Ana María Shua. Contra el tiempo.

marzo 29, 2018

Ana María Shua, Contra el tiempo
Páginas de espuma, 2013. 240 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Como una buena madre
La revancha
La Sala del Piano
Una sesión de tomas
Los días de pesca
Octavio el invasor
Encuentro con Leila
Nariz operada
La mujer herida
Vida de perros
La señora Luisa contra el tiempo
Amanecer de una noche agitada
Ha llegado un escritor
El viejo en el jardín
Auténticos zombis antillanos
La columna vertebral

Si Ana María Shua ya es una excelente cuentista, de una selección a cargo de la también recomendable Samanta Schweblin sólo podía salir lo mejor. Todos los relatos son muy buenos y acabé el libro son un sabor de boca genial. El añadido de una entrevista es el perfecto broche de oro.

Más que recomendable, imprescindible.

Tomó un libro, lo abrió y leyó una frase cualquiera. Las palabras tenían sentido, se unían entre sí para formar una frase perfectamente inteligible. Podía leer y entender lo que leía.
Las sensaciones eran nítidas y, sin embargo, lejanas, como si se encontrara a gran distancia su cuerpo. Podía hacer muchas cosas. Lo más difícil, tal vez, era respirar, a causa de la opresión en el pecho. Fue entonces cuando comenzó a preguntarse sobre el carácter irreversible de la muerte, buscando la respuesta que necesitaba.
Tocaron el timbre. Empezaba a llegar gente. Cada persona que entraba provocaba en ella nuevos accesos de llanto. Cada una le traía un momento distinto de la vida de su hijo, o un ángulo en particular, una forma de mirarlo. En la confusión abrazó también al empleado de la funeraria. El hombre se disculpó como si hubiera sido él el que había cometido un error. Después trajeron el cajón.
Esa mañana había hecho ñoquis de ricota. Ahora los cocinó para su marido, que no comió. Preparó café para los demás. Se negó a tomar calmantes o somníferos. Tenía miedo de soñar que su hijo volvía a morirse, muchas veces. Tenía miedo de soñar que su hijo estaba vivo. Tenía miedo de despertarse y que su hijo siguiera estando muerto. Su marido, en cambio, durmió parte de la noche. A la madrugada seguía entrando y saliendo gente. A la mañana vinieron otras personas, menos cercanas. Al mediodía se llevaron el cajón.
Deseó tener un momento de alivio, pero la muerte era constante, uniforme, no daba respiro. Iban a cremarlo. Él lo hubiese querido así. En la Chacarita dejaron el cajón. La gente se dispersó, contenta de irse.
Hablando de género, tuviste tres hijas entre tus veintiocho y tus treinta y cinco años, ya trabajando intensamente como escritora. ¿Cómo se conjugan dos «profesiones», como la maternidad y la escritura, tan exigentes y absorbentes? ¿Se vive o se sobrevive?
Es que en esa época trabajaba también en publicidad. Eso era lo que me hacía la vida un poco complicada. Publicidad, literatura y maternidad eran un combo muy difícil de sostener. Dejé la publicidad, obviamente. Con la conjugación de literatura y maternidad no hay ningún problema, se vive muy bien. Muchísimo más difícil es la vida de una cajera del supermercado, de una vendedora de zapatos, de una empleada de oficina, de cualquier mujer con hijos que tenga que cumplir un horario de ocho horas de trabajo (y a veces mucho más, si sumamos el viaje). Como escritora una puede acomodar los horarios a su gusto y placer, es un gran privilegio. Además, mi pertenencia a la clase media argentina me permitió siempre basar mi libertad en esas otras mujeres que trabajaban para mí, limpiándome la casa, cocinando, cuidando a mis hijas. ¡A ellas nadie les pregunta cómo se las arreglan con el trabajo y los hijos! Mi mamá me decía que mis hijas iban a odiar el tecleo de la máquina de escribir (cuando ellas eran chicas todavía no se usaban las computadoras). Y sin embargo mi hija mayor dice que si tuviera muchísima plata, contrataría a
alguien para que le tipee mis libros (y no otros) en máquina de escribir a la hora de dormir, porque cuando escuchaba ese sonido se sentía segura y protegida: su mamá estaba en casa.


Leo en los intersticios de la vida. Eso parece poco, pero es mucho. Leo en todo momento, cuando no estoy haciendo otra cosa que me lo impida. Quiero decir, leer es el estado natural del ser humano, ¿verdad? Leer es lo que uno desearía estar haciendo siempre. Se trata de tener algo para leer siempre a mano: en la cartera, en el bolsillo, en el baño, en la mesa de luz, en el estante, en la computadora, sobre la mesa de la cocina y la del comedor, en casa de amigos y parientes, en la oficina. Entonces uno abre el libro, se zambulle y zas. Allí se va, leyendo, por el río de las palabras. Sí, es lectura escapista. Houdini lector. Leo como quien respira. A veces es inevitable contener el aliento, pero en cuanto saco la cabeza fuera del agua (ese efecto se produce, curiosamente, cuando me sumerjo en la lectura), otra vez estoy allí, leyendo. En los vehículos de transporte, qué maravilla. En el metro, por ejemplo, en horas pico, con los brazos levantados, apoyando el libro sobre la nuca o la espalda de un desprevenido compañero de viaje. En el metro vacío, cómodamente sentada, un poco culpable siempre por mi ausencia de la realidad. ¿Sobre qué voy a escribir si no miro, si no sé, si no estoy? Leo en el baño, siempre y largamente. En la cama, ¿por qué no? Pero qué bueno en la cocina, comiendo, simultaneidad del placer. En los bares, tomando cortaditos. En los aeropuertos, casi sin mirar el reloj. En la banadera. Caminando. He llegado a caerme en un pozo por leer en la calle, pero no por culpa mía, fue el pozo artero que me atacó, disfrazado con un plástico negro. En las colas de oficinas públicas y bancos y supermercados. (Ah, con qué gusto extraigo mi libro mágico en todos los lugares donde no quisiera estar). ¿Dónde no leo?, debería preguntarme. Nunca leo en la ducha, ni cruzando la calle, a menos que haya luz verde. No tengo autores a los que vuelva siempre. Leo dos o tres o cuatro libros de un autor, le pesco la onda, el mundo, la mirada, y ya quiero descubrir otro. (¡Ojalá mis lectores no me imiten!). Esa posibilidad de ver el mundo a través de la mente de distintas personas me fascina, voy de transmigración en transmigración.

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