Jenny Diski. Mi hermano Stanley.

marzo 14, 2018

Jenny Diski, Mi hermano Stanley
Circe, 1997. 264 páginas.
Tit. Or. The vanishing princess. Trad. Gian Castelli Gair.

Incluye los siguientes relatos:

Mi hermano Stanley
La princesa evanescente o El origen del cubismo
El salta vías
La hora del baño
Ama de casa
Strictempo
Mierda y oro
Cortocircuito
En la azul inmensidad
De la existencia del monte Rushmore y otras improbabilidades
Sexo, drogas y rock’n’roll: Segunda Parte . La vieja princesa

Los hay muy buenos. Mi hermano Stanley, la relación con su hermano muerto dentro de un familia que se está deshaciendo, es impecable. El salta vías describe muy bien una corriente de sentimientos soterrados profundos. La hora del baño es la descripción de toda una vida persiguiendo un placer minúsculo pero imprescindible.

El resto, sin estar mal escritos, son más normalitos. Como Ama de casa que puede resultar impactante por su contenido erótico pero que no va más allá de los tópicos de infidelidades

El conjunto merece la pena.

special la calidad de su mirada al contemplar el objetivo. El pintor había sabido captarla con precisión, pero al comparar ambas imágenes advertía que la mirada de Stanley no era un ejemplo de sentimentalismo retrospectivo por parte del artista. Se hallaba ya presente en la vida y el aliento de aquel niño de diez años el día en que acudió al estudio del fotógrafo. La mirada de Stanley es directa y grave.
Nunca llegamos a conocernos. Stanley murió dos años antes de que yo naciera. En realidad, ni siquiera era mi hermano, sino tan sólo un hermanastro procedente del anterior matrimonio de nuestro padre con una mujer cuyo nombre nunca supe. En el álbum hay algunas fotografías de Stanley y ella juntos. Posee esa elegancia y hermosura de la que hoy carecen las mujeres. Su rostro es amplio, de estructura ósea en absoluto angulosa, sino suavemente redondeada, y sus complicados peinados aparecen tocados por sombreros deliciosamente frivolos. En todas las fotografías muestra una expresión sonriente, dulce y cariñosa, pero resulta difícil decir si eso se debe a su naturaleza o si se trata de la expresión que adopta frente a la cámara. Una de las fotos en las que aparece con mi hermano está firmada, pero eso no ayuda a descubrir su nombre. La dedicatoria reza: Para nuestro papá querido, de mamá y Stanley, 9 de sept., 1940. Por supuesto, hay también fotografías de Stanley con nuestro padre.
En la playa, caminando juntos por el paseo marítimo, en un jardín de las afueras que nunca he conocido, tomando el té con unos ancianos que deben de ser mis abuelos paternos. En dichas fotos también mi padre sonríe. Aunque, claro está, eso es lo que suele hacer la gente cuando alguien la enfoca con una cámara. Y, aunque recuerdo su sonrisa, también recuerdo cuando no sonreía.
Yo era hija única, y Stanley era mi hermano fantasma, mi amigo, alguien familiar, un «ángel guardián» (como pensaba entonces que se llamaban). A Stanley era a quien yo revelaba todos mis problemas, deseos y esperanzas. Era como si siempre hubiera sabido de su existencia. Mi padre me había hablado de él. De cómo había enviado a Stanley y a su madre a Norteamérica para alejarlos de las bombas, aunque Stanley, después de atravesar a salvo por dos veces la más peligrosa extensión de agua del planeta, había regresado para morir atropellado por un autobús frente a su casa. Mi padre decía que durante una temporada había vagado desolado por Londres en busca del conductor del autobús (aunque no había sido culpa suya) para matarlo. Mi madre dejaba adivinar que había aparecido poco después del accidente y que había contribuido a cicatrizar las heridas de mi padre. Hacía tiempo que el matrimonio con la madre de Stanley había acabado a todos los efectos. Pero en cierta ocasión, cuando también el de mis padres estaba prácticamente muerto, mi madre me dijo: «Ahora te diré la verdad. Stanley murió porque salió corriendo de la casa para huir de sus gritos y sus peleas.» Pensé en la suerte que tenía yo de vivir en el tercer piso de un edificio de viviendas: cada vez que salía corriendo del piso para alejarme de sus riñas, fuera sólo había un pasillo.

No hay comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.