Audrey Niffenegger. La mujer del viajero del tiempo.

abril 3, 2018

Audrey Niffenegger, La mujer del viajero del tiempo
Grijalbo, 2005. 604 páginas.
Tit. Or. The time traveler’s wife. Trad. Silvia Alemany.

No sabía si animarme con este libro; trataba de viajes en el tiempo, una de mis pasiones. Pero podía ser una novela romántica infumable. Me decidió ver que en foros de ciencia ficción la ponían bien.

Henry sufre un trastorno; viaja en el tiempo sin poder controlar el momento ni el destino. Su vida se mezclará con la de Clare, a la que conocerá en diversos puntos temporales y que acabará siendo su esposa. Alternando los puntos de vista se desenrrolla la trama de la novela.

Como no esperaba demasiado el resultado me ha parecido interesante. Se elude el tema de las paradojas temporales sencillamente no forzándolas. En ningún momento los protagonistas intentan separarse del camino marcado. La idea de una relación con saltos temporales está bien construida.

Tengo la sensación de que se podía haber ido más allá de la simple corrección. El libro tiene 600 páginas y hay muchos aspectos que no llegan a explorarse (¿Por qué el protagonista parece más violento cuando se desplaza temporalmente?). Hay cosas que no se cuentan con detalle -lo que está muy bien- y otras que se alargan demasiado.

El conjunto es atractivo. Otras reseñas: Wikipedia, La mujer del viajero del tiempo y La mujer del viajero del tiempo

Calificación: No está mal.

Extractos:

Miércoles 21 de junio de 1984; Clare tiene 13 años
Clare: Estoy en el prado, a finales de junio, a última hora de ‘la tarde; dentro de poco tendré que ir a lavarme para la cena. La temperatura ha descendido. Hace diez minutos el cielo era azul cobrizo, y un calor opresivo atenazaba el prado, todo parecía curvado, como si estuviéramos bajo una inmensa cúpula vitrea, los ruidos más próximos eran sofocados por el calor mientras un coro sobrecogedor de insectos zumbaba. Me he quedado sentada en la pequeña pasarela, contemplando las chinches de agua que patinan en el estanque diminuto y calmo, pensando en Henry. Hoy no me toca verlo; y para la próxima vez faltan veintidós días. Ahora hace más frío. Henry me desconcierta. Toda mi vida lo he aceptado como algo normal y corriente; es decir, creía que Henry era un secreto y por lo tanto alguien realmente fascinante, pero también una especie de milagro, y solo recientemente me he dado cuenta de que la mayoría de las chicas no tienen un Henry, y si cuentan con uno, se lo tienen muy callado. Se levanta el viento; la hierba alta se ondula, cierro los ojos y parece que oigo el sonido del mar (que nunca he visto, salvo por televisión). Cuando los abro, el cielo es amarillo y luego verde. Henry dice que viene del futuro. De pequeña, eso no me creaba ningún conflicto; claro que no tenía ni idea de lo que eso significaba. En cambio ahora me pregunto si la idea implica que el futuro es un lugar o algo parecido a un lugar al que podría ir; me refiero a ir de otra manera que no sea envejeciendo. Me pregunto si Henry podría llevarme al futuro con él. El bosque ennegrece y los árboles se doblegan, fustigados de lado a lado hasta quedar inclinados. El murmullo de los insectos ha desaparecido y el viento lo alisa todo, la hierba se aplana, y los árboles crujen y gimen. Tengo miedo del futuro; me da la impresión de que es como una caja enorme que me espera. Henry dice que me conoce del futuro. Unos nubarrones negros se desplazan y surgen tras los árboles, aparecen tan de repente que me río, son como marionetas, y todo gira a mi alrededor mientras se oye un prolongado y grave retumbar de truenos. De repente, adquiero conciencia de mí misma como alguien que está en un prado, delgada y erecta, en un lugar donde todo se ha allanado. Me echo al suelo, esperando que la tormenta, que se arremolina, no repare en mí, y me tiendo de espaldas, mirando hacia arriba, cuando el agua empieza a caer del cielo. Se me empapa la ropa en un instante, y en ese mismo momento noto que Henry está ahí, siento una increíble necesidad de que él esté ahí y ponga sus manos sobre mí, aun cuando me embarga la sensación de que Henry es la lluvia y yo estoy sola, deseándolo.

Domingo 23 de septiembre de 1984; Henry tiene 35 años, y Clare, 13
Henry: Estoy en el claro del prado. Es muy pronto, por la mañana, justo antes del amanecer. Estamos a finales de verano; las flores y la hierba me llegan al pecho. Hace frío. Estoy solo. Me abro paso entre las plantas y localizo la caja de la ropa, la abro y encuentro unos téjanos azules, una camisa Oxford blanca y unas chanclas. Jamás había visto esas prendas y por lo tanto no se me ocurre en qué época debo de estar. Clare también me ha dejado un tentempié: un bocadillo de jalea y mantequilla de cacahuete, envuelto cuidadosamente en papel de aluminio, acompañado de una manzana y una bolsa de patatas fritas de Jay. A lo mejor este almuerzo es el que Clare se lleva a la escuela. Mis pesquisas se encaminan hacia finales de los setenta o principios de los ochenta. Me siento en la roca y como hasta sentirme mejor. Sale el sol. El prado se vuelve azul, luego naranja, y rosa, las sombras se alargan, y finalmente se hace de día. No hay señales de Clare. Gateo unos metros y me adentro en la vegetación, me acurruco en el suelo, a pesar de que está mojado por el rocío, y me duermo.
Cuando me levanto, el sol está más alto y Clare se encuentra sentada junto a mí. Está leyendo un libro. Me sonríe y dice:
—Amanece en los pantanos. Los pájaros cantan y las ranas croan. ¡Hora de despertarse!

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