Diego Parra Zamora. Me hubierse gustado tanto llevarte a Nueva York.

marzo 20, 2018

Diego Parra Zamora, Me hubierse gustado tanto llevarte a Nueva York
Junta de extremadura, 2010. 148 páginas.

El encuentro de un papel dentro de un libro de segunda mano de alguien que parecía decidido a suicidarse inicia una búsqueda por parte del protagonista del autor de la nota. Por el camino descubriremos que el motivo que le impulsa no es sólo la curiosidad.

Cuando no entras, no entras. Y el estilo del autor, rompiendo la cuarta pared e interpelando al lector cada cuatro páginas, los chistes y anécdotas y la poca chicha de la trama me tiraron bastante para atrás. El estilo, literariamente flojillo.

No digo que no pueda gustar a otros, pero a mí me ha parecido insustancial y muy alejado de la calidad del título, que es lo mejor del libro. Ni siquiera el remate emotivo ha conseguido conmoverme. A mí, que lloro con una piedra cayendo.

No me ha gustado.

Mi madre siempre me obligaba a decirle a Pedro que el vino era para la comida, aunque a él le daba igual, porque el blanco que tenía era el de granel, que servía para todo. Recuerdo que siempre iba pensando, camino de la tasca, que si había vino blanco también debía existir el vino negro, aunque no lo vi jamás. Me encantaba ir porque siempre me regalaban un puñado de altramuces o unas avellanas («toma unas alvellanitas» como me decía Pedro que era un hombre de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro. Como ya sabéis quién). Eran gloria bendita, porque sabía que hasta el fin de semana no volvería a comer chucherías. Todos los domingos iba al parque de La Piedad con mis hermanos, con nuestras cinco pesetas cada uno para gastar. Las mismas cinco pesetas con las que tantas veces he comprado en el comercio de doña Socorro un duro de morcilla para merendillar. Vendía de todo a granel, al peso o por unidades: sardinas de lata, achicoria, lentejas, galletas, azúcar… que casi todos apuntaban en una libreta que guardaba doña Socorro bajo el mostrador. Era tan miserable, tacaña, avara, roñosa, mezquina, miserable, usurera, rastrera, codiciosa y agarrada (supongo, espero, que te habrás dado cuenta de que esta retahila de sinónimos está copiada literalmente de los que ofrece Microsoft Word. Mi vocabulario no llega a tanto. ¿Y el tuyo?). Bueno, que era tan… todo eso que he dicho que, una vez, una vecina quiso devolverle las siete sardinas de lata que había comprado porque no olían bien, y lo que hizo la señora, ¡Socorro!, fue comerse una delante de ella. Le dijo que estaba buenísima. Estuvo tres días sin ir al comercio la señora, Socorro. (No puedo soportar que la gente haya olvidado tan pronto cómo vivíamos la mayoría de nosotros no hace tanto tiempo. Estoy seguro de que no lo han olvidado, simplemente lo ocultan. Quizás porque les avergüenza reconocer que
alguna vez han hablado, han comido, han vestido, han pensado… como los pobres inmigrantes que inundan hoy España, a quienes ellos ahora tanto desprecian. Es un tópico, pero creo que es totalmente cierto que aquellos que olvidan su historia están condenados a repetirla.)

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