un hombre de reacción.
O algo así.
Y mi reacción a esas dos palabras mágicas -Ciencia y Ficción, súbitamente convertidas en una palabra con dos cabezas y un solo cerebro— fue inmediata y perfecta.
Era como si Ezra fuera un mago -alguien que acabara de anunciar que «Para el próximo truco necesitaré un voluntario»- y yo un más que dispuesto espectador dispuesto a subir al escenario para entregarse a lo que sea: a ser aserrado en dos, a convertirse en ese cuerpo donde se clavan todas las espadas, a desaparecer en una nube de humo de colores o dentro de un gabinete mágico decorado con caracteres orientales y dragones de ojos rasgados, a flotar y ascender y perderme para siempre en los altos de un teatro de variedades.
Yo -lo supe entonces— era alguien que había esperado durante años para sucumbir a esa ilusión que, de pronto, parecía algo más verdadero y más sólido y más fuerte que todo lo que había experimentado hasta entonces.
Es fácil para otros —yo no domino ese idioma- escribir, y hasta escribir muy bien, sobre las altas y bajas de la mareas del amor. Mucho más difícil de precisar son las variaciones en ese aparentemente estable lago que es la amistad y en cuyo centro, de tanto en tanto, estallan tormentas circulares y secretas por el solo placer de, enseguida, ser borradas por un inesperado cielo azul.

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